Los caricaturistas frente al poder
Varias generaciones de argentinos nacidos en el siglo XX recuerdan su acceso a la conciencia política por referencia a la dictadura militar que sufrieron en su adolescencia. Para los sesentistas fue la del general Onganía. Los caricaturistas políticos, además, solemos recordar al dibujante que tomábamos como modelo para ensayar nuestros garabatos contra algún profesor autoritario, primer representante del poder en nuestras vidas. Mi primer modelo firmaba con el seudónimo Flax (Lino Palacio). Pero antes de Onganía estuvieron Illia y una infancia con ensayos escolares de elecciones parlamentarias y visitas a Olivos. Infancia que no entendía el ensañamiento con que trataba al “buen viejo” aquel maestro de la línea clara y precisa en la revista “Primera Plana”. Recién entendimos cuando Onganía bajó de su carroza para decretar el cierre de “Tía Vicenta”. La línea clara y precisa es un lujo democrático; los tiempos dictatoriales son diferentes: exigen oscuridad e insinuación. Y esas cualidades tenía el segundo maestro involuntario que me deslumbró: Hermenegildo Sábat. La tortuga y la paloma fueron desplazadas por símbolos menos obvios; por códigos ambiguos como un lenguaje cifrado. Por eso, cuando una nueva y más terrible dictadura me llevó a tomarme un tiempo de prudente distanciamiento, Sábat fue la inspiración para hacer las primeras armas en el oficio de caricaturista político en tierras extrañas. Tan extrañas como los nombres del poder: Begin, Sadat, Carter. Y lo más extraño fue el interés (o la paciencia) con que ese estilo opaco fue recibido por mis jefes periodísticos, allí donde los dardos de los caricaturistas tradicionalmente habían enfilado directo al blanco. Pero –dictadura o no– el sueño era ejercer el oficio donde el público lector compartía la decodificación en la misma lengua, aunque hubiera que empezar de cero en medios poco masivos. “Nueva Presencia”, “The Buenos Aires Herald” y “Río Negro” refugiaron esas primeras caricaturas contra la mediocridad uniformada: Videla, Viola, Galtieri y sus acólitos. Con la primavera democrática florecieron otros estilos y nuevos virtuosos ejercieron su libertad con o contra Raúl Alfonsín y pagaron con cataratas de juicios atreverse con Menem. El siglo amenazaba con terminar con una travesía por el desierto del aburrimiento cuando el tsunami llamado “corralito” revolvió las aguas políticas en las que hoy seguimos dibujando aferrados a nuestras balsas de lápices. Néstor y Cristina Kirchner no han sido sujetos dóciles, pero tampoco han ejercido contra sus burladores más presión que la palabra pública.
Roberto Bobrow roberto.bobrow@gmail.com