“Los consumidores deberíamos unirnos”
A partir de la inflación generada en el país desde noviembre del 2015 hasta la actualidad, percibimos que el problema medular en la economía persiste, a pesar del cambio de gestión producido. No pudieron combatirla quienes estaban en el gobierno nacional, y hasta la fecha no pueden reducirla quienes están al frente del Ministerio de Economía de la Nación. Lamentablemente, dicha problemática incide directamente en la formación de los precios de la canasta familiar, generando una importante depreciación en los haberes mensuales de los trabajadores asalariados. Por otra parte, podemos inferir que la causalidad primaria está vinculada estrechamente con la conducta de los formadores de precios que compran los productos en origen, los procesan y en esa cadena de elaboración o industrialización se genera obligatoriamente la formación del precio final del producto. Lo aconsejable sería que el mayorista obtenga una utilidad máxima del 20% en su venta y que el comerciante minorista (almacenero) perciba el 33,33%, a los efectos de ofrecer en su venta al público el producto con un índice no mayor al 60% de ganancia total, desde la salida de fábrica hasta el consumidor final. Pero, en la práctica, lo señalado no ocurre. Ha fallado el control de precios de la década del 70 ordenada por el ministro Gelbard en el gobierno de Juan D. Perón; ha fallado la fijación de precios máximos del Dr. Raúl Alfonsín (1985), donde su intromisión le produjo una enemistad manifiesta con el empresariado argentino, debiendo renunciar a la presidencia cinco meses antes de la culminación de su mandato. Ha fallado la mecánica de los precios sugeridos o indicativos de los últimos años donde, al no cumplir el comerciante con la sugerencia del precio consignada por el gobierno, no existió sanción alguna o ley que lo multe por su incumplimiento. En general, las alternativas han sido recurrentes y han fallado, ya que el problema de fondo sigue persistiendo. A veces resulta traumática la continuidad del proceso inflacionario, con el daño colateral que la misma provoca. En Río Negro, en 1985, se estableció la veda de la carne vacuna, donde las carnicerías no podían comercializar carnes rojas durante los días lunes y martes. La medida adoptada por la histórica Dirección Gral. de Comercio y Abastecimiento se cumplía a rajatabla con la disconformidad del sector involucrado. Reflexionando, podemos señalar que todo lo prohibido siempre resulta más atractivo, pero en este caso, durante los días restantes de la semana, la gente compraba el doble de lo normal para disponer de la reserva del producto cárneo durante la veda. En la actualidad no hace falta implementar ninguna restricción porque ésta se autogenera a partir de su precio, ya que al encontrase el kg a un precio superior a los $ 100 la gente “asfixiada” privilegia su compra en los productos alternativos para sustituirla, tales como las carnes blancas (pollos y pescado), suplantando de ese modo el consumo histórico de las carnes rojas. Como sugerencia, se puede afirmar que debemos adoptar una conducta de abstención masiva ante los aumentos de precios. Al registrarse una suba relevante en un determinado producto, todos los consumidores deberíamos ponernos de acuerdo haciendo boicot a su compra. Para finalizar, si los consumidores argentinos queremos superar la inflación debemos unirnos monolíticamente, ya que conformamos el eslabón más débil de la cadena de comercialización. Miguel Ángel Knecht DNI 14.727.625 Viedma