¿Los derechos son sólo un discurso?
Ética y estética de nuestro tiempo
CIRILO BUSTAMANTE (*)
Digamos que un turista argentino ha logrado hacerse de los medios suficientes para viajar a París. El guía lo llevaría seguramente a recorrer esos palacios que sólo el absolutismo pudo engendrar, poco antes de que estallara la revolución francesa. Entre “foto y foto”, nuestro compatriota podría reflexionar al menos por unos instantes: “… todo este lujo y las ceremonias que el guía me está relatando, como por ejemplo disponer de unas diez personas durante más de una hora para vestir a los reyes, todo esto tiene bastante de ridículo…”. No sólo tiene algo de ridículo, pensaría el turista, sino también, seguramente, también algo de inmoral. Sin embargo, aquellas sutilezas ceremoniales que el siglo XVIII llevó al extremo no constituyen un arte menos artificioso que el de nuestro lenguaje actual, quiero decir, que el arte de nuestro lenguaje actual sobre los derechos. ¿En qué consiste, precisamente, esta artificialidad del lenguaje sobre los derechos? Estriba en que no hay suficiente sostén detrás de ellos: son, la mayoría de las veces, meras fachadas, construcciones aparentes que cualquier brisa ligera podría derrumbar, puertas de entrada elegantemente adornadas, que no llevan a otro lugar más que a… la intemperie. No existe hoy mayor pecado para la clase política que aquel de equivocarse en el discurso; aunque ni siquiera es necesario el error en el discurso completo: alcanza con que se equivoque en un párrafo, en una oración, en una palabra poco oportuna. Por supuesto: cuando un político se equivoca, cuando manifiesta un lenguaje poco amigable a los derechos, esto debe importunarnos como ciudadanos. Esto constituye nuestra obligación cívica. Pero, sentado esto, la pregunta es si no deberían escandalizarnos más los hechos que las palabras. Si, por ejemplo, el sistema de salud pública discrimina de hecho, por no tener centros de atención en extensas regiones del territorio o cerca de los grupos más vulnerables o si destina la mayor parte de sus recursos –nuestros recursos– a la satisfacción de las necesidades de las clases más acomodadas, todo esto, quiero decir, constituiría una discriminación constante, material, fáctica, dura, repetida, criminal e inocultable. Y sin embargo, tal discriminación –por acción y omisión– no daría lugar más que a la crítica de algunos especialistas, demasiado aburrida, demasiado tediosa, para ser leída. Pero si en cambio, algún funcionario de aquel sistema de salud cometiera un traspié lingüístico o dejara asomar los prejuicios que recibió durante toda su crianza, entonces esto despertaría un verdadero escándalo: páginas y páginas se escribirían sobre lo que dijo y los programas de radio tampoco desaprovecharían todo el jugo de la noticia. ¿Y esto a qué podrá deberse? A que nuestra ética actual es apenas una estética: el pecado capital es hablar en contra de los derechos, violarlos materialmente es solamente un pecado secundario. El gran problema de esta estética (usurpadora del lugar de la ética) es el siguiente: que todos deseamos hablar bien. Deseamos ser políticamente correctos, deseamos concurrir a los eventos en que se habla de esa manera. Si a alguien le pareciera hoy absurdo que durante la edad media ciertas prohibiciones religiosas específicas pudieran ser evitadas con el pago de un impuesto previamente fijado –como si Dios estuviera atento a estos pagos en sus balances sobre cada hombre, a la manera de un contador eterno–, no menos absurdo debiera parecernos el mecanismo de soborno de nuestra propia era: ya no se trata de oblar los impuestos de Dios o sus representantes; se trata de pagar un tributo a toda la sociedad y dicha carga consiste solamente en hablar a favor de los derechos, en no cometer traspiés discursivos. Si se paga este tributo, entonces la sociedad– a la manera del Dios medieval– perdonará a estos buenos hablantes sus concretas violaciones a los derechos. No hay palabra más sacrosanta en nuestro sistema político que la de “Democracia”. La escribo así, con mayúsculas, porque es costumbre anotar con mayúsculas la palabra “Estado” y considero que “Democracia” no puede ser menos que la primera. Pero este tipo de pruritos –como el que, como buen contemporáneo, me encargo de subrayar– no son más que una débil burbuja si la sacralidad de aquella palabra no se respeta en los hechos. Se escandaliza nuestra sociedad cuando alguien dice algo incómodo sobre la Democracia, pero tiene los pies pesados para reaccionar cuando se la ataca violentamente, todos los días y en todos los ámbitos. El filósofo y jurista Carlos Nino decía que había algo inherente al fundamento del sistema democrático y era que no era válido cometer en él inconsistencias pragmáticas. ¿Qué significa esto? Que la palabra y el acto deben ir juntos, que no pueden contradecirse, que están en el mismo nivel y que por lo tanto deben guardar coherencia. El “exemplum” del que hablaban los estoicos también prescribía la misma necesidad de coherencia para todos los hombres que tenían responsabilidades especiales. En nuestra época, pese a estos antecedentes, si se quiere ver la realidad del respeto de los derechos, es necesario taparse por unos momentos los oídos. Es distinto que el famoso caso de Demócrito: él se arrancó los ojos para pensar mejor, nosotros, para entender mejor nuestro tiempo, debemos taparnos las orejas. Y esto porque el discurso ya lo ha atravesado (ya se ha apoderado de) todo, tanto que hasta existen teorías políticas –muy celebradas– que identifican, que reducen, que explican la política con la única metáfora de un gran discurso centrípeto, de la fuerza indomable de una semántica que busca (que atrapa y domina a) sus adeptos: nada más que palabras y palabras giratorias; y los discípulos de dichas teorías se ejercitan en esto: en construir la realidad meramente con palabras; en reescribir el pasado –y el presente– cada vez que sea necesario, cada vez que lo exija la conveniencia del momento. Palabras que desfilan indiferentes a la realidad, como lo hacían esas absurdas pelucas, adornadas con frutas y barcos en miniatura, en los viejos palacios del absolutismo. Esperemos que podamos distinguir, en nuestro trabajo, en nuestra ciudad, en nuestras instituciones, qué es lo estético y qué es lo ético. Y que, además de ello, dejemos de legar a aquellas generaciones futuras de que habla la Constitución algo más que palabras bien adornadas; esperemos que nuestros colegios y universidades hagan en esto su rol: destejer los vanos enunciados, sostener aquellas elegantes puertas del discurso de los derechos, con los sólidos fundamentos de una práctica democrática bien entendida, sólida y estable y arraigada en los principios éticos fundamentales. (*) Abogado, docente de Derecho (UNRN) y de Filosofía (UNC).