Luján, la cipoleña que cría 10 hijos y exporta guardapolvos

Luján Lucero, maestra jardinera, dejó la docencia para dedicarse a su emprendimiento en Cipolletti. Es la manera que encontró para poder estar cerca de su familia y al mismo tiempo desarrollar su vocación creativa.





Luján, sus hijos y su marido Facundo en la casa que alquilan en Cipolletti, Alto Valle, norte de la Patagonia. Fotos de Florencia Salto.

Luján, sus hijos y su marido Facundo en la casa que alquilan en Cipolletti, Alto Valle, norte de la Patagonia. Fotos de Florencia Salto.

A la maestra jardinera cipoleña Luján Lucero le aburrían los guardapolvos blancos y los de rayitas así que en el 2006, cuando vivía y trabajaba en Neuquén, decidió diseñarse uno para ella, con una muñeca al frente. Entró al jardín al borde del arrepentimiento. “¿Para qué me metí en esto?”, se preguntaba el día que lo llevó por primera vez, temerosa de la reacción que despertaría. Esa mismo día le encargaron cinco y los chicos la seguían de un lado para el otro, encandilados.

Lo que empezó como un hobby donde volcar su creatividad a partir del 2010 comenzó a transformarse de a poco en un emprendimiento que la llevaría a vender en varias provincias argentinas y a exportar pequeñas cantidades a ciudades de España, Perú, Ecuador, Vietnam, Estados Unidos. La contactaron por Facebook y con una cadena de contactos y amigos siempre encontró la manera de que sus Guardapolvos Locos llegaran a destino.

Luján con dos de sus creaciones en su taller-oficina en Cipolletti. Fotos de Florencia Salto.

Ahora, a los 43, con las ventas frenadas por la pandemia y producción a demanda, el 2020 fue un año de capacitación y desarrollo de nuevos productos como delantales de cocina, todo mientras su celular ardía con los grupos de Whatsapp con las tareas de sus hijos en edad escolar. Tadeo, el más chico, tiene 4 y Lautaro, el más grande, 21. En el medio, Lourdes (20), Catalina (18), Juan Cruz (16), Felicitas (14), Albertina (11), Olivia (10), Josefina (8) y Nazareno (6).

Su formación, su intuición, la llevaron a una conclusión: en estos meses de encierro, con las balas invisibles del virus picando cerca, no alcanzaba con dar una mano en geografía o matemáticas, había que apelar a la emoción para mantener la moral en alto del batallón familiar, estimular la convivencia, la aceptación del otro cuando el espacio no sobra.

Y si los chicos crecen y por eso se animó a alquilar a dos cuadras para montar su taller-oficina y ganar independencia, los más grandes se dividen para las compras, los trámites y cocinar y los más pequeños ya saben hacerse un té.

“Ma, está la comida”, le avisan al mediodía y ella vuelve para compartir el momento en esa mesa de 2,40 m de largo y uno de ancho que les queda chica porque la compraron cuando tenían ocho hijos.


El camino de la vida


“Parece un camino de rosas, pero no lo es”, dice Luján. Y recuerda que el décimo embarazo fue el último porque por un acretismo de placenta (invade el útero) debieron hacerle una cesárea y extraerle el útero en una operación compleja y riesgosa en el Hospital Regional de Neuquén: la tasa de mortalidad es alta por la hemorragia que genera.

“Logran salvar a la madre y al bebé”, fue el título del noticiero de la tele. “Estuve a punto de partir. Aquello me dejó la enseñanza de que los chicos deben aprender a ser independientes, a resolver solos. Antes andaba detrás de ellos todos el tiempo”, explica.

Y este año, cuando le detectaron un cáncer de linfoma a Lourdes, la familia se apiñó después del sacudón inicial. “Gracias a Dios el tratamiento va muy bien”, dice Luján, convencida de que el camino de la vida tiene sonrisas y lágrimas y que si lo transitan juntos son más fuertes.

Tadeo, el más chico, tiene 4 años. Y Lautaro, el más grande, 21. Compraron pañales durante 20 años seguidos. Hace tres, dejaron de hacerlo. Fotos de Florencia Salto.

Cuenta que son creyentes y que por eso con su marido (Facundo Burgos, 47 años, de Cinco Saltos, asesor de seguros) se sienten bendecidos por sus diez hijos. “No es que lo planificamos, se dio así”, explica.

Suele cruzarse con madres que le preguntan cómo hace con tantos, si con uno ellas se vuelven locas. “Yo también me volvía loca con uno, vas aprendiendo”, les responde.

Hace tres años dejaron de comprar pañales, tras 20 años de meterlos en el changuito. Cuando cobran o entra plata van al mayorista para bajar costos. “Si comemos fideos son tres paquetes y si son milanesas por lo menos dos kilos”. ¿Y las vacaciones? En las últimas en las que viajaron (hace cuatro años a Playas Doradas), Facundo fue con los más chicos en el auto y Luján con los más grandes en colectivo hasta Las Grutas.

El padre dejó a una parte de la familia en Sierra Grande y se fue a buscar a la otra a la terminal, a 120 km. “Playas Doradas nos encanta. Cuando la marea baja los chicos tienen cientos de metros para andar y nos quedamos tranquilos. Aquella vez no encontrábamos dónde parar y pensamos en alquilar dos casas, hasta que apareció una de 8 y nos dejaron entrar a los 12”, recuerda.


Volver a Cipo


El 2010 fue el año clave para su proyecto. Volvieron de Neuquén a Cipolletti, alquilaron una chacra y Luján dejó las suplencias docentes para dedicarse de lleno a su proyecto. Como no podía ir a ofrecer a los jardines como hacen todos los vendedores, las maestras iban a su casa-taller, entre los álamos del Alto Valle del norte de la Patagonia.

"Quería salirme del estereotipo del guardapolvo blanco o con rayitas. El diseño tiene que expresar la onda de cada una", dice Luján. Fotos de Florencia Salto.

En 2011, otro hito: se animó a ir a una feria educativa en Corrientes que convocó a los grandes jugadores del mercado. Viajó con 100 guardapolvos y ahí estaba su stand, entre el de la tarjeta de crédito y el de la famosa empresa que vendió cuadernos y hojas a varias generaciones de argentinos.

Valió la pena: empezaron a llegar los pedidos desde las provincias y la cadena se extendió pronto a países de América. Y si en algún momento dudaba de si iba poder hacerlos llegar, aparecía la voz tranquilizadora de Facundo: "No te preocupes, de alguna manera los mandamos".

“Con una mano daba la teta y con la otra publicaba en Facebook”, recuerda ellla. La red social se convirtió en la herramienta para ofrecer su producto.
Pionera del take away, preparaba los envíos que pasaban a buscar por la chacra las chicas de Cutral Co o Neuquén capital.

La mesa les quedó chica: la compraron cuando tenían ocho hijos. Fotos de Florencia Salto.

Ahora alquilan en la ciudad y solo hace dos años se anima a llamar emprendimiento a lo que hace. Y tras los cursos y capacitaciones aparecieron nuevas ideas: es tiempo de seguir avanzando. Ahí está la red familiar para sostenerla en la aventura compartida de la vida.


El sueño de crear un polo productivo en el Alto Valle

Luján estableció una alianza con otra emprendedora del norte de la Patagonia. Se trata de Sofía Drago (31), quien en Villa Regina diseña ropa para mujeres (Lobería) y ahora confecciona también las creaciones de Guardapolvos Locos.

“Nos estamos ayudando. Más allá de lo comercial, esta asociación nos viene muy bien a las dos, porque encontramos una par que te acompaña. A las dos, además, nos entusiasma la idea de que se arme un polo productivo textil al norte de la Patagonia, para dejar de hacer todo en los talleres de Buenos Aires”, explica.

Antes de la pandemia llegó a vender 80 guardapolvos por mes y ahora los produce a demanda. Los más económicos cuestan 1.800 pesos y los más caros rondan los 2.900 pesos.

También se animó a hacer delantales de cocina para diversificar y le compraron unos 400 tras aparecer en septiembre en el catálogo de joyas de Vanesa Duran. Hizo contacto por las redes, lo propuso y así consiguió un lugar en esa gran vidriera.

Contacto: facebook.com/guardapolvoslocoss / instagram.com/guardapolvos.locos/?hl=en


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