¿Medio vacío o lleno? El vaso de la economía argentina
SILVIO WAISBORD (*)
Es frecuente que se bromee que cuatro economistas dan cinco opiniones diferentes sobre el mismo tema. El interesante debate entre Daniel Marx y Eugenio Díaz Bonilla, dos conocidos economistas argentinos, en el Diálogo Interamericano en Washington la semana pasada fue una excepción acotada. Ofrecieron interpretaciones diferentes sobre qué aspectos de la economía deben ser priorizados para arribar a un diagnóstico certero e iluminar tendencias futuras. Mientras que Díaz Bonilla considera que el vaso está más que “medio lleno”, Marx reconoce fortalezas importantes pero advierte que ciertos temas muestran un vaso “medio vacío”. Este intercambio es particularmente relevante en el marco del descalabro económico internacional y las recientes decisiones del gobierno de Fernández de Kirchner que sugieren vientos de cambio. No hay duda de que la posible vulnerabilidad de la economía continúa siendo una pregunta importante, aun dentro de un ciclo excepcional de crecimiento económico. Si la crisis del 2001 fue desatada por la conjugación de factores negativos, una “tormenta perfecta” desastrosa, el ciclo favorable se explica como resultado de varias circunstancias. La última década ha ofrecido condiciones externas altamente favorables debido a la sostenida demanda de commodities agrícolas, sumadas a condiciones internas tales como el crecimiento notable en el volumen de la producción doméstica. La suba del precio de la soja y proyecciones que indican un aumento de la producción ofrecen razones para el optimismo. Marx argumentó que, si bien la situación económica actual exhibe aspectos positivos, hay signos preocupantes que merecen ser atendidos. La desaceleración del crecimiento, evidenciada por la caída de la producción de automóviles y el consumo de cemento, es un dato a considerar. La creciente fuga de capitales no es solamente una curiosidad ya que erosiona el optimismo basado en una balanza comercial favorable. En su opinión, un cambio rápido en las condiciones externas, desastres naturales que afecten la capacidad productiva o una devaluación brusca del real (considerando la estrecha vinculación con la economía brasileña) podrían causar problemas importantes. Si bien la situación no es tan favorable como hace unos años, los problemas posibles son manejables si se consideran a tiempo. El problema, Marx advirtió, sería ignorarlos y continuar como si tales datos no existieran. Con optimismo, Díaz Bonilla enfatizó que no es descabellado pensar que la economía argentina está en camino de ser una economía desarrollada al final de la década si se consideran el reciente crecimiento del producto bruto interno per cápita y otra batería de datos (incluidos los pronósticos de Goldman Sachs). En su opinión, las razones del éxito se basan no solamente en condiciones externas favorables sino en un conjunto de políticas acertadas –desde un consenso sobre el marco económico básico hasta la promoción del consumo interno–. Frente al escepticismo silencioso de los monetaristas en la audiencia, consideró que ni la inflación ni la deuda son problemas importantes para entender el futuro de la economía argentina. Coincide en que hay temas irresueltos que deben ser atendidos, como las estadísticas sobre la inflación, la performance educativa y el deterioro de la situación energética. Tales problemas, sin embargo, no auguran un panorama sombrío ni obstruyen la marcha hacia una economía desarrollada. Son perspectivas diferentes basadas en visiones distintas sobre qué debe ser priorizado en la economía. Sin ser pájaro agorero, Marx invita a chequear si hay paraguas en caso de que haya desarrollos inesperados y los nubarrones se transformen en tormenta. El optimismo actual tendría la utilidad de una sombrilla en medio de un huracán. Díaz Bonilla, en cambio, cree que el crecimiento sostenido y otros indicadores sugieren que continuará el buen tiempo y que muchas preocupaciones son exageradas. Estas dos posiciones ilustran diferencias aún más amplias en el debate actual entre economistas argentinos, divididos frente a las opciones actuales. Esta división no se explica solamente por adhesiones a diferentes visiones teóricas sino también por su posicionamiento político frente a un gobierno con amplio control de la iniciativa para decidir rumbos futuros. No es una cuestión de predecir por dónde irá la economía argentina en los próximos meses, ejercicio interesante pero poco significativo. Recordemos, como dice otra broma, que Dios inventó a los economistas para hacer quedar bien a quienes pronostican el tiempo. Ante todo, y seriamente, es cuestión de entender qué acciones deben tomarse para confrontar desafíos recientes en una economía global con agudas incertidumbres. (*) Periodista. Director de la Escuela de Asuntos Públicos de la Universidad George Washington y miembro de la CD de Periodismo Social