Neuquén y la Pampa Húmeda

Por Jorge Gadano

Por Redacción

Antes, con Felipe Sapag, y ahora, con Jorge Sobisch, es la Pampa Húmeda, políticamente representada por el Estado nacional y simbolizada por la ciudad de Buenos Aires, la responsable de una sangría constante que la provincia del Neuquén viene sufriendo desde, por lo menos, cuatro décadas. Una consigna, «no al caño», lanzada contra el gasoducto Neuba II por el penúltimo gobierno de Felipe Sapag cuando Sobisch era intendente (1983-87), tradujo entonces el clamor emepenista contra el centralismo unitario que se llevaba la principal riqueza provincial sin dejar nada a cambio.

De ese discurso federalista, el partido oficial neuquino ha querido dar un testimonio con el retrato del autoungido brigadier general Juan Manuel de Rosas presidiendo las sesiones de la Legislatura provincial. Un tirano «con olor a bosta», tan sabio como para reunir en su persona la condición de gran estanciero de la provincia de Buenos Aires, con ejército propio, y primer defensor de la «Santa Federación» contra los «salvajes unitarios».

En la pelea por la coparticipación federal, el alegato emepenista contra el centralismo es hoy una voz en el desierto, sólo -e insólitamente- acompañado por la protesta bonaerense. Sorprende que de pronto la pequeña Neuquén aparezca unida a la demanda del monstruo bonaerense, aunque todo se aclara si se tiene en cuenta que la queja neuquina se confunde con la campaña electoral de un hombre que se ha autoproclamado candidato a la presidencia de la República. Como el principal adversario a enfrentar será Néstor Kirchner, a todo lo que éste diga sí, Sobisch debe decir que no.

Se dirá que, así y todo, es bueno que en la pelea por la coparticipación las provincias pobres aspiren a una mayor tajada en el reparto. Pero es que, si bien se mira -o se mide-, ni las pobres son tan pobres ni las ricas tan ricas. En valores absolutos la provincia de Buenos Aires es, por supuesto, la que más recibe, pero si todos los ingresos de los tesoros provinciales -y no sólo la coparticipación- se relacionan con el número de habitantes, resulta comprensible el llanto del gobernador Felipe Solá, porque su provincia está a la cola.

El miércoles pasado el diario «La Nación» publicó información, basada en un trabajo de la Fundación Mediterránea, sobre las desigualdades resultantes de la masa de recursos que ingresan anualmente a los estados provinciales en concepto de coparticipación, ingresos propios y regalías.

El informe mide el ingreso per cápita de cada distrito. El más alto, de 4.400 pesos por año, es el de Tierra del Fuego y el más bajo, de 550 pesos, corresponde a la provincia de Buenos Aires. Neuquén está en tercer lugar, después de Tierra del Fuego y Santa Cruz, con alrededor de 2.900 pesos, más del doble de lo que ingresa la tesorería rionegrina, entre 1.200 y 1.300 pesos por año y por habitante.

El artículo señala que, según el economista Nadín Argañaraz, la ley de coparticipación vigente «distribuye sin tener objetivos claros, como la pobreza. Hay -sostiene Argañaraz- una diferencia muy agresiva y la ley genera fuertes distorsiones entre jurisdicciones semejantes». Esas distorsiones son las que «se deberían atacar con la nueva ley de coparticipación federal».

Tales distorsiones son las que preocupan a provincias realmente pobres, como por ejemplo Tucumán y Misiones. No tanto a las que perciben ingresos por regalías de hidrocarburos, Neuquén en primer lugar. Dice Argañaraz que para esas provincias «la devaluación fue un salvavidas impensado …y esos ingresos, que cobran en dólares, superan con creces lo que obtienen por ingresos propios y, en algunos casos, son mayores a lo que les envía la Nación por coparticipación».

El gobierno neuquino no está en condiciones de argumentar que en el territorio provincial también hay pobres porque, en general, la propaganda oficial tiende a exhibir caras felices. Tampoco existe una actitud solidaria hacia las provincias realmente pobres, como Tucumán, sólo unida a Neuquén merced a los vínculos del MPN con el partido de Antonio Bussi. Valdría, en todo caso, el argumento relacionado con una correcta administración de esos mayores ingresos pero, aún sin contar con información fehaciente al respecto, basta con leer el Boletín Oficial de la provincia para advertir una prodigalidad del gasto más relacionada con fines partidistas y clientelistas, que con el desarrollo de la economía provincial. Se trata de nombramientos de personal, contratos de personal eventual, compras directas, subsidios, aportes no reintegrables y las mil y una formas de gastar que tienen los populismos de toda laya.

De esa prodigalidad forma parte el dinero destinado a financiar la campaña de Sobisch. No debería pagarla el Movimiento Popular Neuquino, porque el partido no se ha pronunciado en favor de la candidatura. ¿Saldrá del bolsillo de Sobisch, de sus parientes y de amigos como los que recibieron créditos suculentos del banco provincial? ¿Serán esos aportes los que pagan los trabajos de campaña presidencial de los ex diputados provinciales Julio Falleti y Osvaldo Ferreyra, la ex presidenta del Consejo Nacional de la Mujer, Esther Schiavone, y el ex senador nacional Daniel Baum? El que quiera creer que así es, que lo crea. Neuquén es confianza.


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