No me fastidie con realidades…

Por Tomás Buch

Por Redacción

La ciencia y su método de trabajo son uno de los logros más notables del intelecto humano. Al margen de los numerosos usos, algunos positivos y otros nefastos, a que se puede dedicar ese conocimiento, es sencillamente asombroso que hayamos logrado conocer nuestro mundo y otros mundos alejados con un nivel de detalle y una precisión que se perfeccionan continuamente. Lo que en otros tiempos fue puesto como ejemplo de lo imposible: saber la composición química de las estrellas, es ahora un conocimiento común, cada vez más detallado. Estudiamos el funcionamiento íntimo de la vida, estamos cada vez más enterados de los mecanismos de nuestra propia mente y tenemos una visión cada vez más detallada de nuestra historia y de la de nuestros ancestros prehumanos. Podemos diseñar moléculas con las propiedades que queremos que tengan. Hemos llegado a la Luna y estamos explorando los confines del sistema solar, confirmando a cada paso una visión del universo basado en aquella ciencia.

No hablaremos aquí de que, a pesar de todo eso, no hemos resuelto los graves problemas sociales y vivimos en un mundo cada vez más contaminado, saqueado, superpoblado y violento. Tampoco quiero debatir aquí la validez de ciertas tradiciones antiguas como la astrología y medicinas alternativas como la homeopatía, a pesar de que ellas a veces se dan de bruces con los conceptos científicos.

El propósito de esta nota es mostrar algunos grupos humanos que niegan la realidad de todo el conocimiento científico adquirido por la humanidad en los últimos siglos, y que insisten en cosmovisiones tan distintas de las que acepta la mayoría de la gente, que cabe dudar de su clasificación psiquiátrica. En general adscriben el predominio de la imagen «científica» del universo a oscuras conjuras para ocultar la verdad.

Por ejemplo, hay gente que está firmemente convencida de que la Tierra es plana. Ya no creen que el centro de su disco está en Jerusalén: lo ubican en el Polo Sur. Todos los fenómenos que a diario refutan esa imagen como disparatada, son negados o reinterpretados por ellos en aras de su idea fija. Dibujan el planisferio con centro en el Polo Norte, de la misma manera como está en el emblema de las Naciones Unidas, hecho que es tomado por ellos como confirmación de sus certezas. No abren juicio sobre lo que hay más allá -afirman que nadie ha llegado allí-, pero rechazan toda la astronomía conocida como ilusión o mentira interesada.

La forma de la Tierra ha suscitado también otras ideas, digamos, extravagantes. Hay seguidores de la teoría de que la Tierra es esférica, pero hueca. A su interior se accede por sendos agujeros de unos 40 kilómetros de diámetro, que conducen a la concavidad interior, en cuyo centro hay un «sol interior» y donde existen seres vivos de diversas especies, incluso humanos espiritualmente avanzados. Los que defienden esta idea, llegan al extremo de trazar mapas y reinterpretar imágenes satelitales.

Algunos de los seguidores de Hitler tenían una idea diferente de la Tierra hueca: para ellos, éramos nosotros quienes vivíamos en el interior de ella, en cuyo centro se encontraba el sol. Se dice que llegaron a apuntar a un cañón hacia arriba, en la exacta dirección en la que, según sus mapas esotéricos, debía encontrarse la ciudad de Londres.

El catastrofismo es otra de esas ideas que tienen unos pocos seguidores en varios países. Hace varias décadas apareció un libro, llamado «Mundos en colisión», que tuvo un fenomenal éxito editorial, escrito por un tal Velikovsky, que explicaba toda la historia bíblica a la cual tomaba más en serio que las leyes de Newton y toda la evidencia geológica acumulada, por una casi colisión que habría tenido lugar en los tiempos bíblicos (es decir, hace unos pocos miles de años) con el planeta Venus. Velikovsky escribía muy bien pero no sabía nada de física elemental, aunque sigue teniendo seguidores. También hay teorías según las cuales la Luna se acerca a la Tierra y en algún momento ha de caer sobre ella, como ya habría ocurrido varias veces.

El catastrofismo fue muy vilipendiado por los científicos, hasta que quedó probado en forma casi definitiva que las grandes extinciones del pasado, como la de los dinosaurios, probablemente se debieron a la caída de un meteorito de gran tamaño sobre la Tierra. Pero ciertamente no en épocas históricas.

No entraré en el vasto tema de los platos voladores y sus tripulantes extraterrestres, salvo para señalar el curioso hecho de que estos personajes suelen ser llamativamente antropomorfos: se parecen bastante a nosotros, pero siempre son rubios y de rasgos caucásicos. Tal vez los chinos vean extraterrestres con rasgos orientales…

Un capítulo especial de esta nota debe estar dedicado a la Biblia y, sobre todo, a aquellos que no sólo creen firmemente que esa colección de inspirados escritos provenientes de diversas épocas históricas es la auténtica palabra revelada de Dios, sino que afirman que, por serlo, debe ser tomada absolutamente al pie de la letra. Sobre esa base, el obispo Ussher, en el siglo XVII, calculó que el mundo fue creado exactamente el domingo 23 de octubre del año 4004 BC. Un contemporáneo de Ussher agregó que el magno evento había ocurrido a las nueve de la mañana. No se explica qué se podía entender por «día» antes de que fuese creado el Sol, cosa que, según el Génesis, recién ocurrió en el día tercero. Pero una cosa es un obispo del siglo XVII y otra cosa son nuestros contemporáneos.

Una muestra de los extremos a que puede llegar esta tendencia al irracionalismo de la literalidad bíblica es la poderosísima corriente que en todo el centro de los EE. UU. se esfuerza desde hace décadas no sólo en negar la validez de la teoría de la evolución de las especies, sino en actuar legislativamente para impedir o dificultar su enseñanza en las escuelas. Como no pudieron prohibir esa enseñanza, insisten en que sólo se trata de una teoría entre otras y proponen una «alternativa» que se ajusta a su dogma de que Dios creó el mundo en estrictamente seis días y tal cual aparece en la actualidad, un engendro llamado «creacionismo» que reinterpreta la paleontología a su arbitrio.

Pero el colmo de esta tendencia es el movimiento político que pretende abolir la segunda ley de la termodinámica, como si se tratase de una ley en el sentido jurídico del término. Se trata de una de las «leyes» más fundamentales de toda la física, y no hace más que expresar de manera científica la experiencia diaria de que los fenómenos evolucionan en el sentido de generar desorden, y que el orden, que sin duda es posible y hace que el mundo sea un lugar organizado y comprensible, sólo se logra a costa de grandes esfuerzos: gastando energía. No es éste el lugar para explicar esto más en detalle, pero los enemigos de esa ley quieren abolirla, porque no les resulta agradable que Dios genere desorden.

«¿Por qué no puede el desorden disminuir con el tiempo, en vez de que todo se pudra?» Pregunta cierto señor del Estado de Kansas llamado Jim. «¿Es esto pedir demasiado?» Y nadie menos que un senador del mismo Estado también se indigna: «Yo no quisiera que mi hijo crezca en un mundo destinado a la muerte térmica y la disolución en el vacío. Ningún padre decente querría eso». Y otro dirigente de la extrema derecha protestante agrega: «Eso no es una visión muy optimista del mundo que el Señor creó para la humanidad. … No nos gustan las implicancias de esta ley y no descansaremos hasta que haya sido derogada en las cortes de justicia». Para ellos, «la segunda ley de la termodinámica es un principio científico perturbador que amenaza la comprensión de nuestros niños de que el universo de Dios es un lugar benévolo y amoroso». Por lo tanto, aunque no logren que un juez la declare inconstitucional, están tratando de que sea eliminada de los textos escolares en varios estados de la Unión. «Esto es América», dice uno de Tennessee, «y en este país tenemos el derecho otorgado por Dios, de cambiar las leyes de las que no creamos que son cristianas».

¿Un dislate? Por supuesto. Pero esa gente tiene poder. El mismo poder que se ejerce sin limitaciones cuando ellos, que por supuesto se creen el bien, apoyan todas las guerras que la derecha estadounidense lleva por el mundo, en su lucha contra el mal, en nombre de ese Dios cuyo mundo es un lugar benévolo y amoroso, y no un planeta lleno de dolor, de injusticia y de hambre.

Tal vez esta influencia maligna sea contrarrestada, sin embargo, por la aparición de un clon de Jesucristo en persona. Para quien crea que esta frase es un chiste irrespetuoso, se recomienda consultar el sitio de Internet de aquellos que quieren generar un clon del Salvador a partir de sus restos de ADN que podrían haber quedado en el Santo Sudario. La segunda venida de Cristo siempre fue un concepto espiritual, y este materialismo primitivo que ponen de manifiesto estos clonadores llama la atención. Salvo que se trate de una simple estafa que especula con la desesperación de tanta gente.