El cansancio del gigante

Si la historia nos enseña algo es que, cuando una potencia imperial se bate en retirada, el resultado no es un período de paz y progreso universal sino una etapa larga signada por la violencia brutal.

Por James Neilson

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, junto al presidente Donald Trump. Foto: Gentileza Reuters.

Siempre ha sido tentador tratar a las sociedades como organismos vivos que prosperan en su juventud pero que, con el paso de los años, pierden vitalidad y se vuelven menos creativas hasta que, tras envejecer y volverse cascarrabias, aguardan resignadamente la muerte. Esta sombría secuencia fue descrita hace un siglo por Oswald Spengler en su libro más conocido, “La decadencia de Occidente”, una obra muy influyente que, por razones que son penosamente obvias, sigue encontrando lectores.

Hace menos de una semana, los norteamericanos celebraron el aniversario número 250 de la declaración de independencia de su país. La mayoría lo hizo de manera llamativamente sobria: siente que Estados Unidos dista de ser tan “joven”, como se había asegurado y que sus mejores días ya quedaron atrás. Es que en los años últimos, se ha ampliado tanto la brecha entre los conformes con la gestión anti-progresista woke de Donald Trump y los muchos que dicen creer que está procurando instalar un régimen neofascista, que no faltan pesimistas que hablan de guerras civiles por venir.

Si bien para algunos las divisiones que están motivando preocupación son síntomas de salud, ya que a su entender es muy positiva la competencia que se da entre estados “rojos”, es decir, republicanos como Texas y Florida por un lado y, por el otro, los “azules”, como Nueva York y California que siguen dominados por los demócratas, para otros se trata de una situación muy peligrosa.

 Por ser cuestión de un país que, merced a sus dimensiones demográficas, productividad económica, liderazgo tecnológico y gran poder militar sigue siendo el más fuerte e influyente del planeta, todo cuanto ocurre en Estados Unidos es de importancia mundial. El consenso internacional es que está en declive, una impresión que, sin proponérselo, Trump subraya toda vez que advierte a los europeos que en adelante tendrán que defenderse por sí mismos ya que su propio país tiene otras prioridades y no está en condiciones de continuar apoyando a sus aliados tradicionales.  

La actitud vacilante así manifestada ya ha comenzado a tener consecuencias nefastas. Aunque Estados Unidos se abstuvo de crear un imperio formal, sus dirigentes no tardaron en acostumbrarse a actuar como si estuvieran a cargo de uno. Sea  como fuere, si la historia nos enseña algo, esto es que, cuando una potencia imperial se bate en retirada, el resultado no es un período de paz y progreso universal sino una etapa acaso muy larga signada por la violencia brutal.    

Por cierto, no cabe duda de que los instintos aislacionistas de Trump, la debilidad anímica de su antecesor Joe Biden y la ambigüedad de Barack Obama, han incidido en la conducta del dictador ruso Vladimir Putin. Convencido de que Estados Unidos estaría dispuesto a aceptar como un hecho consumado la conquista de Ucrania y que, si bien los presidentes demócratas la repudiarían, no reaccionarían militarmente, y que el republicano le sería un amigo, Putin cometió un error geopolítico tan enorme que pone en riesgo la existencia misma de la Federación Rusa.   

 Además de fracasar en el intento de apoderarse de más territorio ucraniano, una empresa que ya ha causado dos millones de muertos o heridos, de los que la mayoría abrumadora han sido rusos, Putin ha brindado a separatistas en Chechenia y otros lugares motivos para creer que una nueva rebelión contra Moscú podría tener éxito.  

 En el Oriente Medio, la convicción de que Estados Unidos está perdiendo interés en la región ha envalentonado al régimen islamista iraní que, a pesar de lo mucho que ha perdido en el campo de batalla, se comporta como si hubiera ganado la breve guerra con “el gran Satán” y su socio, Israel, “el pequeño Satán”.  Un tanto irónicamente en vista del desprecio con que hasta hace poco Trump trataba a Volodymyr Zelensky, algunos gobernantes árabes están firmando pactos con Ucrania por suponer que los drones defensivos relativamente baratos que fabrica serán por lo menos tan eficaces como los misiles muy costosos que les han proporcionado los norteamericanos.  

 Puede atribuirse la crisis que está sufriendo Estados Unidos y que tantos problemas está provocando en otras partes del mundo a las deficiencias notorias de una clase política de cultura limitada y al sistema presidencialista, ya que es francamente absurdo que, hace un par de años, los votantes de la única superpotencia hayan tenido que elegir entre Trump, un narcisista pendenciero de ideas rudimentarias, y un personaje tan mediocre como Kamala Harris. Aunque Estados Unidos posee todos los recursos intelectuales y materiales que necesitaría para mantenerse por mucho tiempo más como la superpotencia reinante, parece ser intrínsecamente incapaz de aprovecharlos.


El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, junto al presidente Donald Trump. Foto: Gentileza Reuters.

Siempre ha sido tentador tratar a las sociedades como organismos vivos que prosperan en su juventud pero que, con el paso de los años, pierden vitalidad y se vuelven menos creativas hasta que, tras envejecer y volverse cascarrabias, aguardan resignadamente la muerte. Esta sombría secuencia fue descrita hace un siglo por Oswald Spengler en su libro más conocido, “La decadencia de Occidente”, una obra muy influyente que, por razones que son penosamente obvias, sigue encontrando lectores.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora

Comentarios