La libertad frente al poder invisible
En algún desfiladero, hace miles de años, un hombre levantó un garrote para imponer su voluntad. Era la forma más elemental del poder: la fuerza ejercida sobre otro.
Y otro hombre, nuestro antepasado remoto, se irguió sobre sus dos piernas y se resistió.
Quizás allí, en ese gesto mínimo y primitivo, haya comenzado una de las historias más largas de la humanidad: la lucha por la libertad.
Durante miles de años, el poder tuvo un rostro reconocible. Fue el del más fuerte, el del jefe de la tribu, el del rey, el del ejército, el del gobernante capaz de castigar a quien se resistiera. La fuerza era visible y también lo era quien la ejercía.
Pero la historia de la civilización puede leerse, en buena medida, como el largo esfuerzo por limitar esa capacidad de unos pocos para decidir sobre los demás.
El hombre tardó siglos en comprender que no alcanzaba con cambiar de gobernante. Había que limitar al poder mismo.
Así surgieron las instituciones que hoy consideramos naturales, pero que fueron conquistas extraordinarias: las constituciones, la división de poderes, los derechos individuales, la independencia de la Justicia, los Estados federales y las autonomías.
Un poder sanciona las leyes, otro las ejecuta y otro administra justicia. El gobernante deja de ser dueño del Estado y pasa a estar sometido, al menos en principio, a reglas que también lo limitan.
Detrás de esa arquitectura había una idea sencilla y profunda: cuando todo el poder se concentra en una sola mano, la libertad queda en peligro.
También la libertad de conciencia fue una conquista. Durante siglos, hombres y mujeres fueron perseguidos, encarcelados o ejecutados por pensar diferente. El derecho a opinar, creer, disentir y expresarse libremente no apareció de manera espontánea. Fue el resultado de una larga disputa contra quienes pretendían controlar no solamente los actos, sino también las ideas.
Y entonces apareció otra forma de limitar el poder: la opinión pública.
Los diarios, la radio y, más tarde, la televisión ampliaron el espacio en el que los ciudadanos podían conocer, discutir y cuestionar las decisiones de quienes gobernaban. Los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones sociales y las instituciones intermedias agregaron nuevas formas de participación.
El poder ya no debía responder solamente ante otro poder institucional. También debía responder ante una sociedad que podía observarlo, criticarlo y, finalmente, reemplazarlo.
La democracia es, por eso, mucho más que un mecanismo para elegir gobernantes. Es también una forma de distribuir, controlar y limitar el poder.
El poder cambió de lugar
El problema de nuestro tiempo es que la concentración del poder no desapareció.
Cambió de lugar.
Ya no necesariamente aparece como un hombre con un garrote, un rey sentado en un trono o un funcionario capaz de ordenar y castigar.
Puede encontrarse en estructuras mucho más complejas: grandes organizaciones económicas, medios de comunicación, plataformas digitales y sistemas capaces de reunir y procesar enormes cantidades de información.
Esto no significa que la tecnología sea, por sí misma, el nuevo poder. La tecnología es una herramienta. La cuestión vuelve a ser, como siempre, quién la controla, quién decide cómo utilizarla y qué capacidad de influencia adquiere quien concentra esos recursos.
Ahí aparece uno de los grandes cambios de nuestro tiempo.
Durante buena parte de la historia, el poder necesitaba conocer a las personas desde afuera. Hoy puede conocerlas a partir de la información que ellas mismas producen.
Cada búsqueda, cada compra, cada recorrido, cada lectura y cada interacción deja rastros. A partir de ellos pueden construirse perfiles cada vez más precisos sobre nuestros hábitos, intereses y comportamientos.
La paradoja es extraordinaria: nunca tuvimos tantas posibilidades para expresarnos y nunca produjimos tanta información sobre nosotros mismos.
Byung-Chul Han, en Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, analiza esta transformación y señala que el control contemporáneo puede funcionar de una manera diferente a la del poder tradicional.
Ya no necesita necesariamente prohibir.
Puede orientar.
De la orden a la influencia
El poder tradicional decía: “hacé esto porque yo te lo ordeno”.
El poder contemporáneo puede ser mucho más sutil: puede intentar que hagamos algo creyendo que la decisión nació enteramente de nosotros.
Las plataformas seleccionan contenidos, recomiendan determinadas informaciones y aprenden de nuestras conductas. Por eso dos personas pueden entrar al mismo espacio digital y encontrarse con realidades diferentes.
No se trata solamente de recibir información distinta. Se trata de que esa selección puede contribuir a formar opiniones, prioridades y percepciones diferentes sobre el mundo.
Aquí aparece una transformación importante de la política.
Durante décadas, la propaganda buscó convencer a grandes grupos. Los partidos hablaban a los trabajadores, a los jóvenes, a los empresarios, a los habitantes de una región o a determinados sectores sociales.
La nueva capacidad tecnológica permite una comunicación mucho más individualizada.
Ya no se trata solamente de saber qué piensa un grupo. También es posible conocer intereses, hábitos y preocupaciones de personas concretas y adaptar los mensajes en función de esas características.
La posibilidad es enorme, pero también lo es el riesgo.
Porque una democracia necesita ciudadanos capaces de formar libremente sus opiniones. Si quien pretende influir sobre una persona conoce sus debilidades, sus preferencias y aquello que puede movilizarla, la frontera entre convencer y manipular puede volverse cada vez más difícil de distinguir.
El problema, entonces, no es la existencia de tecnología.
Es la concentración de capacidad de conocer, seleccionar e influir.
Cuando la realidad también puede ser fabricada
La inteligencia artificial agrega una nueva dificultad a este escenario: la posibilidad de producir imágenes, voces y videos que parecen reales aunque nunca hayan ocurrido.
Un candidato puede aparecer diciendo algo que jamás dijo. Una voz puede ser imitada. Una escena inexistente puede adquirir apariencia de acontecimiento.
Pero el problema más profundo quizá no sea solamente que podamos creer una mentira.
Puede ser que dejemos de saber qué podemos creer.
Si todo puede ser falsificado, la sociedad corre el riesgo de perder una referencia común sobre los hechos. Y sin un terreno compartido de realidad, el debate democrático se vuelve más difícil.
Pero nuevamente, sería equivocado convertir a la inteligencia artificial en el enemigo.
La misma tecnología puede servir para controlar el gasto público, detectar irregularidades, procesar información, mejorar servicios y ampliar la participación ciudadana.
El dilema no es tecnología contra libertad.
Es poder concentrado contra poder controlado.
Una nueva frontera de la libertad
Durante siglos, la humanidad respondió a la concentración del poder creando instituciones para dividirlo y controlarlo.
Tal vez ahora debamos extender ese principio al nuevo escenario tecnológico.
No alcanza con preguntarnos qué puede hacer una tecnología. Hay que preguntarse quién la controla, qué información utiliza, qué intereses existen detrás de ella y qué mecanismos permiten supervisar sus decisiones.
La alfabetización del siglo XXI tampoco puede limitarse a saber leer y escribir. Necesitamos ciudadanos capaces de comprender cómo se construye la información que reciben, por qué determinados contenidos aparecen ante ellos y qué intereses pueden existir detrás de las herramientas que utilizan todos los días.
La defensa de la libertad ha cambiado de escenario.
El hombre que se enfrentó al garrote podía ver claramente quién intentaba dominarlo. El ciudadano moderno puede encontrarse frente a una forma de influencia mucho menos evidente.
Y esa diferencia es fundamental.
Porque el poder visible puede ser enfrentado. Puede ser denunciado, limitado por una ley, controlado por una institución o reemplazado mediante el voto.
El poder que no reconocemos resulta mucho más difícil de controlar.
Durante miles de años, la humanidad construyó una compleja arquitectura para evitar que una sola persona o una sola institución pudiera decidir por todos. El desafío contemporáneo no consiste en abandonar esa arquitectura, sino en llevar sus principios al nuevo territorio donde se concentra la capacidad de conocer, seleccionar e influir.
La pregunta que inició aquella larga historia de la libertad sigue siendo la misma.
¿Quién tiene el poder?
Pero hoy debemos agregar otras.
¿Quién conoce aquello que nosotros mismos estamos revelando? ¿Quién decide qué información llega hasta nosotros? ¿Quién puede anticipar nuestros comportamientos? ¿Y quién tiene capacidad para influir sobre una decisión que creemos haber tomado libremente?
El hombre del desfiladero veía el garrote y sabía quién lo amenazaba.
El ciudadano de nuestro tiempo enfrenta un desafío diferente: reconocer el poder cuando ya no se presenta como fuerza, sino como capacidad de conocer, orientar e influir.
Porque la libertad no consiste solamente en que nadie pueda obligarnos.
También consiste en que podamos saber quién intenta convencernos, con qué herramientas y con qué poder sobre nosotros.
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