La tensión entre economía y política en el siglo XXI

China se convirtió en promotora del libre mercado y Estados Unidos recurrió, nuevamente, al proteccionismo.

Por Franco Agustín Lucietto*

Xi Jinping y Donald Trump se reunieron en China. Foto: AP.

El mundo se ha vuelto un territorio mucho más incierto de lo que nos tenía acostumbrados. Probablemente, esa realidad o sensación se deba al deterioro del poder relativo de Estados Unidos frente a otros polos de poder que se han fortalecido por la magnitud y persistencia del desarrollo de sus economías y de sus entramados científicos y militares, donde descansa, en última instancia, el poder político de esos Estados. Sin embargo, la emergencia de un escenario multipolar no explica por sí sola la disolución de un liderazgo y de un poder rector.

Estados Unidos, desde hace ya un tiempo considerable, ha protagonizado el reordenamiento del sistema internacional basado en una multipolaridad realmente existente. Como comentamos en la nota anterior, fue Henry Kissinger quien muy astutamente lo advirtió y propuso la promoción de una renovada arquitectura internacional, más alejada de la dominación pura y puntual, y más cercana a una distribución de cargas apoyada en polos regionales clave.

En aquel último cuarto del siglo XX, donde se rediseñó la arquitectura internacional, China afirmó el rumbo que le permitió cerrar definitivamente el “siglo de la humillación” con la anuencia de Estados Unidos. Como una imagen nítida de aquel momento, China Popular ingresó como miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Esa especial consideración norteamericana resulta una verdadera paradoja vista desde la perspectiva del siglo XIX y del contemporáneo siglo XXI. Sin embargo, aquella sociedad con el gigante asiático permitió convertir la fisura política entre la Unión Soviética y China Popular en una fractura expuesta.

Fueron clave las radicaciones de capitales en China, que ofrecía fabulosas ventajas comparativas y permitió un desarrollo acelerado de su economía, particularmente de su industria. Para las potencias occidentales, y particularmente para la superpotencia norteamericana, la migración de capitales hacia China en aquel contexto permitió gozar del beneficio de eludir los altos costos de producción en los países centrales y, al mismo tiempo, mantener el acceso privilegiado a los mercados de mayor poder adquisitivo.

Esa fue la condición para implementar, al interior de Estados Unidos, políticas de ajuste de las tasas de interés y de reasignación de recursos hacia el núcleo del complejo militar, industrial y tecnológico (neoliberalismo y Guerra de las Galaxias). En resumidas cuentas, esta maniobra explicó, en gran parte, el desmoronamiento de la Unión Soviética, el fin de la Guerra Fría y la creación de un conjunto de empresas basadas en tecnologías de frontera. En efecto, gran parte de esas empresas, cuyos representantes acompañaron al presidente Donald Trump en su viaje a China, se deben a aquellas políticas impulsadas durante la presidencia de Ronald Reagan.

Esta dinámica general del vínculo entre China y Estados Unidos permitió, en un corto plazo, una integración sumamente compleja e interdependiente entre ambas economías, de la que el mundo goza y padece. Fue en ese contexto que surgieron los conceptos contemporáneos de globalización y deslocalización productiva (offshoring), y también la apuesta, desde el pensamiento estratégico norteamericano, por los efectos disolventes que el capitalismo iba a generar sobre el comunismo chino, fundamentada en gran medida en la experiencia que determinó el colapso soviético.

Fue también desde el pensamiento estratégico norteamericano que comenzaron a advertir, quizá tardíamente, el éxito contundente de la “Reforma y Apertura” de Deng Xiaoping y las implicancias del modelo de desarrollo chino como desafío a la hegemonía norteamericana. Este es un punto sumamente interesante para enfocar analíticamente, con el agregado de que no está claro cuál será el resultado del intento por preservar el liderazgo. Estamos en presencia de un laboratorio a cielo abierto, donde observamos la tensión entre economía y política.

Ayer nomás, en los siglos XVIII y XIX, fue Inglaterra quien se impuso definitivamente sobre la producción textil india mediante atributos político-militares. Sin sus bloqueos portuarios e imposiciones orientadas a afectar la producción de manufacturas textiles de la India, Inglaterra no hubiese logrado conquistar el mercado continental europeo, donde hasta aquel momento prevalecía la preferencia por las competitivas y distinguidas manufacturas textiles indias. Ya como superpotencia industrial y militar, e indiscutida reina de los mares, fue entonces cuando Inglaterra asumió su prédica incansable sobre las bondades del libre mercado.

China hoy se ha convertido en promotora del libre mercado y Estados Unidos ha recurrido nuevamente al proteccionismo. Una inversión de polaridades que devela las estrategias e intereses de cada Estado. El reflejo está en la consolidada difusión de términos como reshoring (retorno), nearshoring (cercanía) o friendshoring (alianzas) entre empresarios y analistas tributarios del pensamiento estratégico norteamericano. Se trata de una concepción sobre el flujo de capitales y los aspectos logísticos pensada para un escenario geoeconómico bien definido: el enfrentamiento con China, basado más en la supervivencia que en la maximización del beneficio económico, dominante en el offshoring del último cuarto del siglo XX.

El escenario está abierto.

*Profesor de Historia (UBA), especialista en Relaciones Internacionales, Magíster en Defensa Nacional, exdirector de Asuntos Académicos del Instituto del Servicio Exterior de la Nación.


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