Modernización laboral: una reforma sin futuro y con oportunidades perdidas

Sin discusión sobre renta básica, reducción de jornada o democratización tecnológica, la reforma parece anclada en un mundo agotado que se niega a sucumbir.

Por Gerardo Biglia

l.

La Reforma Laboral recientemente sancionada por el Congreso de la Nación será declarada inconstitucional más temprano que tarde; pero eso no debe esconder los debates que nos perdimos, o que fueron eludidos.

La norma en cuestión, fue resultado de una imposición numérica, construida con una mayoría legislativa circunstancial y negociada; no hubo un debate real hacia el interior de la sociedad, cirunstancia que nos privó de dos oportunidades vitales. La primera, evidente: discutir con datos y franqueza el mundo del trabajo actual; claro, ello hubiera implicado debatir el modelo económico, productivo y el plan de desarrollo que los sostiene. La segunda, más profunda sin duda: interrogar el agotamiento del trabajo tal como lo conocemos, es decir, el colapso de una historia —blanca, patriarcal, europea y occidental—, una historia que se pensó lineal, universal y orientada a una producción y reproducción infinita.

El ideal europeo moderno imaginó un trabajo ordenador, civilizatorio, que aseguraba dignidad mientras creciera el empleo registrado. Así, el salario aparecía como instrumento de inclusión social y ciudadanía. Pero ese relato implicaba dos supuestos hoy en crisis: que la expansión productiva podía ser permanente y que la subjetividad humana soportaría sin fisuras la aceleración constante. Como advierte Franco Berardi en Desertemos, el capitalismo cognitivo ha llevado al límite la explotación no sólo del cuerpo sino de la mente, del tiempo psíquico y afectivo. La promesa de progreso ilimitado tropieza con la saturación nerviosa, la precariedad existencial y la finitud material del planeta.

En América Latina, ese molde intelectual europeo nunca encajó plenamente; nuestras economías estructuralmente desiguales y con alta informalidad mostraron desde siempre que el trabajo registrado no era la regla sino una excepción más o menos extendida. Pensar que una flexibilización generará empleo desconoce que el nivel de ocupación depende de la salud macroeconómica y no del recorte de derechos. El empleo no crece empobreciendo al trabajador, sino generando proyectos productivos consistentes.

Por razones de espacio vamos a tomar solo una crítica a la construcción colonial de la idea de “trabajo” y “salario”, ciertos feminismos dan argumentos concretos, materiales; el salario fue más que un integrador social, operó con fuerza disciplinadora, jerarquizando sexualmente a las sociedades. Trabajo y Salario ordenaron relaciones sobre la base de un trabajador varón proveedor y una mujer responsable del trabajo reproductivo y de cuidados no remunerado. Basta señalar cómo la figura del ama de casa, fue convertida por el sistema capitalista y patriarcal, en una trabajadora sin salario al servicio de un varón asalariado. Además, en Argentina, cuando las mujeres se insertan en el mercado laboral, lo hacen percibiendo hasta un 30% menos de salario que los varones y sin acceso a puestos de decisión, claro ejemplo de disciplinamiento y jerarquízación. La feminización de la pobreza no es un accidente: es la consecuencia de un sistema que descansa en el trabajo invisible de cuidados para sostener esa pretensión colonial de productividad infinita. El planeta, como el cuerpo femenino, ha sido tratado como reserva inagotable. Esto es solo una muestra del contexto en el que la Reforma viene a sustraer derechos laborales.

Frente al fracaso de la productividad creciente, Berardi propone “desertar”: no como huida individual, abandono o resignación, sino como gesto colectivo de desidentificación con la lógica de la acumulación sin límite. Recuperar algo que los pueblos originarios nunca olvidaron: los recursos son finitos y la relación con la tierra no puede reducirse a propiedad privada y extracción. Desertar es desacelerar, revalorizar el ocio, el tiempo común, el cuidado, el encuentro colectivo fuera de una red social, y todo aquello que no entra en la contabilidad del PBI pero hace posible la vida.

El debate era urgente también por la irrupción de nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, agentes que reducirán puestos de trabajo aumentando la renta empresaria. La pregunta no era cómo flexibilizar, sino para qué y quién trabajar, quién se apropiará de la riqueza generada por máquinas y algoritmos, cómo se redistribuirá esa renta en una sociedad donde la producción ya no requiere la misma cantidad de mano de obra. Sin discusión sobre renta básica, reducción de jornada o democratización de la tecnolgía, la reforma parece anclada en un mundo agotado que se niega a sucumbir.

Las oportunidades perdidas no fueron técnicas sino históricas. Pudimos preguntarnos por el sentido del trabajo en un contexto de crisis ecológica, agotamiento subjetivo y revolución tecnológica. En cambio, se optó por ajustar piezas de un engranaje que ya muestra fracaso y fatiga estructural. El desafío no era flexibilizar más, sino imaginar menos trabajo compulsivo y más vida compartida. Desertar, en ese sentido, no es abandonar responsabilidades, sino abandonar una ficción: la de que crecer indefinidamente es sinónimo de dignidad.

*Abogado (UBA), Docente Titular (ESRN 123 – ESRN 132).


l.

La Reforma Laboral recientemente sancionada por el Congreso de la Nación será declarada inconstitucional más temprano que tarde; pero eso no debe esconder los debates que nos perdimos, o que fueron eludidos.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora

Comentarios

Estimados/as lectores de Río Negro estamos trabajando en un módulo de comentarios propio. En breve estará habilitada la opción de comentar en notas nuevamente. Mientras tanto, te dejamos espacio para que puedas hacernos llegar tu comentario.


Gracias y disculpas por las molestias.



Comentar