OPINIONES: Relaciones peligrosas
Imposibilitado de ceder su protagonismo, Diego Maradona está arrastrando con todo, aún cuando queden apenas tres días para el partido del sábado ante Perú, acaso un trámite en tiempos más tranquilos, pero hoy un juego tan decisivo que hasta es necesario garantizar el arbitraje del boliviano René Ortubé.
Porque si los jugadores no lograr superar el sábado el seguro cerrojo de la defensa peruana y siguen bloqueados como en sus partidos anteriores, la confianza parece depositada en Ortubé y en las influencias de Julio Grondona en una FIFA a la que no le gustará que Lionel Messi esté afuera de Sudáfrica.
El que a esta altura sí seguramente estará afuera, aún cuando Argentina se clasifique, es el propio Maradona. Grondona jamás se imaginó que Diego cometería tantas torpezas cuando lo designó para suceder a Alfio Basile, mientras los ingenieros del marketing se regodeaban haciendo cuentas y diciendo que Argentina, con Maradona, tendría tanta convocatoria como la que tuvieron los Beatles.
El nuevo exabrupto del martes, cuando amenazó con no seguir aún cuando Argentina se clasifique al Mundial, en medio de relatos de que dirigió la práctica de ese día sin hablar y con la mirada perdida, entran ya en el peor de los terrenos. Maradona no puede definitivamente con su necesidad de protagonismo y, peor aún, cada vez que se siente bajo la mira reacciona amenazando o colocándose en el rol de «víctima».
¿Había necesidad de reflotar y colocar bajo extrema tensión su relación con Bilardo en horas tan decisivas? Tanto protagonismo, a esta altura, ya debe haber cansado a los jugadores, que son en rigor los protagonistas centrales y los que todavía tienen mucho por jugarse si Argentina se clasifica o no al Mundial. ¿Acaso Messi no es consciente de que su consideración como mejor futbolista del mundo caerá abruptamente si la selección no se clasifica?
Si se clasifica, el huracán Maradona, eso sí, no sólo arrastrará con el propio Diego, sino que también la batalla futura colocará bajo fuerte cuestionamiento al mismo Grondona, al fin y al cabo responsable de la designación y acusado en estas horas de hacerle decir a su amigo Joseph Blatter que los jugadores deben poner más empeño en la selección.
¿Habrá alguien, dirigente, entrenador o jugador, que se anime a decirle a Maradona que ya basta, que no es exactamente su futuro lo que está en juego, sino el del fútbol argentino, cuya suerte ya no parece en los pies de los llamados «cracks europeos», sino en los goles de Palermo, símbolo de admiración para muchos, pero también claro reflejo de la crisis que azota a la selección?
Si Palermo se acopla a Messi, si ambos funcionan con la novedad de Pablo Aimar y si ante un Perú ultradefensivo no sería mejor un volante central como Mario Bolatti en lugar del aguerrido Javier Mascherano, son debates menores en medio de la tormenta. Una verdadera pena.
EZEQUIEL FERNÁNDEZ MOORES