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Pichetto candidato: si llega, no será un “ayudante de Cámara”

El senador esperaba hace tiempo el llamado de Macri, y no dudó en ser su vice. Culmina un proceso de “liberación política” tras el final del kirchnerismo, que le permite desplegar sus ideas en forma plena.


Esperaba ese llamado. Había trabajado durante meses para que se plasmara. Ya por teléfono, ya personalmente. Y el jueves, cuando lo llamó Mauricio Macri, manoteó el celular con la velocidad del rayo. Quizá como diciendo:

-Mío, solo mío, todo mío -como dicen los españoles que se abrazó Julián Marías al cajón de Manuel Ortega y Gasset…

Y dicen los que dicen saber que Miguel Pichetto casi no lo dejó terminar al mandatario…

-Sí, sí, presidente. Por supuesto, acepto…

Casi un “todo mío”, pero de vida.

Y entonces Pichetto se transformó en candidato a vice de Mauricio Macri. Recogió la mochila, miró hacia atrás, donde su historia lo miraba con cejas en alto y cara de desconcierto. Y le espetó:

Y se fue en procura de nueva historia. Valen aquí algunas reflexiones sobre este formidable “quiebre de caña o de timón” en la vida de este político rionegrino.

• Si llega a vicepresidente, no será un “ayudante de cámara” de Macri, en los términos en que Hegel definía a ciertos planos del poder político del tiempo que le tocó en suerte. Batallones de tinterillos. Legiones del “sí señor”, o del muy mejicano “mande”. Ese clavar tacos castrense. Conductas decisorias fundadas en el “sí el jefe lo quiere…”. Comportamientos sobre los cuales los argentinos José Ingenieros y Eduardo Mallea nos legaron páginas de rigor inigualables. Pichetto estaba probado en esta materia. Lo dice su obediencia al kirchnerismo durante una década, cuyos alcances solo conocemos lo que flota, cual iceberg. El resto, espera las memorias del senador, si algún día las escribe. Un callarse y obedecer voluntario, claro. Resignaciones con un blanco rentable: aguantar significó estar. Seguir. Y esperar los nuevos apareceres que siempre arroja la política y su dialéctica.

• ¿Por qué no más un Pichetto “ayudante de cámara”? Porque por primera vez se le presenta la oportunidad de hacer política en forma plena. Ya no más administrar las inquietantes patologías que signan al peronismo rionegrino. Ya no más ir trabajando en temas puntuales, donde siempre desplegó entrega y eficiencia. Basta recordar su tarea a favor de la producción frutícola provincial. O su defensa junto a Carlos Soria -ambos diputados nacionales- de Invap cuando Domingo Cavallo quería reducirlo a un oscuro zaguán donde se arreglarían planchas y pavas eléctricas. Y ya no más -se promete Pichetto ante amigos- “estar reducido casi vitaliciamente a dar el golpe de horno final a lo que trae el delivery de la Rosada”.

Sin la mochila a cuestas del poder K y su estilo orwelliano de ejercerlo, ¿es dable detectar que algo se sinceró en Miguel Pichetto? Sí, vale. Todavía era posible detectar aromas de Cristina en la Rosada en diciembre del 2015 cuando Pichetto sentenció: “Me siento liberado”. Sin rubor. Y sin dilaciones, en su discurso emergió una mudanza de contenidos. No eran nuevos para quienes lo conocen, pero estaban largamente maniatados. Hoy llegan cristalinamente. ¿Cómo imaginar en un pasado no lejano a Pichetto hablando de “capitalismo moderno” como objetivo o de la necesidad de “tener una burguesía y consecuentemente empresariado con personalidad propia” en el país o colocar a EE. UU. como “imprescindible para el desarrollo argentino”? En estos temas pareciera que alguna noche, al retirarse del Senado por pasillos cargados de historia y conspiraciones, Pichetto se cruzó con Federico Pinedo abuelo. Y este, con las manos en los tiradores y botines con polainas, lo metió en un despacho de piso de pinotea quejumbrosa. Luego le habló de su plan del año 40, la más importante reunión de ideas para el desarrollo que tuvo el país. Los políticamente miopes tacklearon la iniciativa, claro.

Sabe que quiebra un mundo de relaciones que fue su cuna política. Pero también que la lástima es un sentimiento que un político no se puede permitir.

Pichetto se suma al macrismo blandiendo su más importante capital: hacer política y luchar desde ahí, por ideas. Pichetto es político de profesión. Es su pasión. Sus 48 horas de entrega en las 24 que tiene el día. “No es un político gamberro”, lo definiría el americano John Barnes, en relación a escaparle a esa lucha.

• Y se suma Pichetto al macrismo desde un convencimiento que de todas maneras no lo inquieta: la resistencia de Macri al trámite político. El manejar lo inesperado, lo contradictorio. El liderar incertidumbres, desmenuzar lo importante de lo menos importante. El trámite de aceptar el hostigamiento del cansancio. Y de aceptar arrugas inesperadas que una mañana devuelve el espejo. Y aceptar que la realidad siempre habla. Que no se puede decir alegremente, como lo hizo Macri en la campaña del 2015, que la inflación no es un problema complejo.

• Cerremos. Solo una reflexión más sobre Pichetto y su camino junto a Macri. Tiene muy en claro que el camino iniciado le quiebra un mundo de relaciones en lo que fue su cuna política: el peronismo. Lealtades. Entregas. Y varios etcéteras.

Pero de cara a esa historia, Miguel Pichetto puede esgrimir su capital político más portentoso: la lástima es un sentimiento que el buen político no se puede permitir.


Relaciones que lo marcaron de un tiempo que se aleja

Su cuna fue Banfield, hogar de clase media. Un padre – “un hombre duro con largas ausencias” lo recuerda Pichetto- era maquinista naval. Una madre que se esmeraba en atender a sus hijos.


“De pibe yo ya tenía cara de tipo serio, responsable”, suele recordar el senador en las pocas oportunidades que habla de su niñez. “No saco chapa, pero fui buen alumno en el primario y secundario”, acota. Secundario que hizo en un colegio de Adrogué, donde se cruzó con el hoy locutor roquense Carlos Fernández, más conocido como “El Tony Rey”. Y a la hora de la universidad, no dudó: Derecho. En La Plata. Ahí trazó sólida amistad con un joven que trascendería en la política desde la UCR: Federico Storani. “Lo quiero mucho, buen radical, honesto… hombre de la causa”, como definía el Peludo Yrigoyen a las buenas cepas que nutrían al partido.


Y en esos años de universidad Pichetto también se cruzó con un roquense al que siempre recuerda muy bien: Adolfo Nielsen ( ya fallecido). “Fuimos muy amigos, incluso fue mi abogado en esas causas a las que solo te puede llevar esta cosa llamada política”, recuerda.


A la hora del servicio militar obligatorio, le tocó ejército. Fue destinado a uno de los planos burocráticos del arma en Capital Federal. “Mi colimba fue sinónimo de chofer, porque me tocó manejar el vehículo que tenía asignado un coronel, que vivía en la zona sur del Gran Buenos Aires. Buena persona. Parco, pero muy educado. Siempre con una matraca en el piso del auto porque, bueno, en el país ya se gritaba viva la muerte… Yo lo recuerdo muy bien, el coronel D’Amico, suele decir Miguel Pichetto. Y entonces una acotación necesaria: “Años después, lo asesinó un grupo guerrillero…”


Con el título de abogado recién salido de rotativa, Miguel Pichetto enfiló rumbo a la Patagonia. Y bajó ancla en Sierra Grande. El régimen militar comenzaba a desmontar sus sueños de poder largo. Y los militares, claro, eran los sumos sacerdotes de Hipasam.

Ahí, en ese espacio barrido por vientos de tenacidad implacable y aspiraciones de desarrollo truncado, Pichetto instaló un estudio laboralista con otro abogado peronista: Víctor Sodero Nievas. Inteligente, de sólida formación intelectual, latinista y forjado en el yunque de templos jesuitas en los que pasó años. “Nos fue muy bien, recuerdo muy bien aquellos años”, recuerda el senador.


Luego, la política. Y la intendencia de Sierra Grande, primer escalón de un trayecto de militancia que ahora busca la vicepresidencia de la Nación.


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