Por la patria

Por Jorge Gadano

Por Redacción

La historia que nos enseñaron en la primaria está repleta de frases célebres atribuidas a nuestros próceres, muchas de ellas alusivas a la patria. Una fue la de Mariano Moreno, poco antes de morir en alta mar de una misteriosa enfermedad: «Viva mi patria aunque yo perezca», musitó el jefe de la Revolución de Mayo. Otra que llegó hasta hoy después de -al igual que la de Moreno- recorrer casi dos siglos fue la del sargento Cabral quien, atravesado por una bayoneta española mientras cubría a su jefe José de San Martín, proclamó en pulcro castellano «muero contento, hemos batido al enemigo». Es verdad que no mencionó a la patria, pero con toda seguridad la tuvo presente, porque estaba salvando a la patria al salvar la vida del libertador.

Ninguna invocación tan famosa, sin embargo, como la de Manuel Belgrano en su lecho de muerte. Como todo el mundo lo sabe, porque es un día feriado, el creador de la bandera murió el 20 de junio de 1820. Como ese día Buenos Aires tuvo tres gobernadores, Belgrano se dolió de aquella crisis de gobernabilidad diciendo «¡ay patria mía!» Los 36 millones de argentinos podríamos haber coreado la frase después de haber tenido cinco presidentes en una semana.

Mal o bien, otros próceres se habrán acordado de la patria en momentos difíciles, pero no fueron tan importantes como para que nuestros historiadores recogieran (¿inventaran?) sus reflexiones al respecto. Y si lo fueron, es posible que a su muerte la patria gozara de buena salud. Es el caso, por ejemplo, de Sarmiento, quien era lo bastante práctico como para dejarse llevar por sentimientos gauchescos.

Del asunto se acordó hace poco la periodista Sandra Russo, quien ocupó toda la contratapa de Página 12 del 30 de enero pasado para decir de su rechazo a la patria y a todo cuanto tenga que ver con ella, a saber: bandera, escarapela, himno, escudo.

Russo afirma que la nacionalidad que le ha tocado a cada uno es fruto de «un accidente». Dice que «nacer aquí o nacer allá después de todo es un accidente». «Después de todo» lo que sucedió entre su papá y su mamá nueve meses antes, el autor de esta nota nació una calurosa mañana de enero de hace unos cuantos años en Villa Regina, provincia de Río Negro, República Argentina. Y no cree que haya nacido en ese pueblo por un accidente debido a que sus padres practicaban el nomadismo. Simplemente, habían elegido ese lugar para vivir.

La periodista abomina de «ese vil ser nacional» que argentinos de buena cuna deletrearon con fruición para defender a la patria con la picana de Lugones en ristre y, décadas después, la bendición de monseñor Tortolo. Está bien. ¿Pero cómo explica los pesares del destierro de quienes, tampoco por accidente, fueron expulsados de esta tierra?

La patria es un asunto del corazón que, tratándose de la Argentina, las más de las veces duele. Como le duele a Russo. Aunque no sea exactamente lo mismo, es lo que los italianos llaman dulcemente «il paese» y los uruguayos «el paisito». Para los porteños la patria es Buenos Aires, esa que borra las penas y el olvido.

Un argentino que llevaba cinco años de exilio en México contó que una vez fue al estadio azteca a ver un partido de fútbol entre la selección argentina y la mexicana. Llevó a sus dos hijos casi adolescentes, que habían crecido en aquel entrañable país, y se emocionó cuando los escuchó gritar los goles argentinos. Supo entonces que todos volverían.

La patria es afecto, hecho de colores, sabores, olores. Hay calles, esquinas, barrios, pampas, montañas, ríos, álamos. Es Borges, que consideraba a los militares «unos caballeros», y es el «Che» Guevara, que tenía al respecto una opinión distinta (se diría que opuesta).

Sandra debe saber que ningún placer en el mundo puede superar, al cabo de un largo exilio, al de comer un bife de chorizo nacional con una pera rionegrina de postre. Tampoco debe ignorar que el peor café exprés de este país supera con holgura al intragable enjuague llamado café «americano» que México ha copiado de los Estados Unidos.

Es comprensible que Sandra tenga un mal recuerdo de los militares que, en 1977, le plantaron a la fuerza una escarapela en el pecho, y de los cortesanos que los acompañaron en el genocidio. Aun, si lo quiere así, de las multitudes que vivaron a la Argentina junto a Videla en el estadio de Ríver, y de quienes aplaudieron a Galtieri en la plaza en 1982. Ellos, esos argentinos, aman a esta patria, se emocionan cuando ven flamear la bandera y si ahora se tienen que ir en pos de una vida digna no dejan de recordar a amigos y parientes que les manden yerba y dulce de leche.

De acuerdo en que hay una «patria» que reluce en los uniformes, nos habla del «ser» nacional y florece en la licuación de pasivos. Pero hay otra que aún exangüe, maltrecha, expoliada, desangrada, sobrevive. Se siente. Está ahí.