¿Qué pasó?
HÉCTOR LANDOLFI (*)
Cuando Dilma se aprestaba a disfrutar de la última etapa de su mandato presidencial recorriendo el mundo como la Merkel del hemisferio sur; cuando la exguerrillera, que sólo convivió con la clandestina artesanía militar de una célula subversiva, se da el lujo de comandar al más poderoso ejército de América del Sur; cuando la atea e izquierdista presidenta pensaba guardar en un pliegue de su memoria el dogma marxista postulador de que “La religión es el opio de los pueblos”, se preparaba para recibir al papa Francisco y disfrutar de la bendición apostólica al nuevo y exitoso modelo de inclusión social brasileño; cuando la primera mujer presidenta del “país tropical” imaginaba ver a la selección “verde amarela” triunfar en el nuevo Maracaná, mientras ella saborea una casi segura reelección, todo cambió. ¿Qué pasó? La estridencia de las gigantescas manifestaciones callejeras derribó ese idílico escenario en el cual Dilma era la estrella exclusiva, cuyo protagonismo le permitió poner en un segundo plano a Lula, su padrino político. La sorpresa y el desconcierto manifestados por la clase política ante este inusitado fenómeno nos llevan a preguntarnos si estamos frente a un grueso e inexplicable error de los servicios de inteligencia brasileños, que no pudieron percibir a un “ejército” integrado por millones de jóvenes que estaban agazapados en sus departamentos de clase media y que, de repente, invadieron las calles de las ciudades brasileñas. O se trata del pase de una factura de antigua data que la inteligencia militar le presenta a la exguerrillera –la llamaban la “Papisa de la subversión”– que ahora los manda, y cuyo precio consiste en no haberle advertido sobre la tormenta que se venía. Sólo el tiempo podrá decir cuál de estas dos hipótesis es la verdadera. Los actuales temblores que recorren la vasta piel social brasileña no parecen ser producidos por los ubicuos grupos antisistema, como los que aparecen cada vez que los poderosos del hemisferio norte se reúnen. La mayoría de los chicos brasileños no son ácratas, no quieren destruir el sistema, lo quieren mejorar. Quieren limpiarlo de corruptos y lograr servicios de salud, educación y transporte mejores que los que lograron acceder hasta ahora. Tampoco cabe – a mi manera de ver– una comparación con los indignados españoles. La desahuciada y desocupada muchachada ibérica muestra las consecuencias de la quiebra del Estado de bienestar español, que fue construido sobre endebles cimientos económicos y financieros. La realidad brasileña no es comparable con la española. El incipiente Estado de bienestar brasileño tiene plata de sobra. Se están construyendo cinco submarinos de propulsión nuclear, uno de ellos en Francia y el resto se hará en Brasil, con transferencia de tecnología francesa, más el agregado de desarrollos propios. La Fuerza Aérea está por incorporar una flota de aviones de combate de última generación con el mismo criterio que el aplicado en la adquisición de los submarinos nucleares: una parte se fabrica en el exterior y el resto en Brasil con transferencia de tecnología. Se están construyendo costosísimos estadios para el próximo Campeonato Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos. Pero en los entresijos de esta triunfante exhibición de riqueza pulula una degradante corrupción, que es una de las consecuencias que producen los gobiernos que están más de la cuenta en el poder; el Partido Trabalhista hace más de diez años que forma parte del gobierno. Este dispendio generador de corrupción, que no permite canalizar recursos suficientes a los sectores de la salud, la educación y el transporte público, es el generador principal de esta enorme grita demandante. Creo que a la clase política brasileña le convendría escuchar una frase del último libro (Corrupción y pecado) del papa Francisco: “Toda corrupción crece y –a la vez– se expresa en atmósfera de triunfalismo”. Es aún temprano para sacar conclusiones definitivas de este fenómeno cuyas dimensiones son semejantes al tamaño del país brasileño. Pero una cosa queda clara, cuando el poder se autosatisface produce una invisible capa que lo incomunica con la sociedad, y ésta se encarga de recordarle su aislamiento mediante métodos, generalmente, violentos. (*) Exdirectivo de la industria editorial argentina