¿Qué recomendación estamos dando?

Por Redacción

Arquitectura

Arquitecto: no regales tus proyectos”. Esta frase, en una imagen de Facebook, despertó mi interés. Seguí leyendo y, para mi sorpresa, continuaba el mensaje diciendo (en letra mucho más pequeña): “Si no valorás tu trabajo tu cliente tampoco lo valorará, con esto fomentás la cultura de lo barato y la baja calidad, promovés la desvalorización del recurso humano y del talento artístico de la arquitectura y en consecuencia el decaimiento del gremio”. Finalizaba con un “cobrá tus proyectos, ganá más, ganamos todos!”.

Seguramente éste podría haber sido el anuncio de cualquier empresa saludando y “concientizando” a sus empleados, generando “autoestima”, “competitividad”, “productividad”, etcétera, etcétera, con el fin último de mostrar la arquitectura como aquella mercancía cuya transacción circula entre el cliente y el talento de “el creador” -en este caso, arquitecto-. Esta mirada de la arquitectura se encuadra en el paradigma de un profesional liberal ansioso por que un “cliente” confluya en sus manos para “esculpir una obra de arquitectura” a la altura de “sus saberes”.

En estos términos el anuncio no sorprende, pero lo realmente extraño es que está fomentado y auspiciado por las asociaciones profesionales de los arquitectos en la República Argentina y aquí sí está lo dramático del texto. Quienes debieran fomentar un arquitecto consustanciado con la sociedad, fomentan aquello de “el que paga accede y al que no puede pagar se lo excluye”.

Por supuesto que en estas líneas no se promueve ni se fomenta el trabajo no remunerado. Cualquier trabajador debe percibir dinero a cambio de su tarea, pero es aquí donde se debe poner el acento y tener muy claro cuál es ese trabajo. ¿Es sólo tener un cliente? ¿Es la obra de un artista la que se debe valorizar? En síntesis, ¿el arquitecto es una individualidad profesional aislada socialmente que sale “a cazar al cliente” que pueda pagar su talento?

Pues bien, creo firmemente que la arquitectura es otra cosa y que la fórmula profesional-cliente está muy lejos de las expectativas sociales para las que debemos ser formados, ya que el arquitecto (consciente o inconscientemente) edifica ciudad y ésta es el hecho constructivo más complejo que se desarrolla en la sociedad. Está claro que construir ciudad es construir territorio y territorialidad y lo complejo de esto determina entender las pujas sociales que se entrelazan en ese territorio construido. Y frente a ese desafío, cabe la pregunta: “¿quién es el cliente?”. Seguramente puede tenerse uno aunque el territorio donde se desarrolla el trabajo (por encargue) no puede estar ajeno al entorno.

Es aquí donde me detengo para mencionar a David Harvey, que en su libro “Ciudades rebeldes” (2012) dice: “Aquí quiero explorar otro derecho colectivo, el derecho a la ciudad… un derecho más colectivo que individual, ya que la reinvención de la ciudad depende inevitablemente del ejercicio de un poder colectivo que abre el proceso de urbanización” (páginas 3-4).

Los arquitectos nos formamos con aquello de que “el hecho construido modifica el paisaje” y está muy claro que no es sólo “el paisaje” el modificado: se modifican las relaciones sociales, los modos de vinculación y la forma de trasladarse, entre otra cantidad de variables. Por ello es que fomentar el discurso clásico del profesional liberal no hace más que negar la realidad social donde ese profesional se desenvuelve y donde se debe desarrollar como hacedor de ciudad o territorio. Otro punto central será, luego, ver que lo que busque (ese arquitecto) sea una ciudad accesible, inclusiva y democrática o autoritaria y expulsiva.

Tenemos que cambiar el eslogan impuesto, ese que hace eje en que “los arquitectos construyen viviendas u obras monumentales” y los “urbanistas” diseñan ciudad; la producción social del hábitat debe ser el nuevo paradigma de los profesionales y de esta forma intervenir el territorio como hacedores de ciudad, articulando entre la sociedad y un Estado regulador del mercado inmobiliario; desde allí cada uno podrá trabajar profesionalmente mejorándoles la vida a los ciudadanos.

El cliente es un ciudadano y la obra, una parte del complejo territorio. Por parte de la Federación Argentina de Entidades de Arquitectos (Fadea), en aquella imagen de Facebook hubiese sido mucho más amable decir: “Arquitecto hacé ciudad”, para seguir con un “cobrale a tu cliente y pensá en el barrio y los habitantes que no te pagaron. Ellos también son ciudadanos de un territorio compartido. Si proyectás ciudad, todos ganamos derechos”.

Omar Reggiani

Arquitecto. oreggiani20@yahoo.com.ar

Omar Reggiani