Ruanda incursiona en el mercado de capitales

Por Redacción

Ruanda está –paso a paso– dejando atrás sus profundos, pero comprensibles, traumas. Hablamos de los generados por el horroroso genocidio de un millón de “tutsis” en manos de los “hutus” en 1994. A machetazos, sustancialmente. De la mano, dura, de Paul Kagame el país ha crecido en los últimos años a un ritmo anual del 8% de su PBI. Con una inflación reducida. Por esto no es demasiado sorpresivo advertir que Ruanda –en su avance– acaba de debutar en el mercado internacional de capitales, colocando recientemente una primera emisión de bonos. Algo que, lamentablemente, nuestro propio país no ha podido hacer a lo largo de la última década. Las necesidades de Ruanda, no obstante, siguen –en rigor– siendo muy acuciantes y la pobreza, como chocante realidad, aún es extrema. Tres cuartas partes de su población siguen empleadas por el agro. Viviendo en una economía “de subsistencia”. Muchos con ingresos mínimos. Ruanda acaba de colocar una emisión de 400 millones de dólares en bonos a diez años de plazo. El rendimiento de ellos está cerca del 7% y la emisión se suscribió en su oportunidad sin mayores dificultades. El producido se utilizará para cancelar pasivos gubernamentales más caros; terminar la construcción de un centro de convenciones en la ciudad de Kigali, su capital, y además financiar buena parte de un proyecto de generación hidroeléctrica. La emisión referida cubre una parte de la cada vez menor ayuda extranjera que Ruanda ha estado recibiendo, causada por el sensible deterioro del ambiente local en materia de derechos humanos y libertades civiles y políticas. Y por el intervencionismo aberrante de algunos milicianos –que aparentemente responden al presidente Kagame– que operan en la zona de la frontera con la vecina República Democrática del Congo, en cuyo interior incursionan constantemente cometiendo todo tipo de tropelías, incluyendo el despojo de los recursos minerales y maderas ricas congoleños. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

EMILIO J. CÁRDENAS (*)