Dejó su trabajo para emprender a los 58 años: hoy tiene un viñedo de 17 hectáreas en Neuquén y exporta sus vinos al mundo
Un sobre que recibió a miles de kilómetros de su casa le recordó el apellido de su abuelo inmigrante y cambió su vida para siempre. La historia de Enrique Rohde, el ejecutivo que se convirtió en vitivinicultor y que construyó su propia bodega en San Patricio del Chañar.
La estepa de la Patagonia tiene una forma muy particular de recibir a quien la visita. No necesita paisajes exuberantes ni grandes escenarios. Le alcanza con el viento. Después de una de las pocas lluvias que acontecen al año allí, San Patricio del Chañar mostró todos sus matices: el olor a tierra mojada, el silencio apenas roto por el canto de las aves y el sonido de las tijeras de poda avanzando entre las hileras de vides. Era un paisaje austero, pero lleno de vida.
En ese entorno, Enrique Rohde recibe a Río Negro Rural en la bodega Familia Aicardi. Está próximo a cumplir 80 años y pasa la mayor parte del año allí. Pero esa no fue siempre su vida. Durante décadas fue Rohde, el ejecutivo tecnológico que recorrió el mundo. Hoy es Aicardi, el vitivinicultor que encontró en la estepa patagónica el lugar donde cerrar una historia familiar que había quedado inconclusa más de un siglo atrás.
Aicardi, la “semilla” vitivinícola de Enrique Rohde
Mucho antes de que existiera Familia Aicardi, existía Aicardi. Ese era el apellido de su abuelo materno, un inmigrante italiano que llegó a la Argentina en 1894 desde Liguria con el sueño de reproducir aquí la pequeña tradición vitivinícola familiar. Lo intentó en Santa Fe, pero el clima y los suelos no acompañaron. El proyecto fracasó y terminó dedicándose al comercio e importando vinos.
La siguiente generación tomó otro rumbo. Enrique heredó el apellido paterno, Rohde, y también un destino muy distinto. Su padre lo orientó hacia la escuela industrial cuando él soñaba con ser maestro, como su madre. Se recibió de técnico electromecánico y luego estudió en la Universidad de Buenos Aires una carrera que, en aquellos años, se llamaba computador científico, antecedente de la ingeniería en sistemas.
Comenzó trabajando en automatización industrial y, casi sin proponérselo, fue escalando dentro de grandes multinacionales. Una empresa compraba a otra y él seguía creciendo. Vivió en Brasil, Estados Unidos, Suiza, Perú y Chile. Viajó más decenas de veces a Estados Unidos y terminó ocupando cargos directivos en ABB, una de las compañías tecnológicas más importantes del mundo.

Durante esos años nació otra pasión. El vino era parte de las reuniones entre ejecutivos, una herramienta para construir relaciones personales y profesionales. Aprender de vinos dejó de ser un pasatiempo para transformarse en una necesidad. Probó algunas de las etiquetas más prestigiosas del mundo y descubrió que detrás de cada botella había una historia, un territorio y una cultura.
Hasta entonces seguía siendo simplemente Rohde. Pero todo cambió en Perú. Un día recibió un sobre de bienvenida enviado por un banco. En el destinatario aparecía un apellido que prácticamente nunca había usado: Rohde Aicardi.
“Algo me faltaba”, recuerda haber sentido al leerlo. En ese instante, el apellido materno dejó de ser un dato administrativo para convertirse en una especie de llamado interior. La historia que había quedado inconclusa con su abuelo volvía a tocar la puerta.
Emprender a los 58 años es posible
Tenía 58 años cuando decidió empezar de nuevo. Mientras muchos imaginan esa etapa de la vida como el momento de bajar el ritmo, Rohde hizo exactamente lo contrario. La semilla que había despertado aquel sobre se encontró con décadas de conocimiento sobre vinos y con un sueño largamente postergado.
Junto a un joven amigo de su hijo, apasionado por la vitivinicultura, y con el apoyo de su esposa, creó la sociedad que daría origen a Familia Aicardi.
No sabía de viñedos. Sabía de vinos. La diferencia parecía menor, pero pronto descubriría que era enorme.

Tomó los ahorros de toda una vida en multinacionales y decidió invertirlos en un emprendimiento completamente nuevo. No era una inversión financiera. Era una apuesta personal.
Su historia desafía uno de los prejuicios más instalados sobre el emprendedurismo: que tiene una edad límite. En su caso, toda la experiencia acumulada durante cuatro décadas en tecnología, liderazgo y gestión fue el capital invisible que permitió construir un proyecto completamente distinto.
La estepa de la Patagonia, el lugar elegido para el viñedo
La Patagonia nunca fue una casualidad. Desde joven recorría la región como campamentista. Le gustaba la cordillera, pero también la estepa. Él la describe como un lugar donde hay que aprender un lenguaje diferente.
Cuando un empresario vinculado al petróleo le sugirió instalar su proyecto en San Patricio del Chañar, no dudó demasiado. Compró 20 hectáreas (17 hoy ocupadas por viñedos) dentro del principal polo vitivinícola de la Patagonia.
La estepa, dice Enrique, ofrece cerca de 300 días de viento al año. Además se caracteriza por la muy baja humedad y por los extremos térmicos tanto en verano como en invierno. Esa combinación obliga a la planta a desarrollar una piel más gruesa en la uva, donde se concentran buena parte de los compuestos que luego aportan color, aromas y estructura al vino.

Pero la naturaleza también exige respeto. Acostumbrado durante años a dirigir grandes equipos, tuvo que volver a hacer con sus propias manos. Aprender sobre poda, raíces, suelos, agua y tiempos biológicos fue mucho más difícil de lo que imaginaba.
Pasaron seis años hasta obtener uvas aptas para elaborar vino y quince para sentir que realmente había aprendido el lenguaje de la naturaleza.
El esfuerzo tuvo recompensa. Su primer vino fue un blend de Cabernet Sauvignon, Malbec y Merlot. Aún conserva botellas de aquella cosecha, de hace 12 años, prueba de que los vinos nacidos en la estepa también pueden tener una larga vida.
El «tecnólogo» al servicio de la vitivinicultura en Neuquén
Hoy Familia Aicardi combina 17 hectáreas de viñedos con una bodega propia construida hace apenas tres años, después de varios años elaborando sus vinos en instalaciones alquiladas.
Produce alrededor de 130.000 kilos de uva por año, aunque solo destina entre 60.000 y 70.000 kilos a elaborar sus propios vinos. El resto se comercializa. La producción anual ronda entre 40.000 y 45.000 botellas.
Es justamente en el manejo del viñedo donde vuelven a unirse Rohde y Aicardi. El vitivinicultor observa las plantas, interpreta su comportamiento y toma decisiones agronómicas. El tecnólogo instala sensores de humedad, una estación meteorológica y algoritmos que determinan el momento metabólico ideal para aplicar el riego por goteo. Ni una gota más ni una menos.

A eso suma análisis permanentes de suelo, fertirriego, fertilización foliar y un manejo extremadamente preciso de cada sector del viñedo.
La propia estepa hace el resto. El clima seco y ventoso prácticamente elimina la presión de enfermedades, por lo que no necesitan utilizar plaguicidas.
Su filosofía también es clara: los grandes vinos patagónicos deben elaborarse exclusivamente con uvas propias producidas en la región. La bodega emplea cuatro trabajadores permanentes y alrededor de veinte durante la cosecha, que continúa realizándose de forma manual.
La apuesta por los vinos patagónicos sigue
Lejos de pensar en retirarse, Enrique Rohde sigue planificando el futuro.
En noviembre comenzará una importante reconversión del viñedo. Parte del Malbec dejará lugar al Pinot Noir, convencido de que ese varietal tiene cada vez mayor proyección, tanto en la Patagonia como en los mercados internacionales.

Actualmente exporta aproximadamente la mitad de su producción a Brasil, Perú, Estados Unidos y Europa.
También proyecta ampliar las instalaciones de la bodega con un nuevo edificio destinado a las operaciones, una inversión necesaria para seguir creciendo.

Sabe que el vino, por sí solo, no alcanza. Cree que el verdadero potencial está en combinar producción, turismo y una fuerte presencia regional, sin abandonar nunca los mercados externos.
Mientras tanto, dos de sus seis hijos ya participan parcialmente del emprendimiento. El recambio generacional todavía está en construcción, igual que la propia bodega.
Quizás por eso Enrique ya no habla únicamente como Rohde, el hombre de la tecnología, ni solamente como Aicardi, el vitivinicultor. Después de décadas de recorrer el mundo y de empezar de nuevo cuando muchos piensan en jubilarse, ambos apellidos finalmente dejaron de competir. Hoy cuentan la misma historia.
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La estepa de la Patagonia tiene una forma muy particular de recibir a quien la visita. No necesita paisajes exuberantes ni grandes escenarios. Le alcanza con el viento. Después de una de las pocas lluvias que acontecen al año allí, San Patricio del Chañar mostró todos sus matices: el olor a tierra mojada, el silencio apenas roto por el canto de las aves y el sonido de las tijeras de poda avanzando entre las hileras de vides. Era un paisaje austero, pero lleno de vida.
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