El control biológico de plagas que redefine la fruticultura del Alto Valle

Las exigencias crecientes de los mercados consumidores de frutas respecto de la sanidad y la inocuidad de los productos, al mismo tiempo que se reduce el número de activos destinados al control de plagas, impulsa a abordar distintas estrategias entre las que se cuenta el uso de biocontroladores. Cómo trabajan los profesionales del INTA Alto Valle para el control de carpocapsa a través de enemigos naturales.

Por Miguel Vergara. Fotos: Juan Thomes. Video: Camila Bravo

Cría de biocontroladores en laboratorio para combatir la carpocapsa.

Por momentos, la ciencia parece avanzar en silencio. Pero en los laboratorios y montes frutales del Alto Valle, ese silencio se rompe con el zumbido casi imperceptible de una pequeña avispa que podría cambiar el rumbo de la producción regional. Detrás de ese trabajo está Liliana Cichón, técnica del INTA Alto Valle, quien desde hace años impulsa una estrategia que combina conocimiento, paciencia y una fuerte apuesta por la sustentabilidad.

“La problemática sanitaria de la fruta fresca se basa en varios pilares, pero sanidad e inocuidad son los dos básicos”, explica Liliana Cichón, con la claridad de quien lleva décadas observando el comportamiento de plagas y sistemas productivos.

En el Alto Valle, donde la fruticultura tiene un marcado perfil exportador, estos conceptos no son meras definiciones técnicas: son condiciones indispensables para competir en el mundo. La sanidad implica garantizar fruta libre de plagas, no solo por calidad comercial, sino también por exigencias internacionales. “Los mercados tienen requisitos cuarentenarios para evitar que insectos o enfermedades se dispersen hacia otros países”, detalla.

Por este motivo el Senasa define planes de trabajo o hace acuerdos de exportación con diferentes destinos, en donde se estipula que el país de origen no va a enviar fruta con plagas que puedan comprometer la sanidad de otros países que no las tengan.

Para tener esa sanidad que se pide en mercados externos hay que realizar aplicaciones en las chacras.

Liliana Cichón, ingeniera agrónoma, investigadora de INTA Alto Valle.


Pero a la par aparece el segundo desafío: la inocuidad. Cada tratamiento aplicado para controlar plagas debe cumplir estrictos límites de residuos. “El producto tiene que ser inocuo, es decir, que no le haga mal a la salud”, subraya.

En ese delicado equilibrio, la fruticultura moderna enfrenta un escenario cada vez más complejo.

Menos químicos, más desafíos



La tendencia global hacia sistemas más sustentables ha reducido significativamente la cantidad de productos disponibles para el control de plagas. “Cada vez hay un menor número de activos o productos para controlar las plagas”, señala Cichón.

Silvina Garrido, responsable de producción en el Centro Multiplicador de Biocontroladores (Cemubio).


Esta limitación trae consigo un riesgo concreto: la resistencia. Los insectos se adaptan a los pocos principios activos disponibles, debilitando la eficacia de los tratamientos. “El control se vuelve cada vez más deficiente, cosa que ya ha pasado en la región”, advierte.

Frente a este panorama, surgió la necesidad de buscar alternativas. Y allí comenzó a tomar forma una de las líneas de trabajo más innovadoras del INTA Alto Valle: el control biológico.

Un pequeño aliado: la avispa que combate la carpocapsa



La protagonista de esta historia es Goniozus legneri, una diminuta avispa nativa que actúa como enemiga natural de la carpocapsa, una de las plagas más críticas para la fruticultura regional.

Producción de biocontroladores en el laboratorio del INTA en Guerrico.


Este insecto tiene presencia desde el sur de Brasil hacia abajo en el mapa, por lo cual el hecho de ser nativo trae bastantes beneficios adicionales. “Este bichito ya estaba en la naturaleza, pero hacía un control de apenas entre un 5 y un 10% de carpocapsa”, explica Cichón. Ese nivel no era suficiente para un sistema productivo exigente, pero sí representaba una oportunidad.

El desafío fue entonces doble: desarrollar la tecnología para criar el insecto en laboratorio y diseñar un sistema eficiente de liberación en campo.

El camino no fue corto. “Lo descubrimos entre 2004 y 2005, pero el desarrollo tecnológico comenzó en 2012”, recuerda. Recién en 2018, con la creación del Cemubio (Centro Multiplicador de Biocontroladores), un sistema organizado de producción y liberación, se dio el salto hacia la implementación a escala.

De la investigación al campo



Hoy, el sistema ya se aplica en unas 250 hectáreas, principalmente en producción orgánica, aunque también con experiencias en manejo convencional.

Centro Multiplicador de Biocontroladores (Cemubio).


El método se basa en “liberaciones inundativas”: grandes cantidades de insectos que se introducen periódicamente en los montes. “Cada 15 días hacemos liberaciones y hemos visto una disminución notoria de la plaga”, afirma.

La implementación de Goniozus legneri en el campo es el primer paso pero no el último, ya que la idea es conseguir un “socio” que trabaje diferentes estados de la plaga carpocapsa.

Esta avispa trabaja solo en la larva de quinto estadío adentro del fruto. “Ahora estamos trabajando en otro que se llama trichogramma que es un parasitoide de huevos”, explicó Liliana Cichón a Río Negro Rural.

“La problemática sanitaria de la fruta fresca se basa en varios pilares, pero sanidad e inocuidad son los dos básicos”.

Liliana Cichón, investigadora de INTA Alto Valle.

“De esa manera ya tendríamos cubierto el combate para esta plaga, pero la idea es trabajar para otros insectos, nos enfocamos en carpocapsa primero porque creemos que es el punto crítico”, comentó la profesional del INTA.

Reafirmó la idea de comenzar a trabajar para combatir esta plaga cuarentenaria en primer término, por la importancia que tiene el mercado brasileño que representa el 30% de las exportaciones de peras y manzanas del Alto Valle.

Puertas adentro del Cemubio la tarea es incesante, producir para ayudar a la calidad e inocuidad de la fruta.


El funcionamiento de Goniozus legneri es tan fascinante como eficaz. Las avispas son liberadas listas para actuar: “Las hembras salen con las ovariolas maduras, entonces se liberan y enseguida buscan la larva dentro del fruto”. Incluso en sistemas convencionales, donde se utilizan agroquímicos, el control biológico encuentra su lugar. “Hay que coordinar los tiempos, pero no hay una contraposición de intereses”, aclara.

Ciencia que se construye en red



El desarrollo no se limita al laboratorio ni al monte. El proyecto articula con universidades, otras estaciones experimentales y organismos de investigación, tanto a nivel nacional como internacional.

Se han realizado experiencias en distintos cultivos y regiones, desde nogales hasta invernaderos con tomate. Incluso el sistema ha cruzado fronteras: “Estamos exportando en el marco de un proyecto internacional de validación de bioinsumos”, comenta.

En Uruguay, por ejemplo, se evalúa su eficacia contra la grafolita, una plaga similar a la carpocapsa.

Tecnología regional, impacto global



Uno de los aspectos más destacados del proyecto es su fuerte anclaje territorial. La tecnología utilizada para la cría y manejo de insectos fue desarrollada en la región. “Todo se hace con gente y materiales de acá”, destaca Cichón. Sin embargo, no oculta la complejidad del proceso: “Automatizar esto es muy difícil porque estamos trabajando con organismos vivos”.

Aun así, el objetivo es claro: escalar la producción. La idea es replicar el modelo en distintas zonas del país mediante módulos adaptados a cada realidad productiva.

Más allá de la carpocapsa



El trabajo no se detiene en una sola plaga. El equipo ya investiga nuevas líneas, como parasitoides de huevos, hongos y nemátodos entomopatógenos. “Este es el inicio, no el final”, afirma Cichón.

También se estudian otras problemáticas emergentes, como los curculiónidos, insectos que afectan granos y pueden impactar indirectamente en la calidad de la fruta.

Liliana Cichón, ingeniera agrónoma. INTA Alto Valle.


En este entramado, las barreras sanitarias siguen siendo fundamentales. “Gracias a ellas somos libres de mosca de la fruta”, remarca.

En un contexto de cambio climático, donde los inviernos son cada vez más suaves, el riesgo de ingreso de nuevas plagas aumenta. “Si entra la mosca de la fruta, podríamos tener problemas serios”, advierte.

Una mirada hacia el futuro



El trabajo de Liliana Cichón y su equipo refleja una transición profunda en la manera de producir alimentos. Menos dependencia de químicos, más conocimiento del ecosistema y una integración creciente entre ciencia y producción. “Queremos que estos módulos se puedan replicar en distintos lugares del país”, resume.

En el fondo, la propuesta es simple y revolucionaria a la vez: dejar que la naturaleza sea parte de la solución. Y en ese camino, una pequeña avispa se convierte en símbolo de un cambio mayor: el de una fruticultura que busca ser más sustentable, más inteligente y, sobre todo, más preparada para los desafíos del futuro.


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