La ganadería que degrada y la que regenera: no es el clima, es el manejo

Ni la sequía ni la carga explican por sí solas la desertificación. El modo en que se gestiona la ganadería extensiva en pastoreo directo —cómo, cuándo y cuánto se pastorea— es lo que define el rumbo de la regeneración.

Por Federico Boggio*

No es solo cuánto ganado hay, sino cómo, cuándo y por cuánto tiempo pastorea. Foto: archivo Andrés Maripe.

La desertificación no empieza en el campo, empieza en las decisiones.

Durante décadas, la desertificación en la Patagonia fue explicada como una consecuencia inevitable del clima, de la aridez o, en todo caso, de un exceso de carga animal. Bajo esa mirada, el problema parecía estar “afuera”: en las lluvias que no llegan, en los años secos, en la presión ganadera medida en números. Y, en consecuencia, las soluciones también se buscaron allí: bajar la carga, esperar mejores condiciones o intervenir sobre los síntomas visibles.

Sin embargo, hay algo que no termina de cerrar. Aun en condiciones similares de clima y suelo, hay campos que se degradan y otros que mejoran. Establecimientos que pierden cobertura vegetal año tras año conviven con otros que la recuperan. La diferencia no está en el ambiente. Está en cómo se gestiona a partir de comprender en profundidad su funcionamiento natural.

La desertificación no es un evento, es un proceso. Y, como todo proceso, tiene una lógica. Esa lógica no se explica solamente por la cantidad de hacienda en un campo, sino por algo mucho más determinante: el patrón de uso del pastizal.

En términos simples, no es solo cuánto ganado hay, sino cómo, cuándo y por cuánto tiempo pastorea. Cada vez que el ganado entra a un potrero define cuatro cosas:

  1. La frecuencia con la que vuelve a pastorear una planta
  2. La intensidad con la que consume el forraje producido.
  3. La duración del pastoreo.
  4. El momento del año en que ocurre el pastoreo.

La combinación de esas variables es lo que termina determinando si el sistema se regenera o se degrada.

El punto crítico está en la estación de crecimiento. Cuando una planta rebrota, necesita tiempo para recuperar reservas, desarrollar hojas y completar su ciclo. Si ese rebrote es consumido una y otra vez, antes de que la planta se recupere, el sistema empieza a perder vigor. Disminuye la cobertura, se reduce la infiltración de agua, aumenta la evaporación y se debilita la capacidad del suelo para sostener vida. Lo que sigue es conocido: menos pasto, más suelo desnudo, mayor vulnerabilidad.

No es solo cuánto ganado hay, sino cómo, cuándo y por cuánto tiempo pastorea.

Federico Boggio, director HALKIS Consultores.

Esto no implica asumir que todos los sistemas puedan regresar a su condición original. En ambientes áridos como la Patagonia, muchos estados degradados pueden ser estables. El desafío no es volver atrás, sino recuperar funcionalidad ecológica dentro de los límites del sistema.

Este proceso no ocurre de un día para otro. Es el resultado de decisiones repetidas en el tiempo. Decisiones que, muchas veces, se toman con la mejor intención, pero dentro de un marco que no permite ver el problema completo.

Ahí aparece un error frecuente: reducir la discusión a la carga animal. Ajustar la cantidad de hacienda puede ser necesario en algunos casos, pero no alcanza. Se puede tener baja carga y, sin embargo, sostener un patrón de pastoreo que degrada el sistema. Del mismo modo, es posible manejar niveles de carga relativamente altos sin generar deterioro si el uso del pastizal respeta los tiempos de recuperación.

Esto cambia completamente el enfoque. La desertificación deja de ser un problema de números y pasa a ser un problema de decisiones.

Decisiones sobre cómo organizar el rodeo, cuántos lotes manejar, cómo distribuir el tiempo en cada potrero, cuándo entrar y cuándo salir. Decisiones que no se resuelven con una receta fija, porque dependen del ambiente, del año climático y de los objetivos de cada establecimiento.

Otro enfoque: la desertificación deja de ser un problema de números y pasa a ser un problema de decisiones. Foto: archivo Andrés Maripe.

El manejo ha sido un factor determinante, pero no el único. La variabilidad climática y la historia de uso condicionan fuertemente las trayectorias posibles de cada sistema.

Por eso, las soluciones basadas en prácticas aisladas suelen fallar. Incorporar una técnica puntual —sea un tipo de rotación, un ajuste de carga o una intervención sobre la vegetación— no garantiza resultados si no cambia la lógica que las articula. El sistema responde al conjunto, no a la suma de partes desconectadas.

En el fondo, lo que está en juego es el marco desde el cual se toman las decisiones. Durante mucho tiempo, la ganadería extensiva se organizó bajo una lógica relativamente rígida: estructuras fijas, movimientos predecibles, respuestas reactivas frente a las condiciones. Ese esquema funcionó mientras los sistemas tenían margen. Pero en ambientes frágiles, ese margen se achica.

Cuando eso ocurre, lo técnico deja de ser suficiente. Aparece la necesidad de revisar la forma de mirar el sistema. Entender que el pastizal no es un recurso estático, sino un organismo dinámico. Que el ganado no es solo un consumidor, sino también una herramienta que puede acelerar o revertir procesos. Y que cada decisión de manejo deja una huella que se acumula en el tiempo.

Sin recuperación de procesos del suelo —infiltración, cobertura y ciclado de materia orgánica— cualquier mejora en la vegetación es necesariamente transitoria.

Federico Boggio, director HALKIS Consultores.

Este cambio no es menor. Implica pasar de aplicar prácticas a gestionar procesos; de reaccionar a anticipar; de manejar por costumbre a manejar con criterio.

También implica aceptar algo incómodo: que no hay soluciones universales. No existen valores óptimos de descanso, de carga o de rotación que puedan copiarse de un campo a otro. Lo que sí existe es la posibilidad de mejorar la calidad de las decisiones, ajustándolas continuamente a partir de la observación y el aprendizaje.

El enfoque regenerativo no es una solución universal, sino una forma de leer y manejar sistemas complejos bajo condiciones variables.

En ese sentido, la desertificación no es solo un problema productivo o ambiental. Es, sobre todo, un problema de enfoque. Un enfoque que no solo afecta la condición del pastizal, sino también la estabilidad productiva y la viabilidad de los sistemas en el tiempo.

Sin recuperación de procesos del suelo —infiltración, cobertura y ciclado de materia orgánica— cualquier mejora en la vegetación es necesariamente transitoria.

Y ahí está, también, la oportunidad.

Si el deterioro es consecuencia de decisiones acumuladas, la regeneración puede comenzar exactamente en el mismo lugar: cambiando la forma de decidir. No a partir de una técnica milagrosa, sino de una nueva manera de entender el sistema y de interactuar con él.

Pero cambiar la forma de decidir no es un enunciado. Es un proceso. Implica pasar de reaccionar a anticipar, de aplicar recetas a construir criterio, de mirar resultados a interpretar procesos.

Ese es el verdadero punto de inflexión.

Porque el campo no cambia solo. Cambia cuando cambian las decisiones que se toman sobre él. Y entender cómo se construyen esas decisiones —y por qué muchas veces llevan a resultados opuestos a los buscados— es el paso siguiente.

(*) Ingeniero Agrónomo Federico Boggio.
Director HALKIS Consultores.
Email: federicoboggio@halkis.com.ar


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