Llegó de Italia a los 9 años y lleva más de 70 dedicados a la producción de peras y manzanas en la Patagonia
Graciano Della Pittima vino a la Argentina junto a su familia escapando de la Segunda Guerra Mundial. Luego de unos años de vivir en Buenos Aires y luego en La Plata, un viaje de su padre a Río Negro fue suficiente para que armen las valijas y definan un destino ligado a la producción en la zona de Chichinales e Ingeniero Huergo.
En una chacra de Chichinales donde cada árbol parece tener historia propia, donde el trabajo manual todavía convive con la experiencia acumulada durante décadas, la figura de Graciano Della Pittima se recorta con una claridad difícil de encontrar en estos tiempos.
A sus 85 años, con más de siete décadas dedicadas a la fruticultura, su relato no es solo el de un productor: es el de una vida atravesada por el esfuerzo, la inmigración, la familia y una forma de entender el trabajo que hoy parece de otra época.
“Arranqué a los 13 años, hoy tengo 85, tengo más de 70 años de trabajo”, dice a Río Negro Rural con la serenidad de quien no necesita exagerar nada. Y en esa frase, simple pero contundente, se resume una trayectoria construida paso a paso, sin atajos, con una coherencia que se sostiene hasta el presente.
La decisión de emigrar de Italia a Argentina
La historia de Graciano comienza en Italia, en una Europa marcada por las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial. “Mi padre estuvo cinco años en la guerra, cuando volvió prácticamente no me conocía”, recuerda. Esa experiencia bélica fue determinante para tomar la decisión de emigrar en busca de un futuro distinto. Y el lugar elegido fue Argentina, una decisión potenciada porque aquí ya habían experiencias familiares que hablaban de una buena tierra para echar raíces y trabajar.

“Yo soy italiano, pero me siento más argentino que italiano. Esta es mi tierra”, afirma, dejando en claro un sentido de pertenencia construido con los años.
El primer destino fue Buenos Aires, luego La Plata, donde su padre encontró trabajo en un horno de ladrillos. “Volvía con la cara negra del humo, era un trabajo durísimo”, cuenta. Aquella etapa fue breve pero intensa, y dejó una enseñanza que marcaría a toda la familia: no había lugar para la queja, solo para el trabajo.
“Al lado de mi padre aprendí la cultura del trabajo y la honestidad. La palabra era todo”.
Graciano Della Pittima, productor frutícola en Chichinales, Río Negro.
En 1951, un viaje exploratorio cambiaría el rumbo. “Mi papá vino al Valle a conocer, y cuando volvió dijo: nos vamos. Le había gustado demasiado este lugar”. Así llegaron a Río Negro, sin experiencia en fruticultura pero con una voluntad inquebrantable de forjar un futuro próspero.
“Al lado de mi padre aprendí la cultura del trabajo y la honestidad. La palabra era todo”, resume el productor a Río Negro Rural.
Graciano no tuvo transición entre la niñez y el trabajo. “Terminé la primaria y me puse a trabajar a la par de mi padre”, dice orgulloso. Las tareas que realizaban eran múltiples: poda, raleo, cosecha, acarreo. Todo manual, todo exigente.
“Podábamos con escaleras de 12 escalones, en invierno, con frío. No había la ropa que hay hoy”, recuerda con nostalgia. Las jornadas eran largas, pero también formativas.
Una gran capacidad de trabajo
Esa etapa también lo mostró inquieto, siempre buscando generar más. “Trabajé de podador, de embalador, hasta manejaba un camioncito a los 15 años”. Su capacidad de trabajo era tal que logró cifras que hoy suenan difíciles de imaginar. “Hice 20 mil cajones en una cosecha”, afirma.
Pero más allá del volumen, lo que se estaba construyendo era una mentalidad: la de alguien que entendía que el progreso dependía del esfuerzo diario y que lo ponía en práctica sin titubeos.
El paso de peón a productor no fue sencillo. “Con unos ahorros compramos una chacra pero estaba toda despareja, sin nivelar. Era un problema en aquella época”, recuerda.
“Trabajé de podador, de embalador, hasta manejaba un camioncito a los 15 años”.
Graciano Della Pittima, productor frutícola en Chichinales, Río Negro.
Lejos de desanimarse, tomó decisiones clave. “Vendí una parte para poder emparejar el resto. Y me puse a trabajar como loco”, dice. Durante varios años combinó el trabajo en su chacra con otras actividades para terceros: embalaje, poda, fletes. “No paraba nunca, trabajaba de día y de noche”, sintetiza.
Ese esfuerzo sostenido empezó a dar resultados. Pero hubo momentos donde la intuición también jugó su parte. Uno de los más recordados fue una helada que afectó a toda la región. “Esa noche me levanté y fui a regar un cuadro… lo inundé, y se salvó”, cuenta. Mientras la producción de otros se perdía, ese lote resistió. “Era la única fruta que había en la zona, ese año me saqué la lotería”, recuerda con precisión.
Sin embargo, lejos de cambiar su estilo de vida, redobló su apuesta al trabajo. “Compré herramientas, un tractor, invertí todo en la chacra”, explica Graciano sobre su forma de pensar y preparar cada temporada, siempre pensando a futuro.
Cero crédito y reinvertir toda la ganancia
Si hay algo que distingue la trayectoria de Graciano es su rechazo al endeudamiento. “Nunca tomé crédito”, dice con firmeza, convencido que esa fue otra decisión muy importante para su economía productiva.
Su lógica fue siempre la misma: reinvertir en los años buenos para poder resistir los malos. “Cuando venía un buen año, no gastaba en otra cosa. Compraba materiales, mejoraba la chacra”, detalla.
Ese manejo prudente le permitió atravesar décadas de vaivenes. “Antes era un año bueno, dos regulares y dos malos. Había que saber aguantar”, dice.
El concepto de orden aparece una y otra vez en su relato. “Hay que ser muy ordenado. Yo llego a la cosecha con todo pago”, subraya. Para él, esa es la única forma de sostenerse en una actividad tan variable.
“Hago 200 kilómetros por día, voy de una chacra a otra, siempre hay que ocuparse para que todo esté bien en la temporada”.
Graciano Della Pittima, productor frutícola en Chichinales, Río Negro.
Con el paso del tiempo, la pequeña explotación inicial se transformó en un establecimiento consolidado. Hoy maneja 45 hectáreas en producción, con infraestructura propia.
“Empecé con un tinglado, después fui cerrando y comprando máquinas. Hoy tengo todo armado”, cuenta. La capacidad de empaque es una muestra de ese crecimiento. “Podemos hacer mil bultos por día en temporada”, explica sobre su trabajo en el galpón.
Pero más allá de los números, lo que se percibe en cada recuerdo es una construcción paciente, donde cada avance fue el resultado de años de trabajo, siempre con la impronta que le inculcó su padre. “Todo lo hice trabajando. No heredé nada”, remarca en su relato.
Recorre sus chacras todos los días en plena temporada
Incluso hoy, a sus 85 años, sigue activo y con una vitalidad envidiable. “Hago 200 kilómetros por día, voy de una chacra a otra, siempre hay que ocuparse para que todo esté bien en la temporada”, dice sobre su rutina de trabajo.
La vida personal también tuvo momentos duros. La pérdida de su primera esposa marcó un antes y un después. “Fue un golpe muy grande”, reconoce. Hoy comparte su vida con una nueva compañera, atravesando juntos una situación compleja de salud. “Hace diez meses que está en tratamiento, y gracias a Dios lo podemos llevar”, cuenta.
En ese contexto, el trabajo vuelve a aparecer como sostén: “El trabajo es una bendición. Me mantiene ocupado, me da fuerza”.
“El trabajo es una bendición. Me mantiene ocupado, me da fuerza”.
Graciano Della Pittima, productor frutícola en Chichinales, Río Negro.
Sus hijos y nietos forman parte de su presente. Algunos vinculados a la actividad, otros con caminos distintos. “Yo no obligo a nadie. Si quieren seguir, bien, si no que hagan su vida”, expresa.
Sin embargo, mantiene la ilusión de continuidad. “Si alguno tiene ganas, yo le enseño todo”, agrega.
Su nieto Felipe ya convive con el trabajo en la chacra
El que parece estar en sintonía es Felipe, su nieto de 28 años que esta temporada llegó desde La Plata para aportar su granito de arena y comenzar a empaparse de lo que significa ser un productor frutícola. A Felipe se lo ve contento y con ganas de aprender, y eso a Graciano lo llena de orgullo. Ve en la figura de ese joven la continuidad de sus ideales, de su manera de trabajar y de que la empresa siga en pie, como se merece después de varias décadas de trabajo ininterrumpido.
También participa esta temporada su hija Alejandra, que ya lleva cuatro años ayudando en el galpón y en todo lo que haga falta para que la producción continúe adelante.
Con la autoridad que le da su trayectoria, Graciano también analiza la actualidad de la fruticultura. Y lo hace sin rodeos. “Hoy es más difícil, los costos son altos y los precios no siempre acompañan”, señala. Sin embargo, insiste en que hay herramientas para sostenerse.
“El problema es cuando no hay orden, hay que saber administrar”, advierte. También observa cambios culturales. “Antes se trabajaba distinto, había más sacrificio”, contempla sin ánimo de crítica, pero marcando una diferencia generacional que atraviesa no solo al ámbito frutícola.
Una historia productiva sustentada en valores
Si hay algo que define a Graciano Della Pittima no es solo su historia productiva, sino los valores que la sostienen. Trabajo, honestidad, austeridad, compromiso.
“Para mí la palabra vale más que un contrato”, repite, como una síntesis de su forma de vida. Esa coherencia se refleja en cada etapa de su recorrido, desde aquel niño que llegó de Italia sin saber lo que le esperaba, hasta el productor consolidado que hoy sigue recorriendo sus chacras.
“Estoy enamorado de la fruticultura”, dice sin titubeos. Y en esa frase hay algo más que una definición: hay una elección de vida.
En tiempos donde la incertidumbre atraviesa al sector, historias como la de Graciano funcionan como ancla. No por nostalgia, sino por lo que enseñan: que el crecimiento es posible, pero lleva tiempo, y que aun en los momentos difíciles hay valores que no se negocian, como la palabra empeñada.
Porque en cada hectárea trabajada, en cada decisión tomada, en cada sacrificio asumido, hay una vida entera construida en base a un objetivo prefijado. Y tanto para él, como para muchos que se dedican a la producción de frutas esa es la mejor cosecha de todas.
Comentarios