Recuperaron un antiguo cultivo en una chacra abandonada de la Patagonia y hoy transforman su cosecha en vinos de alta gama
Con cerca de 50.000 vides distribuidas en 10 hectáreas, el proyecto "Pujante" se encuentra entre Allen y Guerrico y reúne una producción cuidada, con cuatro etiquetas elaboradas a partir de distintas selecciones varietales de uva. ¿El objetivo? Demostrar el potencial de la vitivinicultura del Alto Valle de Río Negro.
“No venimos del vino, elegimos el vino”, afirmó Ignacio Pujante, productor del Alto Valle, para resumir el espíritu de un proyecto que tardó más de siete años en convertirse en realidad. Detrás de cada botella hay una historia de paciencia, de una chacra recuperada y de una búsqueda obsesiva por expresar las características del Alto Valle de Río Negro antes que seguir las modas del mercado.
La historia comenzó entre 2018 y 2019, cuando Ignacio Pujante, abogado nacido en Neuquén, y su esposa Anabella Razetto, también abogada y oriunda de Buenos Aires, decidieron transformar una idea que hacía tiempo rondaba en la familia en un emprendimiento vitivinícola de alta gama.
Para concretarlo convocaron un equipo integrado por los ingenieros agrónomos Marcelo Canatella y Fernando Enfarrell, el enólogo Mario Lascano, el encargado de chacra Miguel y la responsable de bodega Soledad, quienes los acompañan en las distintas etapas del proyecto. Junto a ellos iniciaron la búsqueda del lugar indicado.

Fue entre Allen y Guerrico donde encontraron la tierra que buscaban: una chacra de 10 hectáreas completamente abandonada, que décadas antes había albergado un antiguo viñedo. Luego llegaron las manzanas y las peras.
La chacra de la Patagonia donde la vid volvió a crecer después de 100 años
“Recorriendo la chacra todavía aparecían algunas plantas de vid que seguían brotando”, recordó Ignacio en diálogo con Río Negro Rural. Aquellas señales del pasado reforzaron la decisión de recuperar el lugar, aunque primero hubo que desmontar, reconstruir el sistema de riego y preparar nuevamente el suelo.
Cada decisión fue pensada desde el inicio. No solo eligieron plantar Malbec, Pinot Noir y Cabernet Franc, sino también distintas selecciones clonales de cada variedad para implantarlas según las características de cada parcela.
“El vino está pensado desde su diseño para una producción limitada y de alta calidad”, explicó. Esa estrategia permite elaborar cada sector por separado y, al momento de los cortes, disponer de una amplia paleta de perfiles para construir el vino final con mayor complejidad.
“Lo que imaginamos allá por 2018, 2019, recién hoy puede apreciarse dentro de una botella”,
Ignacio Pujante, producto del Alto Valle.
Las primeras plantas comenzaron a implantarse en 2022 y la totalidad de las 10 hectáreas quedó completada en etapas. Recién en 2025 llegó la primera cosecha y ahora, durante julio, saldrán al mercado las primeras botellas.
La filosofía detrás de un vino de la Patagonia que prioriza la calidad antes que el volumen
La primera cosecha dará origen a unas 4.500 botellas distribuidas en cuatro etiquetas y dos líneas comerciales: Arrayán y Gran Arrayán. Para la vendimia siguiente ya esperan alcanzar unas 10.000 botellas, aunque el objetivo final está lejos del máximo potencial del viñedo.
Con cerca de 50.000 plantas implantadas, el establecimiento podría producir alrededor de 80.000 botellas por año. Sin embargo, el plan es muy diferente. “No nos apura el volumen ni la necesidad de vender más; queremos lograr vinos que expresen el potencial que sabemos que tiene esta región”, afirmó Ignacio. Por eso proyectan estabilizar la producción entre 15.000 y 20.000 botellas anuales.
En números
- 50.000 vides
- es el total que plantaron en 10 hectáreas de chacra.
La filosofía también se refleja durante la elaboración. Todos los vinos pasan parcialmente por barricas nuevas de roble francés, aunque la cantidad de madera utilizada cambia según cada etiqueta y cada cosecha. “La elaboración busca expresar lo que da el lugar, sin seguir la moda del momento”, sostiene el productor.
El Alto Valle, el gran protagonista que quieren llevar a cada botella
Más que destacar únicamente el trabajo dentro de la bodega, Pujante pone el foco en el territorio. Para él, las principales virtudes de sus vinos nacen del clima y de las condiciones naturales del Alto Valle.
La importante amplitud térmica entre el día y la noche, el clima árido, el viento constante y la excelente sanidad del viñedo permiten obtener uvas con una frescura muy buscada y una notable concentración.
“Eso termina notándose en el vino”, explicó y agregó: “Son vinos frescos, con muy buena concentración y con características propias del Alto Valle que nosotros buscamos expresar”.
La identidad también aparece en el nombre elegido para la marca: Arrayán, inspirado en el árbol típico de los bosques andino-patagónicos cuya madera permanece naturalmente fresca. Esa sensación fue tomada como símbolo de una cualidad que consideran distintiva de los vinos de la región.
Aunque ninguno de los integrantes de la familia proviene del mundo vitivinícola, la decisión fue completamente consciente. “Elegimos todo el proceso, desde trabajar la planta hasta compartir una botella. Sin esa pasión sería muy difícil sostener una actividad que requiere tantos años de trabajo y tanta paciencia”.
Actualmente elaboran en instalaciones de terceros utilizando equipamiento propio y protocolos diseñados por el equipo técnico, mientras avanzan con un objetivo mayor: construir una bodega dentro de la chacra para elaborar allí mismo y recibir visitantes.
“Esperamos tener una bodega propia para que quienes quieran acercarse puedan conocer el viñedo y degustar los vinos en el lugar donde nacen».
Ignacio Pujante, vitivinicultor del Alto Valle.
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