Un Ford 38 cargado con 100 cajones de fruta dio inicio a un legado productivo que ya superó el centenario en el Alto Valle

En Chichinales, Nelson Rossi completó a pulmón el circuito en la producción de peras y manzanas que inició su abuelo en la década del 20. Hoy la materia prima sale de una chacra propia de 10 hectáreas y la compra a terceros, a lo que sumó el acondicionamiento en su galpón y la conservación en las cámaras de frío. Junto a su sobrino Martín Rossi lograron una conjunción productiva que los mantiene fortalecidos en el mercado.

Frutas Libra, producida y envasada en la localidad de Chichinales.

En la zona productiva frutícola de Villa Regina y Chichinales hay historias que agrupan generaciones de trabajo, adaptación a entornos cambiantes y decisiones tomadas muchas veces en contextos inciertos. La de Nelson Rossi es una de ellas: un recorrido que comienza con su abuelo en la década del ’20 y que hoy encuentra continuidad en un modelo que integra producción, empaque, frío y comercialización.

“Mi abuelo llegó a la zona en el año 1924 y arrancó con cuatro hectáreas”, cuenta Nelson a Río Negro Rural. “Empezó llevando fruta en un Ford ‘38, cargaba más de cien cajones y salía a vender a Provincia de Buenos Aires (Tres Lomas y 30 de Agosto) y La Pampa”.

El método de venta era pararse en una plaza con los cajones y la balanza a esperar que los clientes se acerquen a buscar sus bolsas con frutas del Alto Valle. Eran otros tiempos, pero el espíritu era el mismo: producir y encontrar la forma de colocar la fruta en el mercado al mejor precio posible. Aquella primera chacra, ubicada en la colonia de Regina, fue el punto de partida de una actividad que se fue transformando con el paso de las décadas.

Una nueva generación



La actividad frutícola creció de la mano de nuevos integrantes de la familia. El padre de Nelson empezó el camino, primero junto a su hermano Bruno y luego, tras la separación en los años ’80, desarrollando su propio esquema productivo. “Trabajaron juntos hasta el ’84 y después se separaron. Ahí mi papá se vino para la zona de Chichinales y empezamos con el galpón”, recuerda el productor.

Nelson Rossi, productor / empacador frutícola en Chichinales.


Ese galpón, que comenzó como una estructura básica, fue evolucionando con el tiempo. En los años ’90 se amplió, incorporó maquinaria y mejoró su capacidad operativa. Sin embargo, el crecimiento nunca fue desmedido. “Hoy procesamos entre 600 y 700 bultos por día, pero nunca quisimos agrandar demasiado. A veces crecer también se vuelve más complicado de manejar”, reflexiona sobre una realidad de las pymes.

“Hoy procesamos entre 600 y 700 bultos por día, pero nunca quisimos agrandar demasiado. A veces crecer también se vuelve más complicado de manejar”.

Nelson Rossi, productor frutícola. Frutas Libra.

La decisión de mantenerse en una escala manejable no es casual. Responde, en gran medida, a un contexto económico que muchas veces desalienta la expansión. “Hasta que tomar un empleado y crecer no deje de ser una aventura, va a ser difícil que esto se expanda”, sostiene Rossi. “Las pequeñas empresas lo piensan muchas veces antes de sumar personal, incluso teniendo trabajo”.

Ese equilibrio entre crecer y sostener lo construido es una constante en su relato. Una toma de decisiones permanente que atraviesa a buena parte de los productores medianos del Alto Valle.

Producir no alcanza: la apuesta por la comercialización



Con el paso del tiempo, Rossi fue tomando una decisión clave: no quedarse únicamente en la producción. Actualmente trabaja unas 10 hectáreas, con manzanas (principalmente) y peras, alcanzando un volumen cercano a los 400.000 kilos por temporada. Sin embargo, reconoce que ese nivel productivo por sí solo no asegura la sustentabilidad.

Galpón de empaque de Frutas Libra en Chichinales.


Si tengo que vivir solo de la chacra, es muy difícil. Yo me dediqué más a la comercialización”, afirma.

La estrategia fue clara: complementar la producción propia con compra de fruta a terceros y fortalecer la presencia en el mercado. Un esquema que le permitió sostener el negocio en un contexto cada vez más exigente.

El punto de inflexión en su desarrollo llegó en un momento inesperado. En plena pandemia, cuando la incertidumbre dominaba todos los ámbitos, Rossi decidió avanzar con un proyecto que durante años había considerado inalcanzable: construir su propio frigorífico. “Era un sueño que ya lo veía imposible, pero se terminó dando”, recuerda.

“Si tengo que vivir solo de la chacra, es muy difícil. Yo me dediqué más a la comercialización”.

Nelson Rossi, productor frutícola. Frutas Libra.

La historia tiene algo de intuición, algo de oportunidad y mucho de decisión. Materiales comprados de a poco, ahorros acumulados y un contexto particular en los precios le dieron el empujón necesario. “Tenía adobones, algo de hierro, y el dólar en ese momento me rendía mucho más. Con poco hice mucho”, resume. “Un día me dijeron ‘anímese y empiece’, y eso fue clave”.

En un año logró levantar la estructura inicial: cámaras, sala de máquinas y pasillos. Luego, en 2022, amplió la capacidad hasta llegar a cuatro cámaras. Hoy, el frigorífico tiene capacidad para unos 60.000 cajones y se convirtió en una herramienta central en su esquema productivo.

Cerrar el circuito: la diferencia clave



La incorporación del frío cambió completamente la lógica de trabajo. “Tener el galpón y el frigorífico te cierra el circuito. Eso hace la diferencia entre seguir o quedar afuera”, asegura.

Granny Smith lista para la comercialización.


El sistema le permite manejar los tiempos de comercialización, planificar mejor las ventas y sostener presencia en el mercado durante más meses. Pero también implica mayores responsabilidades. “Es mucho más sacrificado, porque no es solo producir. Tenés que encargarte de todo el proceso, del personal, de los detalles”, reconoce Rossi.

“Tener el galpón y el frigorífico te cierra el circuito. Eso hace la diferencia entre seguir o quedar afuera”.

Nelson Rossi, productor frutícola. Frutas Libra.

El funcionamiento del esquema no es individual. Este productor trabaja con otros productores de la zona, muchos de ellos pequeños, con quienes mantiene vínculos de larga data. “La mayoría son productores chicos y nos conocemos de hace años. Hay mucha confianza para trabajar”, destaca.

Ese entramado permite sumar volumen, sostener el funcionamiento del galpón y consolidar una dinámica colaborativa en un contexto complejo.

Una temporada difícil, pero con expectativas



La campaña actual no estuvo exenta de dificultades. El granizo afectó tanto sus chacras como las de los productores con los que trabaja, generando un incremento en el descarte. “Tuvimos daños en prácticamente todos los lotes. Va a ser un año difícil”, advierte. Los números son elocuentes: pérdidas en planta y descartes posteriores que pueden superar el 50% del volumen inicial.

Fruta en el frío esperando su turno para ser procesada.


Sin embargo, hay un factor que puede equilibrar la balanza. “Los precios no son malos. Si se sostienen, podemos compensar parte de la pérdida de kilos”, señala.

El negocio frutícola, explica Rossi, se mueve en un delicado equilibrio. Depende del clima, del mercado, del consumo y de los costos, especialmente en lo que respecta a energía y conservación. “Dependemos de que no se caigan los precios y de cómo reaccione el mercado”, resume.

“Los precios no son malos. Si se sostienen, podemos compensar parte de la pérdida de kilos”.

Nelson Rossi, productor frutícola. Frutas Libra.

Aun así, la estrategia es clara: mantenerse activos la mayor parte del año. “Tratamos de permanecer en los mercados todo el tiempo posible. Si hace falta, compramos fruta para sostener la presencia”.

La historia no se detiene en el presente. Como en sus inicios, la familia sigue siendo parte central del proyecto. Su hijo, egresado de una escuela agraria de la región, actualmente estudia administración agropecuaria, con la mirada puesta en el futuro del emprendimiento. “Le gusta esto y eso es importante. Se está formando para seguir”, cuenta Rossi.

En un sector donde la continuidad generacional no siempre está asegurada, ese dato no es menor.

Una historia que se sigue escribiendo



Desde aquel Ford cargado de cajones hasta un sistema integrado con frigorífico propio, la trayectoria de Nelson Rossi refleja la evolución de la fruticultura en el Alto Valle. Pero también muestra algo más: la capacidad de adaptarse, de reinventarse y de seguir apostando.

“Esto es así, hay que ir viendo y acomodándose todo el tiempo”, dice Nelson, donde resume una lógica que atraviesa a toda la actividad. Una forma de producir marcada por la incertidumbre, pero también por la persistencia de quienes a través de las generaciones siguen haciendo del campo su lugar en el mundo.

“Doy gracias a Dios por haberme sostenido hasta acá. El Señor bendiga a toda la familia frutícola”, finalizó Rossi.


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