Viajó desde Buenos Aires para picar maíz en la Patagonia y se llevó una sorpresa total: “Nunca me imaginé”
Manuel Picado es oriundo de Torquinst. Tras dejar su actividad en pausa durante unos años, en 2026 retomó la prestación del servicio de cortapicado. Lo hizo en el Valle Inferior del río Negro, una región que había conocido en 2013. El panorama que encontró 13 años después lo descolocó gratamente.
Arriba de la cabina de una máquina de cortapicado de maíz, en un campo del Idevi, Manuel Picado hizo un alto tras terminar un lote y se tomó unos minutos para hablar con Río Negro Rural. La escena resume bien su presente: volvió a la actividad en 2026 después de un paréntesis forzado y eligió hacerlo en el Valle Inferior del río Negro, una región que apenas conocía y que, según admite, lo descolocó por completo.
“Si bien son casi todos productores chicos, nunca me imaginé que fuesen tantos”, dice. La frase condensa el eje de su experiencia: un territorio que hace poco más de una década aparecía incipiente en materia de silaje de maíz, hoy muestra un desarrollo, organización y un entramado productivo que, a su juicio, abre un horizonte “más que promisorio”.
Picado de maíz en la Patagonia: un viaje desde Buenos Aires para volver a empezar
La relación de Picado con el campo viene de familia. Sus padres tuvieron un establecimiento en Tornquist, en el sudoeste bonaerense, una zona de agricultura y ganadería en secano marcada por la variabilidad climática. “Por las idas y vueltas de la economía de este país, lo tuvieron que vender, pero siempre estuvimos vinculados al agro”, cuenta.
Su ingreso al mundo del cortapicado fue en 2011, como empleado. En ese momento, la actividad todavía no estaba generalizada. “No era algo tan normal. Pero vi cómo lo proyectaban los productores y entendí que era una buena apuesta”, recuerda. Con inclinación por la mecánica, rápidamente se involucró en el oficio. “Eso suma, porque en estos equipos tenés cinco o seis motores en marcha, entre la máquina y los camiones”, agrega.

Tras un breve paso en relación de dependencia, armó un equipo propio en sociedad y comenzó a trabajar en el norte y centro de Buenos Aires, donde la estabilidad productiva era mayor. Más tarde continuó solo, consolidando una cartera de clientes durante casi una década.
El corte llegó después de la pandemia. Un accidente destruyó la máquina y lo obligó a frenar. “Había que cambiar todo. Decidí tomarme una pausa”, explica. En ese proceso, cedió su cartera a colegas, una decisión que hoy condiciona su regreso: “No es tan fácil recuperar lo que uno cede”.

La vuelta se dio en 2026, con una nueva máquina y el resto del equipo rearmado. El destino, sin embargo, no fue el habitual. A partir de contactos vinculados al automovilismo (otra de sus pasiones) empezó a escuchar sobre el crecimiento del Valle Inferior. “Paramos las antenas, hablamos con productores y la respuesta fue muy buena”, señala. Con apoyo institucional y recomendaciones locales, terminó instalándose en la zona.
Agro en el Valle Inferior del río Negro: cambio de escala y mentalidad
Picado había tenido un acercamiento superficial al valle en 2013. En ese entonces, el cortapicado era incipiente y la escala del agro más reducida. Doce años después, el panorama es otro. “Lo que ha cambiado es muchísimo”, afirma.
El crecimiento de la ganadería, impulsado por la mejora en la rentabilidad, aparece como uno de los motores. Pero no es el único. “Veo mucha más aplicación de tecnología. Cuando escuchás que ya están pulverizando y fertilizando con drones, te das cuenta del nivel y de cómo se han desarrollado”, señala.

El impacto más fuerte, sin embargo, vino por la estructura productiva. “No tenía idea de la magnitud. Pensé que era algo mucho más chico”, admite. Lo que encontró fue una red amplia de productores de pequeña escala, pero altamente eficientes. “Maíces de 60.000 a 70.000 kilos de materia verde por hectárea. Eso me sorprendió mucho”.
También destaca el perfil humano del sistema. A diferencia de otras regiones dominadas por grandes empresas, aquí predominan explotaciones familiares. “Estás codo a codo con el dueño. Ves vocación y amor por la tierra”, describe. Y agrega otro rasgo distintivo: “Hay una camaradería muy fuerte entre los productores. Se conectan entre ellos, no se juega a la individual”.
Ese entramado, según su mirada, es parte clave del desarrollo. La cooperación entre productores no solo facilita el acceso a servicios e insumos, sino que fortalece la dinámica del conjunto.
Picado de maíz en Río Negro: un servicio muy demandado y el desafío de llegar a tiempo
El regreso de Picado al rubro en el valle no fue sencillo. Llegó avanzada la campaña, con un equipo recién rearmado y sin clientes. “Arranqué de cero”, reconoce. Hoy ya cuenta con una cartera de 12 productores y múltiples contactos para el próximo año.
El trabajo tiene particularidades propias de la región. El riego, los bordos, los surcos y los canales exigen una adaptación operativa. “Hay que tener una gimnasia distinta dentro del campo”, explica. El aprendizaje fue rápido, en parte gracias a un equipo joven: “Tengo chicos a los que les gusta la actividad”.

Uno de los ejes sobre los que busca trabajar es la sincronización. En el valle, varios productores siembran tarde porque las máquinas llegan tarde, lo que limita las posibilidades productivas. “Nuestra idea es venir un mes antes, para que puedan sembrar antes y, por ejemplo, hacer un doble cultivo con avena después”, detalla.
La disponibilidad de equipos no es un tema menor. La falta de maquinaria en el momento óptimo ha sido un problema recurrente. “Algunos cortaban el maíz verde y otros pasado. En los dos casos perdés calidad”, explica. En ese sentido, la presencia de más contratistas aparece como una ventaja. “Hay trabajo para todos y le permite al productor hacer el silaje en tiempo y forma”.

En cuanto a resultados, menciona rindes destacados. “Hicimos un maíz de 72.000 kilos de materia verde por hectárea. Las plantas tenían la altura de la máquina”, grafica. Y también observa potencial en nuevas áreas bajo riego, incluso en zonas que hasta hace poco eran áridos montes. “Hay proyectos con inversiones grandes que ya están logrando más de 40.000 kilos. Es impresionante”.
A corto plazo, el objetivo es cumplir con la demanda actual. A mediano, profundizar la planificación conjunta con los productores. “Sincronizar fechas de siembra y trabajo”, resume. Y a futuro, no descarta ampliar servicios, aunque con cautela: “Primero queremos hacer bien lo que estamos haciendo”.
Para Picado, el Valle Inferior no es solo una oportunidad de trabajo, sino un territorio en expansión. “Hay mucho por hacer y mucho por brindar, es un campo de oportunidades”, dice. Y en esa combinación de escala creciente, tecnología y compromiso humano encuentra una señal poco habitual: un agro que no solo crece, sino que lo hace con identidad propia.
Cortapicado de maíz: del arrastre a la expansión nacional
Picado fue testigo directo de la evolución del cortapicado en Argentina. Cuando empezó, en 2011, la actividad estaba en una etapa inicial y muy ligada a los tambos, según relata. “Era algo bastante inusual”, recuerda.
Con el tiempo, la incorporación de tecnología cambió el escenario. Las viejas máquinas de arrastre dieron paso a equipos autopropulsados, más eficientes y capaces de cubrir grandes superficies. A su vez, el desarrollo de sistemas de engorde a corral y la intensificación ganadera impulsaron la demanda.
“El camino ya se veía venir. En el mundo se usaba cada vez más”, señala. Hoy, el servicio está extendido de norte a sur del país.
En cuanto a su posicionamiento frente a otras alternativas forrajeras, es contundente al reflejar su visión: “En costo por kilo de materia seca, el silaje de maíz termina siendo el más barato”. Reconoce que la alfalfa puede competir en ciertas condiciones, pero destaca las ventajas operativas del silo: “Hacés el bolsón y tenés disponibilidad constante, con menos manejo diario”.
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Arriba de la cabina de una máquina de cortapicado de maíz, en un campo del Idevi, Manuel Picado hizo un alto tras terminar un lote y se tomó unos minutos para hablar con Río Negro Rural. La escena resume bien su presente: volvió a la actividad en 2026 después de un paréntesis forzado y eligió hacerlo en el Valle Inferior del río Negro, una región que apenas conocía y que, según admite, lo descolocó por completo.
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