Aniversario Neuquén: Un viaje al corazón de la oeste neuquino
Con una población joven y un crecimiento vertiginoso que desafió la falta de infraestructura, el oeste neuquino se transformó en un motor propio. Calles, historias y el latido de un entramado de barrios que hoy define el pulso de la capital.
Caminar el oeste es recorrer distintas etapas de la historia de Neuquén. En algunas cuadras todavía asoma la memoria de las chacras, en una acequia, una hilera de álamos o un viejo lote que quedó rodeado de casas. Un poco más arriba, la ciudad trepa hacia la barda y se mezcla con barrios y asentamientos nacidos al ritmo de un crecimiento vertiginoso, no solo de la capital sino de toda la comarca valletana. Durante décadas, muchas familias llegaron antes que el asfalto, los servicios y la infraestructura. Pero aquel borde cambió mucho y en muy poco tiempo. Al recorrer sus avenidas y meterse por sus calles internas aparece un territorio enorme, joven y en permanente movimiento, con una identidad que no se confunde con ninguna otra parte de Neuquén.
No existe una frontera administrativa que determine exactamente dónde empieza y termina. San Lorenzo, Gran Neuquén, Melipal, Cuenca XV, Hi.Be.Pa., Canal V, Huilliches, Gregorio Álvarez, El Progreso, Unión de Mayo, Villa Ceferino, Bardas Soleadas, Esfuerzo, Almafuerte y sectores de Valentina, entre otros, forman parte de ese entramado. Tomando ese universo amplio, se estima que allí viven hoy alrededor de 150.000 personas. Es una población de perfil joven, nacida o criada en barrios que se transformaron casi al mismo ritmo en que llegaban nuevas familias. Esa evolución urbana y demográfica terminó modificando la forma de toda la ciudad.
El cambio se siente en el tránsito de las avenidas, en los colectivos cargados de estudiantes, en las persianas que se levantan temprano y en el movimiento alrededor de escuelas, centros de salud y comercios. Lo que durante años fue apenas un horizonte de expansión en los planes de distintas gestiones, hoy ocupa un lugar central en el sistema de conectividad de la capital. Nuevos corredores comenzaron a unir barrios históricamente alejados y a abrir otras puertas de entrada y salida a Neuquén. El oeste dejó de ser solamente el lugar hacia donde avanzaba la ciudad: se convirtió en una pieza clave para comunicarla.
Pero también consolidó una dinámica propia. En el oeste se estudia, se trabaja, se compra, se produce, se hace deporte, se crea y se construyen redes comunitarias sin esperar que todo suceda en el centro. El Hospital Horacio Heller, los centros de salud, las escuelas, comisarías, clubes, iglesias y organizaciones barriales conviven con el Centro Cultural del Oeste y el Palacio Municipal de Godoy y Novella. Para entender esa transformación no alcanza con mirar edificios o estadísticas: hay que caminar sus calles, escuchar el timbre de una escuela, detenerse junto a una cancha o conversar con quienes abren cada mañana un comercio, un taller, una iglesia o un comedor. Allí aparecen las personas que hicieron del barrio un lugar de pertenencia. Neuquén creció hacia el oeste, pero el oeste, con su juventud, su empuje y su manera de organizarse, también construyó una parte fundamental de la identidad neuquina.
La calle donde el arte echó raíces
Antes se llamaba Las Palomas. Hoy, entre Novella y Rodolfo Vázquez, las veredas tienen cerámicos y por las paredes de las casas aparecen ranas, colibríes, libélulas, flores y liebres. Allí, en Gran Neuquén Sur, Viviana Campetti imaginó que una cuadra también podía ser un museo. La idea comenzó a rondarle en 2010 y tomó forma en 2019, cuando el arte salió a la calle y llamó a la puerta de sus vecinos.
Al principio apenas se saludaban. Después apagaron el televisor, sacaron las sillas y comenzaron a encontrarse para pensar qué hacer con la cuadra. Así nacieron las mingas: jornadas en las que artistas y familias compartieron paredes, saberes y tiempo. “Parte de una idea personal y vira hacia un cuerpo colectivo”, explica Viviana. El pasaje cambió de color, pero también hizo algo más difícil: logró que quienes vivían a pocos metros conocieran sus nombres y algunas de sus historias.

Pasaje al Arte no llevó cultura a un lugar vacío: permitió reconocer todo lo que ya vivía allí. La calle se volvió taller, sala de exposición y “aula sin muros”. Para Viviana, discutir la vieja separación entre centro y periferia también significa eso: que ningún barrio tenga que pedir permiso para crear ni viajar hasta otro punto de la ciudad para encontrarse con el arte.
Algunas paredes guardaban marcas de balas; otras, recuerdos de pérdidas muy dolorosas. Los murales no borraron esas historias, pero permitieron mirarlas de otra manera. El vínculo siguió incluso después de guardar los pinceles: hubo vecinos que, frente a un problema de salud, buscaron al artista que había trabajado en su casa, esta vez no para pintar sino para sentirse acompañados. Allí, entre mujeres que escucharon y sostuvieron, Viviana entendió que la obra más importante quizá no estaba sobre la pared, sino en la confianza que había crecido alrededor.
Esfuerzo y trabajo en el rincón más dulce
En San Lorenzo Sur, Cristina Vega sostiene El Rincón del Sabor, su pequeño local de repostería. Allí, entre hornos encendidos, manos cubiertas de harina y largas horas de trabajo, prepara cada producto con un cariño especial. Detrás de una torta o una bandeja recién horneada no hay solamente una venta: hay esfuerzo, dedicación y una historia profundamente personal.
El emprendimiento comenzó antes de la pandemia y logró seguir creciendo después. Pero su verdadero origen está ligado al amor y a la memoria. “Es un homenaje al cielo, un homenaje a mi hijo pastelero, que ya no está en esta tierra”, cuenta Cristina. Así, cada preparación también se vuelve una manera de mantenerlo presente y de transformar el dolor en trabajo y esperanza.
Su primera feria fue en Arcos Romanos y luego llegó Neuquén Emprende, donde encontró una de sus mayores vidrieras. Hoy cuenta con productos habilitados y mira con orgullo el camino recorrido. “Si uno hace un buen trabajo, es un éxito”, asegura. Cristina sabe que emprender exige constancia, paciencia y volver a intentarlo muchas veces, pero también que detrás de cada producto puede crecer una oportunidad. En su caso, además, permanece vivo el recuerdo de su hijo y el amor que dio origen a todo.
Cultura de barrio con identidad propia
En el oeste de Neuquén la cultura no necesita que alguien venga a inventarla. Está ahí, en los barrios, en los jóvenes que rapean, bailan y hacen música, en los artistas que buscan un escenario y en las organizaciones que sostienen actividades todos los días. En ese entramado, el Centro Cultural del Oeste se convirtió en un punto de encuentro que intenta acompañar una identidad que creció junto con esta parte de la ciudad.
Paulina Cacciatore, subsecretaria de Cultura de Neuquén, lo resume con una idea clara: “El oeste tiene una identidad propia, con sus propios intereses y sus propias expresiones”. Por eso, sostiene, el desafío no es trasladar hacia estos barrios la misma agenda cultural del centro, sino escuchar lo que sucede en el territorio y construir desde allí.
El CCO cumple también otro papel: abrir puertas. Talleres, escenarios y encuentros permiten que muchos artistas encuentren un lugar para empezar, formarse y vincularse con otros. La experiencia reciente con jóvenes ligados al hip hop es apenas una muestra de un movimiento cultural que busca hacerse visible. “Hay jóvenes que están creando, bailando, rapeando, produciendo música, haciendo arte”, destaca Cacciatore.
La apuesta es que todo eso no quede encerrado entre las calles del barrio. Que pueda circular, mezclarse y llegar al resto de Neuquén. Reconocer que no todo sucede en el centro y que, “descentralizar la cultura también es democratizar las oportunidades”.
Una clínica donde las historias pueden cambiar
En San Lorenzo hay un templo cuyo nombre suena a promesa: Iglesia Clínica del Dr. Jesucristo. No atiende con turnos ni entrega recetas. Desde hace 25 años, el pastor Néstor Gutiérrez busca escuchar, acompañar y abrir la puerta a quienes llegan necesitando apoyo. “Hay gente que te ayuda sin conocerte, que te abraza y ve algo en vos que nadie ve”, cuenta.
Entre sus recuerdos guarda la historia de un joven conocido en el barrio por sus problemas con las drogas y el alcohol. Su hija tenía cinco años cuando comenzaron a acompañarlo. Según relata Néstor, hoy él trabaja, vive tranquilo y aquella niña, que ya tiene 28 años, es docente. Para el pastor, esa transformación tiene una explicación: “Dios revirtió una historia mala que venía de generaciones”.
En su manera de entender la fe, el trabajo también puede salir del templo y pisar la cancha. Puede convertirse en fútbol, maratón o conversación: distintas formas de acercarse a los jóvenes y ofrecerles otras posibilidades. “Fue un método para poder contenerlos y ayudarlos”, explica.
Otras veces, ese acompañamiento huele a empanadas o toma forma en un taller de sublimación. Los emprendimientos buscan que jóvenes y familiares de personas privadas de la libertad aprendan un oficio y generen ingresos. Para Néstor, allí lo espiritual puede volverse algo concreto: una mano tendida para intentar empezar de nuevo.
Hospital Heller: cuidados que empiezan por casa
Antes de que el Hospital Heller abriera sus puertas, Norma Mendoza ya estaba allí, acondicionando los sectores de Enfermería. Pasaron 27 años. Hoy, como jefa de Gestión de Pacientes, mira desde primera fila un territorio que no dejó de crecer. “Fui testigo de una transformación exponencial: pasamos de barrios consolidados a una realidad de asentamientos y nuevas urbanizaciones que no se detienen”, cuenta.
En las ventanillas de admisión, la salud tiene formas cotidianas: un DNI apretado en la mano, una pregunta, la espera por un turno. Del otro lado puede haber alguien que caminó veinte cuadras bajo el frío o la lluvia. “Nadie viene al hospital por placer”, dice Norma. Por eso sostiene: “Nuestro rol es que esa familia sienta que entró a un lugar donde se la va a cuidar integralmente”.
El crecimiento trajo una población más numerosa y también necesidades más complejas. Las enfermedades crónicas requieren seguimiento para que nadie se pierda entre una consulta, un trámite y un tratamiento. “Acá no importa si el paciente vive en una toma o en un barrio de casas en mejores condiciones. El Heller ofrece la misma tecnología y el mismo cuidado a toda la población”, afirma.
Los adultos mayores que viven solos y las madres jóvenes son quienes más la marcaron. Historias en las que conseguir una medicación, explicar una indicación o activar una ayuda social pudo cambiar el rumbo. “Si el hospital no hubiera estado aquí, miles de personas habrían quedado invisibilizadas”, sostiene. Después de casi tres décadas, su compromiso sigue siendo que esas puertas no se cierren y que detrás de cada nombre haya alguien dispuesto a mirar a la persona.
Emprendedores: de una receta barrial a una pyme
En el oeste neuquino, muchas historias de trabajo comienzan en una cocina familiar: una receta heredada, un pan que todos recomiendan o una conserva que primero circuló entre vecinos. Para que esa idea pueda crecer y llegar a una góndola, funcionan dos salas municipales de elaboración que acompañan a cerca de 100 productores activos. Allí, aquello que nació como una manera de sumar unos pesos a la casa puede transformarse, paso a paso, en un proyecto de vida.
El recorrido incluye capacitación, producción, controles bromatológicos y el registro necesario para comercializar. Las salas cuentan con líneas para panificados, conservas, productos libres de gluten y destilados. Cada elaborador trabaja su receta junto a un equipo profesional y aprende a producir en condiciones seguras, sin perder la identidad de aquello que creó. “Se lo acompaña en todo el camino hasta poder formar su pyme”, explica Alberto Querci, coordinador de Integración Socioproductiva de la Municipalidad de Neuquén. El primer objetivo, señala, es fortalecer la economía familiar; después, si el proyecto crece, ayudar a que se convierta en una actividad independiente y sostenible.
Pero el camino no termina cuando el producto sale del horno o queda listo dentro de un frasco. También hay que aprender a ponerle un precio, formalizar la actividad y encontrar dónde vender. Ferias como Neuquén Emprende y comercios que abren sus puertas a la producción local funcionan como las primeras vidrieras. En definitiva, detrás de cada producto hay mucho más que una receta: hay un vecino del oeste que busca convertir su saber, su esfuerzo y sus ganas de salir adelante en un oficio y, quizás, en su propia empresa.
El deporte como trinchera en el barrio
Mientras Ariel “Cuca” Aila habla, uno casi puede escuchar los botines contra el piso del vestuario, las canilleras acomodadas a las apuradas y el ruido de la pelota cuando empieza a rodar sobre el césped. No nació en el oeste, pero buena parte de su vida quedó atada a esas canchas. Desde 2004 impulsa Un Día Diferente, donde alrededor del fútbol crecieron torneos, un comedor y una red para acompañar a chicos y familias. “Hay mucha gente que piensa en el otro”, dice.
Pero no todos los recuerdos terminan en festejo. Cuca habla de jóvenes atravesados por las drogas y el alcohol, de camisetas que dejaron de aparecer y de historias que se cortaron demasiado pronto. “Te queda el sabor de que podríamos haber hecho algo más”, reconoce. Por eso insiste en que deporte y estudio deben caminar juntos, sostenidos por tres reglas: no a la droga, no al alcohol y no a la violencia.
La recompensa llega años después, cuando alguno de aquellos pibes vuelve convertido en adulto, ya no para ponerse los botines sino acompañado por sus hijos, sobrinos o nietos. “Ahora entiendo lo que querías cambiar”, le dicen. En esas pequeñas devoluciones, lejos de los trofeos y del resultado del domingo, Cuca encuentra la medida de todo lo hecho.
También deja un pedido: más espacios para el deporte y las familias, y mayor acompañamiento para quienes sostienen esta tarea. “No nos dejen solos en la trinchera peleándola”, reclama. La suya no tiene épica ni tribunas llenas: tiene una pelota, un comedor y personas que siguen estando cuando termina el partido. “Somos unos apasionados y la peleamos desde abajo, desde el barrio”.
Ellos tienen las palabras para cantar y contar sus vivencias
Antes de que el freestyle llenara plazas y pantallas, Sebastián “Sebamusik” Barrionuevo ya improvisaba en actos escolares y bailaba breakdance con los pibes del barrio. Era 2009. En ese oeste de calles largas, playones, paredones pintados y la barda recortada contra el cielo, el rap todavía cargaba prejuicios. Allí encontró algo más profundo que una expresión artística: “Un lugar donde podemos decir la verdad”.
Las rondas se abren paso entre plazas, esquinas y espacios barriales, con una base sonando y el viento neuquino cruzando la escena. Llegan jóvenes de Cuenca XV, Z1, Almafuerte, Gran Neuquén, HIBEPA, Toma Norte, San Lorenzo y muchos otros rincones de la ciudad y la región. No importan la ropa, el barrio ni el premio. “Los chicos tienen una necesidad de expresarse y de ser escuchados”, cuenta.
En esa rueda entra la calle completa. Hay ayudantes de albañil, vendedores ambulantes, jóvenes que viven de changas y otros que atraviesan situaciones familiares o económicas muy difíciles. Cuando toman el micrófono, todo eso sale: broncas, sueños, dolores y verdades que quizá no encuentran otro lugar.
Sebamusik imagina una liga regional que transforme ese talento en una oportunidad laboral. Porque el freestyle ya les dio pertenencia, identidad y una voz. El desafío es que aquello que nació entre los barrios y los playones del oeste también pueda convertirse en trabajo.
Cuando el oeste dejó de ser «mala palabra»
Federico Ancafil habla del oeste con cariño, pero también con la memoria de quien lo vio cambiar. Cuando su familia comenzó con 44 Resto Bar, el movimiento era otro: menos comercios, menos circulación y muchas cosas todavía obligaban a viajar hasta el centro. Hoy, desde un salón de mesas llenas, madera, luces cálidas y conversaciones que se mezclan unas con otras, observa un barrio que ganó vida propia. “Antes decir el oeste era como una mala palabra. Ahora lo decimos con orgullo”, dice. Ya no se trata solamente de cuánto creció, sino de algo más profundo: el oeste empezó a reconocerse a sí mismo.
44 también creció al ritmo de esa transformación. La familia venía de cerrar una verdulería y una carnicería cuando decidió aventurarse con un bar sin demasiadas certezas. Primero fue el salón, después la vereda y finalmente una terraza que hoy, bajo sus hileras de luces, suele llenarse de familias, grupos de amigos y noches con artistas. Federico quería “darle a la gente lo que tenía en el centro, pero también acá en el oeste”. Con el tiempo empezó a llamar al lugar “la esquina más famosa del oeste”. No lo dice escondiendo el orgullo: para él, que alguien nombre 44 y lo asocie inmediatamente con esta parte de Neuquén es también una pequeña conquista barrial.
La comida completa esa identidad. Hay horno de barro, leña, preparaciones caseras y platos generosos que llegan a la mesa sin demasiadas vueltas. Los ñoquis de cada 29 son otro símbolo: comenzaron haciendo unas 30 porciones y hoy superan las 2.000. Incluso las tortas de cumpleaños las prepara una tía de la familia. Ese arraigo aparece también a la hora de sumar trabajadores: buscan priorizar a vecinos de la zona para que no tengan que recorrer media ciudad ni tomar dos o tres colectivos para regresar a sus casas de madrugada. Federico conoce esa experiencia porque alguna vez también trabajó de bachero y ayudante y tuvo que viajar hasta el centro. Por eso sueña con un oeste que siga creciendo y con un 44 que dentro de diez años permanezca allí, convertido en un clásico. “Somos cumbia, barrio y familia”, resume. Y acaso en esas cuatro palabras esté también buena parte del oeste que él quiere contar.
La escuela, el segundo hogar, que crece con el barrio
El timbre marca el cambio de hora. En los pasillos del CPEM 69 se cruzan conversaciones apuradas; en el pizarrón todavía quedan rastros de tiza. Matías Salas es del oeste y enseña Historia en el mismo territorio en el que creció. Para muchas familias, explica, la escuela sigue siendo “el segundo hogar”: un lugar donde se aprende, pero también donde la comunidad se encuentra, se expresa y sueña con algo mejor.
A sus aulas llegan estudiantes que cargan mucho más que una mochila. Algunos viven en casas sin gas o con conexiones eléctricas precarias; otros cuidan familiares, trabajan en changas o acompañan a padres que apenas llegan a fin de mes. Para algunos, la comida de la escuela puede ser la única del día. Allí encuentran un rato de abrigo y la posibilidad de dejar afuera, aunque sea por unas horas, responsabilidades demasiado grandes para su edad.
Las dificultades también entran al aula convertidas en angustia, cansancio o enojo. Sin embargo, Matías destaca el respeto y el afecto con el que los chicos responden cuando sienten que alguien se interesa verdaderamente por ellos. “Valoran muchísimo que no solo nos ocupemos del contenido, sino que también nos preocupemos por sus vidas”, cuenta. Y lo resume sin vueltas: “Los estudiantes del oeste son personas amorosas”.
Las escuelas comenzaron con estructuras pequeñas, muchas veces de emergencia, y fueron ampliándose con el empuje de familias y trabajadores de la educación. “Las escuelas del oeste son como sus viviendas: crecen con el esfuerzo de un pueblo que busca vivir mejor y con dignidad”, dice Matías. El timbre vuelve a sonar y las aulas se llenan otra vez. Detrás de cada puerta, esa historia continúa.
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