El espejo roto de los jóvenes argentinos

Es una alerta para políticos, empresarios y educadores: si la próxima generación usa herramientas como la IA pero no cree en ellas, el contrato social se vuelve aún más frágil.

Por Javier Pianta *

El dato es incómodo y pocos lo están mirando de frente: los jóvenes argentinos usan inteligencia artificial más que cualquier otro grupo etario, pero también son los que menos confían en lo que esa tecnología puede hacer con sus vidas. No es una contradicción. Es un síntoma. Y el síntoma tiene nombre: desconfianza.

El estudio “Juventudes” de Reyes Filadoro & Enter Comunicación retrató una relación que los propios jóvenes definen como “amor tóxico” con el ecosistema digital argentino. El 64% está preocupado por su privacidad. El 55% intentó abandonar alguna red social por cansancio y volvió. La ansiedad, el agotamiento mental, la dificultad para concentrarse son moneda corriente. “Las redes son tóxicas. Me encantan, pero es contraproducente”, dijo un participante de un grupo focal.

No es casual que esta generación, atrapada en esa relación de amor y odio con las pantallas, sea también la que registra los niveles más altos de ausentismo electoral y desconfianza en las instituciones. La red social no es la causa de ese malestar. Es el espejo donde se refleja una desconfianza más profunda, que viene de antes: la certeza de que el esfuerzo ya no garantiza el ascenso, de que el trabajo ya no es sinónimo de estabilidad, de que el futuro se achica mientras el presente se vuelve más ruidoso.

Esa es la base sobre la que ahora se monta la inteligencia artificial. No sobre un suelo virgen de esperanza digital, sino sobre una generación que ya aprendió a desconfiar de las pantallas.

El mismo estudio muestra que el 69% de los jóvenes de 18 a 24 años usa aplicaciones de IA como ChatGPT o Gemini. Pero cuando se les pregunta cómo se sienten, el 35% responde con un tibio “neutral, es sólo una herramienta”. Sólo el 22% está “entusiasmado”. El 33% de las mujeres teme que la IA reemplace su trabajo, contra apenas el 18% de los hombres. Entre los jóvenes de menor nivel educativo, la preocupación trepa al 57%.

La investigación también aporta la pieza que faltaba para entender esa desconfianza. El 37% de los jóvenes trabaja de manera independiente. El 42% vive con sus padres o familiares. Y sin embargo, el 69% cree que tiene más oportunidades de crecimiento profesional que sus padres a su edad. “Me da la sensación que hay más oportunidades pero la plata no rinde lo mismo… a los 25 años mis viejos mantenían un hijo. Yo no estoy ni cerca”, dijo un joven en los grupos focales. Optimismo abstracto, precariedad concreta. La inteligencia artificial entra en esa grieta.

El reciente informe de Gallup, “The AI Paradox”, muestra que esta tensión no es exclusivamente argentina. A nivel global, los jóvenes son quienes más utilizan inteligencia artificial, pero también quienes menos confían en sus efectos. El entusiasmo cae, la esperanza se retrae y emergen emociones más densas: ansiedad, escepticismo, enojo.

La encuesta de la Universidad de Yale publicada la semana pasada, el Yale Youth Poll de primavera 2026, muestra que sólo el 26% de los votantes cree que los beneficios de la IA superarán los daños. Los jóvenes la usan más, pero no por eso confían más: cuando se les pide que identifiquen imágenes generadas por inteligencia artificial, apenas aciertan más que si tiraran una moneda al aire. Y hay un dato revelador: ante la pregunta abierta sobre quiénes se benefician con esta tecnología, la respuesta más frecuente fue “las empresas tecnológicas”, seguida de “los ricos”. No “la humanidad”. No “todos”. Las empresas. Los ricos.

Por eso, cuando los jóvenes argentinos miran la inteligencia artificial, la pregunta de fondo no es técnica. Es política: ¿esta herramienta amplía mi margen de acción o lo reduce? El 45% cree que la IA es una herramienta útil. Sólo el 10% la ve como una amenaza directa. Pero ese 10% crece entre quienes ya están en situación de vulnerabilidad: mujeres, menores ingresos, menor nivel educativo. Y hay un dato que debería encender una luz amarilla: el 45% de los jóvenes tiene una opinión favorable sobre el Salario Básico Universal, esa idea que Elon Musk y otros impulsan como respuesta a un futuro sin trabajo. No es que lo estén pidiendo. Es que ya lo están imaginando como una posibilidad.

Esto no es una curiosidad sociológica. Es una alerta para políticos, empresarios y educadores: si la próxima generación usa sus herramientas pero no cree en ellas, el contrato social se vuelve aún más frágil. Y la IA, lejos de ser la solución, se convierte en otro motivo para desconectarse.

Una generación que creció con las redes, que las ama y las odia al mismo tiempo, que intentó dejarlas y volvió, que sabe que los algoritmos la vigilan pero no puede salir, que ve más oportunidades que sus padres pero no puede comprarse una casa, esa generación no va a recibir la inteligencia artificial con los brazos abiertos. La va a usar, porque no le queda otra. Pero no le va a creer. Y cuando una tecnología se usa sin fe, el debate deja de ser sobre innovación. Empieza a ser sobre poder. La pregunta no es si los jóvenes volverán a creer en la política. Es si la política será capaz de ofrecerles algo que la tecnología, por sí sola, no puede: un horizonte.

* Politólogo, analista y consultor político


El dato es incómodo y pocos lo están mirando de frente: los jóvenes argentinos usan inteligencia artificial más que cualquier otro grupo etario, pero también son los que menos confían en lo que esa tecnología puede hacer con sus vidas. No es una contradicción. Es un síntoma. Y el síntoma tiene nombre: desconfianza.

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