El papa Francisco y el trabajo
Nos recordó que “éste es un lugar para todos, un lugar construido con el trabajo lleno de amor de todos los trabajadores y trabajadoras de nuestra patria, los que se levantan cada día y trabajan.

Hace un año, se nos fue Francisco. Ese cura que la mayoría conoció cuando lo eligieron Papa y festejó porque era argentino. Pero la realidad dice que pocos lo conocían en sus decires y haceres antes de ser Francisco. El cardenal Jorge Mario Bergoglio, al que le gustaba que lo llamen, sencillamente “padre Jorge”.
Tratemos de mirar a ese hombre del que nos sentimos orgullosos porque desde Roma hablaba en criollo y nosotros lo descifrábamos como nadie en el mundo.
Ese hombre, ese padre Jorge, es el que venía caminando, haciendo y diciendo desde mucho tiempo antes de ser el Papa Francisco. Hay variados documentos que así lo atestiguan. En este caso, y teniendo como horizonte el 1° de Mayo, la propuesta es adentrarnos en sus encuentros con la gente de nuestro pueblo en San Cayetano.
En cada una de sus prédicas podemos ver detalles especiales del momento que se vivía en nuestro país, pero en todas, el centro es el pueblo como portador de una fuerza y una verdad única.
Así, en 1999, nos dijo que poner el hombro es una gracia del pueblo argentino. “Uno se da cuenta cuando no tiene lugar, cuando no es aceptado ni bienvenido. Por ejemplo, esto lo siente la persona que busca trabajo y a la que le dicen ya lo vamos a llamar, después de tomarle todos los datos”.
Para comenzar el nuevo milenio, supo hablar de la ternura. “Tenemos que acercarnos a todos nuestros hermanos. Cuando uno se acerca «se le enternece el corazón». Por eso aquí, en este momento en que estamos juntos, amuchaditos, nuestros corazones sienten como un solo corazón”.
Su voz resonaba diciendo que “con San Cayetano reclamamos el pan que alimenta y el trabajo que dignifica, porque reclamar el pan que alimenta es una manera de querer dar vida”.
Se entregó a la gente sin trabajo pidiéndole que no se desanime, porque “juntos, de la mano de San Cayetano, encontraremos el camino para volver a empezar».
Recordó con insistencia que “el don del pan y el don del trabajo nadie nos los puede negar. Son un derecho inalienable, porque hacen a nuestra dignidad, como personas y como Nación. A veces hay que exigirlos, a veces pedirlos, y compartirlos siempre. Pero con la conciencia de que no es limosna, es justicia”.
Y se preguntó: “¿Cómo puede ser que haya gente que no escucha a los pobres, a los pequeños, a los que necesitan? Gente que sólo escucha las voces machaconas de las estadísticas y no tiene oídos para escuchar lo que dice la gente sencilla. Hay que poner los medios para escuchar bien, para que todos puedan hablar, para que se tenga en cuenta lo que cada uno quiere decir”.
Nos recordó que “éste es un lugar para todos, un lugar construido con el trabajo lleno de amor de todos los trabajadores y trabajadoras de nuestra patria, los que se levantan cada día y trabajan; los que no roban, sino que trabajan; los que no se pasan de vivos y viven de lo que produce el trabajo de otros, sino que trabajan”.
“En nuestra ciudad hay gente que tiene sitio y gente que “sobra” y que son dejados de lado como “descarte” en verdaderos volquetes existenciales. La protección que pedimos es para todas las necesidades de nuestra vida: la salud, el pan, el trabajo”, dijo en 2009 en Liniers.
Bergoglio fue un mucho decir. “Decir “todos los chicos” es decir todo el futuro. Decir “todos los jubilados” es decir toda nuestra historia. Nuestro pueblo sabe que el todo es mayor que las partes y por eso pedimos pan y trabajo para todos. Qué despreciable es en cambio el que tiene un corazón chiquito de egoísmo y sólo piensa en manotear esa tajada que no se llevará cuando se muera. Nunca vi un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre. Mi abuela nos decía: “la mortaja no tiene bolsillos”.
Insistiendo sobre las maneras de Jesús, nos dijo que “mientras luchamos por la justicia y vivimos solidariamente tenemos que mantener encendida nuestra esperanza”.
En la que fue su última homilía en San Cayetano, expresó que “la justicia es la que alegra el corazón: cuando hay para todos, cuando uno ve que hay igualdad, equidad, cuando cada uno tiene lo suyo, ahí se agranda el corazón y se funde con el de los otros y nos hace sentir la Patria. La Patria florece cuando vemos “en el trono a la noble igualdad”, como bien dice nuestro himno nacional. La injusticia en cambio lo ensombrece todo”.
En lo sustancial fue invariable: “junto con San Cayetano rezamos por la paz, el pan y el trabajo”.
Todo este decir fue de Bergoglio. Después, como Francisco, agarró el micrófono universal desde Roma y lo gritó a los cuatro vientos. Así, nos legó palabras y hechos. Siempre mirando a los ojos y tocando con sus manos la carne maltrecha de todos los pueblos que visitó.
Palabras que resuenan y gestos concretos para seguir gestionando la vida hoy ante tanta muerte y tanta injusticia.
Gracias Francisco por recordarnos que somos capaces de ponerle el hombro a la Patria.
Siempre presente.

Hace un año, se nos fue Francisco. Ese cura que la mayoría conoció cuando lo eligieron Papa y festejó porque era argentino. Pero la realidad dice que pocos lo conocían en sus decires y haceres antes de ser Francisco. El cardenal Jorge Mario Bergoglio, al que le gustaba que lo llamen, sencillamente “padre Jorge”.
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