Escapó de la crisis en Venezuela, llegó a Neuquén y hoy es donante voluntario para decir gracias: “Me ayudaron en el peor momento”
Con cuatro valijas y tres gatos, Santos Ferrer llegó al Alto Valle junto a su familia para comenzar de cero. El apoyo de la comunidad en su momento más difícil lo movilizó y hoy es donante recurrente de sangre y plaquetas para devolver a los neuquinos todo el afecto recibido.
Cuatro valijas y tres gatos. Eso era todo lo que tenían Santos Ferrer y su familia cuando llegaron a Neuquén huyendo de la crisis en Venezuela para empezar de cero. Un camino que comenzó apretados en un departamento pequeño durante la pandemia y que la solidaridad de los neuquinos cambió para siempre. Hoy, asentado y con un trabajo estable a sus 27 años, Santos encontró en la donación de sangre, plaquetas y médula ósea la forma perfecta de devolverle a a los neuquinos todo el afecto que le brindaron.
La historia de Santos Ferrer comenzó lejos de la Patagonia. En Venezuela, tras años de esfuerzo y estudio, logró graduarse, pero la realidad de su país lo obligó a buscar otras puertas. Sin margen para seguir esperando, su padre les propuso una salida: juntar lo poco que tenían y emprender el viaje hacia la Argentina.
Así, Santos, sus padres, sus dos hermanas y sus mascotas le dijeron adiós a su país. Cruzaron Brasil hasta llegar a la Triple Frontera para luego continuar hacia Buenos Aires y, finalmente, desembarcar en Neuquén. «Vinimos por el boom de Vaca Muerta, buscando una oportunidad«, contó.
Sin embargo, el inicio del sueño chocó de frente con un imprevisto: apenas unos meses después de instalarse, la pandemia irrumpió y paralizó todo. Los primeros años los encontraron apretados en un pequeño departamento, conviviendo entre el encierro, la incertidumbre y la virtualidad.
«Durante el tiempo que duró la pandemia tratamos de hacer nuestras vidas en lo que se pudiera y todo virtual. Yo traté de hacer estudios universitarios en la Universidad del Comahue y mis hermanas buscaron terminar su secundario acá», relató.
Cuando los controles comenzaron a flexibilizarse, Santos supo que era momento de buscar su independencia. Buscó empleo incansablemente por toda la zona, cruzando incluso hacia Río Negro. El camino no fue fácil: tuvo empleos precarios donde las promesas salariales no se cumplían, hasta que finalmente llegó la oportunidad esperada en un trabajo formal en blanco. Con sus primeros sueldos logró dar un paso gigantesco e independizarse para mudarse a una casita con su madre y sus hermanas.

Aquel nuevo comienzo, sin embargo, arrancó de cero. «Nos mudamos a una casita y empezamos durmiendo en el piso. Teníamos solo un acolchado para dormir», relató. Sin embargo, fue exactamente en ese instante de mayor vulnerabilidad donde conoció la verdadera empatía neuquina. Sus nuevos compañeros de trabajo, al enterarse de la situación, no dudaron un segundo en organizarse. Sin pedir nada a cambio, le regalaron su primer lavarropas y su primera heladera. «Me puse a llorar, no pude hacer otra cosa”, recuerda Santos.
Esa gratitud comenzó a germinar un sentimiento muy profundo en Santos. Recordó la calidez con la que los neuquinos lo habían abrazado desde el primer día, preguntándole por su país y ofreciéndole ayuda sin condiciones. «Desde que llegué a la Triple Frontera, Buenos Aires y Neuquén, no me puedo quejar. Todos me recibieron con cordialidad, todos eran solidarios. Me preguntaban cómo estaba mi país y si necesitaba algo«, recordó.
Un día entendió que no podía quedarse de brazos cruzados. “He recibido demasiada ayuda y no sería justo no dar algo a cambio, porque aquí me han recibido muy bien. Así que le dije a mi madre: ‘voy a donar’”, dijo. Así fue como, hace dos años, se presentó por primera vez a donar sangre.
Santos se convirtió en un donante recurrente de sangre (acudiendo cada tres o cuatro meses), pero su compromiso fue escalando según las necesidades del sistema de salud local. Ante una escasez en el hemocentro, comenzó a donar plaquetas y, posteriormente, decidió inscribirse en el registro nacional de donantes de médula ósea.
Para Santos, donar no solo implica una acción altruista, sino también una responsabilidad personal con la salud y el bienestar propio para estar apto al momento de ayudar a otros. “Lo difícil de la donación es, y suena triste, querer a tu propio cuerpo, porque te pone en varias condiciones: tienes que tener un cuerpo saludable, no tener enfermedades de transmisión sexual, no tomar recientemente medicamentos o drogas ni hacerse tatuajes. Es difícil encontrar un donante que quiera su cuerpo lo suficiente como para estar en condiciones de donar”, sostiene.
Por último, el joven hace un llamado directo a las nuevas generaciones para que se sumen de forma activa a la donación voluntaria y recurrente de sangre y derivados, entendiendo que es un insumo insustituible en cirugías e intervenciones médicas vitales: “Es a la juventud la que tiene que ir. Si la juventud no se moviliza, primeramente cuidando su cuerpo lo suficiente como para ayudar a otro, dejarle este trabajo a los adultos es un poco más complicado. Sin sangre no habría operaciones ni intervenciones quirúrgicas”, concluye.
A través de un gesto silencioso pero profundamente transformador, Santos Ferrer demuestra día a día que la gratitud puede salvar vidas.
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