Primer discurso del papa León XIV en Argentina: «La economía debe estar al servicio de la persona y no la persona al servicio de la economía»

En el Palacio Libertad junto a Javier Milei, el Sumo Pontífice dio sus primeras palabras oficiales en su llegada al país. El líder católico recordó al papa Francisco, remarcó la importancia de convivir con el que piensa distinto en democracia, pidió por las familias que no llegan a fin de mes, solicitó robustecer la "educación, la formación profesional, la universidad y la investigación", habló contra el aborto, defendió a los jubilados y discapacitados, y planteó cuidar al medio ambiente y un desarrollo ético de la Inteligencia Artificial.

Por Gabriel Jara

Foto: captura transmisión oficial.

El papa León XIV concretó su arribo histórico a la Argentina, un hito que marca la presencia de un sumo pontífice en el territorio nacional tras 39 años de espera. El líder católico aterrizó en el Aeroparque Jorge Newbery en la tarde de este domingo, donde el presidente Javier Milei lo recibió al pie del avión en medio de un fuerte operativo que contó con la presencia del cuerpo de Granaderos y de las máximas autoridades eclesiásticas locales.

Tras un primer homenaje en el Monumento al General San Martín y un paso por la Casa Rosada, la agenda oficial se trasladó al Palacio Libertad (ex CCK). En ese recinto, ante funcionarios del Gabinete nacional, representantes de la sociedad civil y miembros del cuerpo diplomático, se desarrollaron los primeros discursos formales de la jornada.

Las intervenciones de ambos jefes de Estado abarcaron desde profundas reflexiones teológicas e históricas hasta análisis concretos sobre la realidad política, económica y social del país.


Qué dijo el papa León XIV en su primer discurso en la Argentina


El sumo pontífice inició su alocución con la expresión de su profunda alegría por el arribo al país. «He venido como Sucesor del apóstol Pedro y, por ello, como pastor», definió la máxima autoridad de la Iglesia, con la intención de ofrecer una palabra «orientada a custodiar la dignidad de cada persona, la concordia y el bien común«.

De inmediato, dedicó un homenaje a su predecesor: «Durante doce años, la Iglesia universal escuchó la voz de un Pontífice argentino que llevó consigo, en la memoria y en el corazón, los lugares, las personas y la fe que aquí recibió«. León XIV aseguró que recorre el camino inverso para acercarse a la tierra donde el papa Francisco comenzó su historia, la cual calificó como un encuentro entre «generaciones de hombres y mujeres».

Al repasar la identidad nacional, el Papa destacó que el país se formó con quienes nacieron aquí, con los inmigrantes que encontraron un hogar y con los pueblos originarios que precedieron el nacimiento de la nación. Elogió a la Argentina por conservar una notable capacidad para levantarse en momentos difíciles y repasó sus hitos culturales, con su voz reconocible «en el Martín Fierro de José Hernández; en las páginas de Jorge Luis Borges y de tantos escritores», añadió «el tango, nacido del encuentro de barrios, puertos y procedencias diversas» y sumó » la música y las tradiciones del interior, en el teatro y también en gestos cotidianos tan sencillos como el mate compartido».

A su vez, subrayó que en esa herencia se encuentra profundamente arraigada la fe cristiana como fuente de sentido y esperanza. Frente a ese legado, dejó un mensaje a la política: «A cada generación corresponde discernir aquello que merece ser conservado, afrontar las consecuencias injustas del pasado y acrecentar el patrimonio material y espiritual común».

Sobre la vida institucional, el Papa instó a convivir en medio de las diferencias de pensamiento y pidió custodiar la democracia. Definió como bienes a afianzar el sufragio, la participación pública y la confianza en la ley e instituciones. Según su visión, este sistema se fortalece «en la disposición a escuchar, en el cuidado de la palabra, en la búsqueda paciente de acuerdos y en la capacidad de reconocer en quien piensa de manera distinta a un compatriota con quien se comparte un mismo destino». En un mensaje a la dirigencia, advirtió: «La autoridad alcanza su sentido más alto cuando se ejerce como servicio, cuando sabe mirar más allá de lo inmediato y cuando pone sus capacidades al cuidado de aquello que pertenece a todos».

En este sentido, reclamó prudencia, reconocimiento de los límites del poder y orientación de las decisiones hacia el bien común.

El líder religioso ahondó en la importancia de la familia, a la cual definió como la «célula básica» de la sociedad: «En ella, cada persona aprende a descubrir que su vida está unida a la de otros y que también es responsable de ellos», detalló el Papa, para luego precisar que «en el hogar se nos enseña a cuidar al débil, a perdonar, a compartir», y donde «muchos hombres y mujeres reciben las primeras semillas de la fe».

En el tramo económico, el obispo de Roma apuntó al valor del trabajo y a la crisis de los ingresos. Reivindicó el esfuerzo de quienes se ganan la vida en el campo, las ciudades, los talleres, las escuelas y los hospitales, y pidió estimular la iniciativa privada para que el crecimiento alcance a quienes encuentran mayores dificultades. Detalló que el trabajo permite a la persona sustentar a los suyos, «desarrollar sus capacidades y saberse partícipe de la construcción de la patria». «Pienso de manera particular en las familias que llevan sobre sí el peso de la incertidumbre, en quienes buscan trabajo, en los ancianos que han contribuido durante años a construir la sociedad y en quienes, aun trabajando, tienen dificultades para cubrir las necesidades de su hogar», enumeró. Frente a ese escenario, sentenció: «La economía debe estar al servicio de la persona y no la persona al servicio de la economía».

La preocupación por las nuevas generaciones ocupó un lugar central. «Una nación debe preguntarse seriamente en qué ha fallado cuando sus jóvenes deben abandonar su tierra para realizar sus sueños», alertó el Pontífice. Para crear condiciones de desarrollo interno, exigió «robustecer de manera particular la educación, la formación profesional, la universidad y la investigación». El Papa reconoció que a lo largo de la historia la Argentina «ha procurado extender la instrucción a sectores cada vez más amplios de la sociedad», lo que permitió a muchas generaciones cultivar sus capacidades. Frente a esto, pidió confiar en la juventud y ofrecer una formación que permita a los jóvenes descubrir sus talentos. «Esta tarea requiere también confiar en los jóvenes, reconocer su capacidad de iniciativa y abrir espacios donde puedan aportar sus ideas y asumir responsabilidades», exigió, al sostener que la nación necesita «desde ahora con su inteligencia, su creatividad y su participación».

León XIV también pronunció una advertencia contra el aborto. «¿Qué lugar ocupan en nuestras decisiones quienes todavía no han nacido? Antes de preguntarnos qué mundo les dejaremos, debemos reconocer su dignidad», cuestionó. Aseguró que la responsabilidad con el futuro comienza por «acoger la vida desde sus primeros instantes y custodiarla hasta su término natural«. También reclamó atención especial ante la enfermedad, la dependencia y la discapacidad para aliviar el sufrimiento humano y «hacer sentir a cada persona que su vida conserva siempre un valor que ninguna circunstancia puede disminuir».

En el plano ambiental y tecnológico, solicitó una «ecología auténticamente humana» que sepa unir el cuidado de la creación y de los recursos naturales (campos, agua, minerales, ecosistemas) con el bienestar de las personas. Sobre la inteligencia artificial y los veloces avances científicos en medicina y educación, exigió considerar sus consecuencias, ya que «el desarrollo tecnológico necesita una conciencia ética a su altura».

A nivel regional, el Papa llamó a mirar a América del Sur para fortalecer la cooperación ante problemas estructurales. Para dimensionar esta unión, ilustró que «los grandes ríos unen territorios; los ecosistemas se prolongan de un país a otro; la energía, los alimentos, el conocimiento y los movimientos de las personas crean vínculos que desbordan las fronteras». Aseguró que la acción coordinada resulta indispensable frente a amenazas graves como «el crimen organizado, las redes de trata de personas, el tráfico de armas y drogas, así como la corrupción». Remarcó que la corrupción daña la convivencia y «erosiona la confianza de los ciudadanos en sus instituciones», por lo que apeló a la solidez institucional y a la integridad personal de los gobernantes. Además, celebró que América del Sur encontró en el pasado «caminos de negociación y entendimiento para superar graves tensiones» e instó a la Argentina a preservar esa «voluntad de diálogo».

El sumo pontífice ratificó el mandato de la Iglesia Católica con su labor histórica de anunciar el Evangelio, educar, acompañar a las familias, y continuar con la tarea de «atendiendo a los enfermos, permaneciendo junto a los pobres». Remarcó que el amor de Cristo «continúa hoy en las parroquias y comunidades, llamadas a mantener abiertas sus puertas», y subrayó que la frase «Bienvenidos todos (cf. Mt 22,9-10)» expresa la invitación universal de la cual nace el mandato «Vayan y anuncien (cf. Mc 16,15)».

En uno de los pasajes de mayor peso sobre el rol del Estado, advirtió: «Hay bienes que una sociedad necesita y que ninguna política pública puede producir por sí sola». El Papa detalló que «la confianza, el perdón, la disposición a servir y la conciencia de que la propia vida tiene un sentido que supera el éxito o la utilidad se cultivan en la conciencia personal y en la vida de las familias y las comunidades».

Luego, citó el tango para reflexionar sobre el traspaso generacional: «Sí, como cantaba Gardel, es un soplo la vida, pero perdura el bien que cada generación haya sabido custodiar y transmitir».

Finalmente, instó a los argentinos a mantener vivo el propósito constitucional de «constituir la unión nacional» y dirigió su oración a Nuestra Señora de Luján, a quien calificó como custodia silenciosa de la memoria nacional. El pontífice destacó que ante esa imagen acuden «madres y padres, trabajadores, jóvenes y ancianos de todos los rincones del país, llevando consigo las preocupaciones y las esperanzas de su tiempo», y se despidió con una cita textual del papa Francisco: «que el Señor los haga crecer como pueblo».


Las palabras de Javier Milei al papa León XIV


El Presidente inauguró su discurso en el Palacio Libertad con un mensaje hacia todos los asistentes. «La visita de León XIV nos eleva espiritualmente a todos los argentinos», definió. Milei brindó una cálida bienvenida a las autoridades, legisladores, miembros del cuerpo diplomático y fieles que seguían el evento desde sus hogares. El mandatario destacó las jornadas de profunda alegría y reflexión que inician para la comunidad católica, así como para quienes profesan otras religiones, los no creyentes y los ciudadanos de Chile, Paraguay, Uruguay y Brasil que viajaron para la ocasión. Con un fuerte gesto de conciliación política, resaltó: «Me alegra ver a todo el arco político aquí, demostrando que hay motivos y ocasiones que van más allá de nuestras diferencias».

El titular del Ejecutivo continuó con un extenso homenaje a Jorge Bergoglio, a quien describió como «el argentino más importante de la historia y el primer papa latinoamericano». Milei reconoció que la partida de Francisco dejó un vacío enorme en el pueblo, tanto en los fieles como en los ajenos a la Iglesia. Recordó al ex sumo pontífice como una figura excepcional de inmensa generosidad y aseguró que seguirá presente por el resto de la vida. «Francisco no es solo inmortal en los cielos, sino también en la tierra. Porque, como alguien alguna vez dijo: ‘La inmortalidad es una vida que sigue hablándonos después de la muerte'», reflexionó.

En su argumentación, el mandatario entrelazó la historia constitucional de la Nación con la labor de la Iglesia. Milei recordó que en 1853, tras décadas de guerras civiles, el joven fraile y beato Mamerto Esquiú subió al púlpito para pedirle al pueblo que acatara el nuevo orden y obedeciera la ley. El Presidente relató que ese sermón tuvo tanto peso político que Justo José de Urquiza ordenó imprimirlo y repartirlo, ya que el clérigo consideraba que sin la ley «no hay patria ni verdadera libertad». A partir de ese hito, sentenció: «Por eso la Argentina liberal, republicana y constitucional no nació contra la Iglesia, sino bendecida por uno de sus clérigos».

El jefe de Estado dedicó un amplio tramo de su exposición a ponderar la espiritualidad y la fe. Explicó que la fe enaltece el alma, permite conectar con algo superior y habilita a las personas a ver más allá del presente inmediato, los miedos y las tragedias. «Nos conecta con Dios, que nos ama como somos, pero que precisamente a través de ese amor, también nos exige ser cada día un poco mejores personas», indicó. Según Milei, sin la fe el futuro luce incierto y amenazante, mientras que la espiritualidad otorga la certeza de una mano invisible que «recompensa la bondad y castiga la maldad». Agregó que la Argentina es un pueblo con una fe que conserva la esperanza en la adversidad y encuentra ánimo para volver a empezar.

El Presidente vinculó los principios religiosos de Occidente con su propia visión política y económica. Calificó a las Sagradas Escrituras como «la gran escuela moral de nuestra civilización», al afirmar que de sus enseñanzas emana el concepto de un derecho natural que antecede a cualquier poder terrenal. Apeló al libro del Éxodo para consagrar la noción de libertad por sobre la servidumbre y recurrió a los mandamientos «no matarás» y «no robarás» como los pilares absolutos que protegen la vida y la propiedad privada. «Primero somos libres, y porque somos libres, somos responsables de obedecer los mandamientos», resumió, apoyándose también en los textos de San Pablo.

Para reforzar la genealogía de sus ideas, Milei citó al fraile dominico Francisco de Vitoria y a la Escuela de Salamanca, cuna de los clérigos españoles que enseñaron que por derecho natural todos los hombres son libres. El jefe de Estado destacó que esa tradición cristiana impuso límites al poder y consagró el respeto por la dignidad, enseñanzas que su administración busca honrar. Ante este escenario, llamó a sostener una defensa activa frente a un mundo que muchas veces se empeña en opacar la fe y los valores tradicionales.

Sobre su administración de gobierno, Milei aseguró que las decisiones oficiales se guían mediante la brújula moral custodiada por la Iglesia. «Quienes ejercemos responsabilidad de Estado debemos gobernar para todos y obrar conforme al bien común», aseveró. Para fundamentar su estricto programa económico, el mandatario apeló a una categoría técnica que bautizó como «equilibrio general intertemporal». Explicó que este modelo implica rechazar soluciones de corto plazo: «Esto significa, a la hora de tomar decisiones, no concentrarnos en lo que necesita un único sector en un determinado momento, sino en el beneficio de toda la sociedad en el presente y en el futuro». Argumentó que el ajuste actual garantiza la libertad en igualdad ante la ley, «sin imponerle arbitrariedades a unos en detrimento de otros y sin castigar a los argentinos de mañana en pos de favorecer a los argentinos de hoy». Destacó, además, la responsabilidad del Estado sobre el futuro de los niños.

Para graficar su estrategia macroeconómica, el Presidente recurrió a la parábola bíblica de los dos cimientos. Relató la enseñanza de Jesús sobre el hombre prudente que construyó su hogar sobre la roca frente al insensato que edificó rápido sobre la arena. Tras señalar que solo la estructura asentada sobre la roca resistió la lluvia y los vientos, proyectó su plan nacional: «Esa es la Argentina que queremos construir, un país fundado sobre la roca, una misma casa para los que pusieron sus cimientos, para los que hoy vivimos en ella y para los que van a heredarla».

En la conclusión de su discurso, Milei invocó al ensayista y político conservador Edmund Burke para definir a la sociedad civil como una «asociación entre quienes están vivos, quienes han muerto y quienes están aún por nacer». Bajo esa premisa, instó a proteger el legado de quienes ya no están, mejorar la vida de los presentes y asegurar el porvenir de quienes aún no nacieron. «Santidad, gracias por venir. Y quiero pedirle únicamente que rece por la Argentina tal como lo hacemos nosotros. Muchísimas gracias», cerró el Presidente.


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