Standalone

El resultado electoral ha sido catastrófico para el gobierno. Su sorprendente magnitud abre perspectivas inmediatas y una ventana de esperanza.

Por Julio Rajneri

Presidente Alberto Fernández junto a Cristina, habla tras la catastrófica derrota del gobierno en las PASO. (Foto La Nación)

Hasta las elecciones del domingo, una ola de pesimismo había invadido a una sociedad argentina agobiada por dosis crecientes de escépticos con el futuro del país y con su propio destino. Inexorablemente, continuaban acumulándose evidencias de que el país se derrumbaba en manos de un grupo de personas que, enfrentadas a circunstancias particularmente adversas, carecían de los requisitos de idoneidad más elementales para gobernar un país.

Las predicciones sombrías no provenían solamente de personas o entidades nacionales a las que pudiera atribuirse motivaciones políticas, sino de entidades públicas y privadas internacionales a quienes seguramente mentalidades afiebradas pretenden descalificar atribuyéndoles teorías conspirativas. La realidad es que el flujo internacional de inversiones y decisiones financieras de todo el mundo se rige por proyecciones y opiniones de ese origen.

No son los únicos. En definitiva, la huida de los jóvenes argentinos más capacitados que buscan destino en otros países, supone que también ellos comparten la percepción de las entidades extranjeras. 

Una de las que más efecto pudo haber tenido, provino de Morgan Stanley Capital International, la más influyente y reputada del mundo. La Argentina, en las postrimerías del gobierno de Mauricio Macri, había ascendido a la calidad de mercado Emergente, situación que distaba de ser óptima, pero que lograba una leve recuperación respecto de Fronterizo, la calificación anterior. Perdimos esa categoría y también la de Fronterizo y su nueva calificación, Standalone, la coloca fuera del mapa financiero del mundo. Standalone significa algo así como fuera de registro, o sea que Argentina no entra para esos expertos, ni siquiera en la última categoría de los países peor administrados del mundo.

Es difícil concebir un gobierno que, además de acumular errores en cuestiones de fondo con decisiones movidas por un rencor turbio y viscoso hacia las personas exitosas, ya sean agricultores, ganaderos, empresarios o intelectuales, sumaba un desprecio grotesco por las formas elementales de respeto ciudadano, evidenciadas en episodios tales como la reunión festiva en Olivos o la docente vociferando como una energúmena para adoctrinar a sus alumnos.

De manera que el gobierno enfrentaba una contienda electoral en las peores condiciones imaginables, que objetivamente lo colocaba ante una previsible derrota abultada. Pero de no ocurrir así, la inevitable conclusión sería que la mayoría del cuerpo electoral no era capaz de reaccionar frente a una administración calificada entre las más ineficientes del mundo, para resolver tanto los problemas derivados de una pandemia inesperada, como los de una economía en caída libre con inflación, pobreza, desinversión, cierre de empresas, etc. que conformaban un panorama ciertamente desolador.

Una elección equilibrada podía ser suficiente para impedir que el gobierno sumara a su fracaso económico, la destrucción del sistema institucional argentino, pero no habría de modificar las expectativas negativas para el futuro.

Solamente un pronunciamiento rotundo del cuerpo electoral sería capaz de modificar el horizonte cerrado y abrir nuevas perspectivas. Afortunadamente, contradiciendo una vez más la mayoría de las encuestas, el resultado electoral ha sido simplemente catastrófico para el gobierno. Su sorprendente magnitud abre perspectivas inmediatas, porque aun cuando faltan dos años para el fin del mandato del actual gobierno, el probable desenlace desencadena efectos previos que ya se están manifestando en la suba de las acciones argentinas en la Bolsa de Nueva York y Buenos Aires, el descenso en el riesgo país y una valorización general de los activos financieros, lo que abre una ventana a la esperanza.

Es posible que, en lo inmediato, el gobierno shockeado por la mayor derrota sufrida por el peronismo en su historia, intente radicalizarse aún más o al menos persista en mantener los actuales lineamientos. Pero después de noviembre inevitablemente deberá adoptar medidas más amigables con los mercados, que lo acerquen al centro si quiere asegurarse la difícil etapa que le espera para terminar su mandato.

Y esto puede ser uno de los mayores efectos benéficos de este resultado electoral. Un gobierno futuro dominado por la coalición de Cambiemos, aunque gobernara eficazmente, no generaría la suficiente confianza como para estimular la corriente inversora necesaria para que el país recobrara su prosperidad perdida. Persistiría la desconfianza si la alternativa a ese hipotético gobierno fuera una oposición de tintes izquierdistas capaz de repetir las proezas del kirchnerismo. De manera que una coalición pro-mercado y un peronismo moderado, alternándose en el poder, son dos ingredientes complementarios para fundar un sistema estable y próspero.


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