Teorías sin remedios para niños desatentos
LAURA HOJMAN (*)
Las nuevas generaciones de niños y jóvenes que se están desarrollando en medio del impacto tecnológico en escuelas y hogares pusieron hoy en superficie problemáticas como la hiperactividad, el zapping y la llamada “desatención” o “dispersión” respecto de palabras e indicaciones de familiares o maestros. Para muchos estas señales se convirtieron en una clase de patología a medicar o “controlar”, a través de diversos nombres o etiquetas. Las actuales teorías respecto de los alumnos que se abstraen del contexto escolar o familiar, ya sea a través de jueguitos, música, chateos y largas sesiones de internet, tienen dos divisorias muy definidas; por un lado están quienes se apoyan en la neurociencia y hablan de un determinante orgánico que parte del cerebro de los niños y de los genes para la hiperactividad y la falta de atención y por otro, de un determinante social, vinculado con la realidad y la época en la que los alumnos viven y se relacionan. La corriente que apunta a lo orgánico, lo cerebral, en una suerte de destino de estigmatización para niños y adolescentes, trata siempre una “causa” que se encuentra en las neuronas, que segregan neurotransmisores que dan las órdenes al cerebro para encarar una tarea, por lo que el mal funcionamiento del cerebro afecta al alumno y su entorno respecto de la atención. La segunda tendencia tiene su “musa inspiradora” en el “Manual de la Academia de Psiquiatría de los Estados Unidos” y apunta a considerar la situación global del niño, su familia y su época y se centra en una manera de pensar diferente, es decir, “el problema no está en el cerebro sino en las infancias actuales”. El psiquiatra infanto juvenil y psicoanalista Juan Vasen alertó días atrás en el IV Simposio sobre Patologización de la Infancia, que reunió a especialistas, pedagogos y académicos, sobre que se multiplicaron “diferentes clasificaciones encabezadas por el mal llamado ADD o ADHD, por los mal entendidos trastornos generalizados del desarrollo, por los descontextualizados oposicionistas y por ese frágil constructor que es el trastorno bipolar infantil”. “Estamos ante un caso de clasificación ‘chatarra’, que, como esa comida, trae consecuencias en el organismo y la vida de los niños”, aseveró Vasen. El psiquiatra señaló que las clasificaciones de las conductas de los niños y jóvenes “reducen las prácticas sociales complejas como criar, educar, diagnosticar y curar a procedimientos ‘técnicos’”. Dijo en el simposio que “la técnica es encantadora, casi mágica; miles de padres, docentes y profesionales creen que están contribuyendo, a través de ella y sus fármacos, al control sobre fenómenos de nuestra ‘naturaleza’”. Beatriz Janin, presidenta del simposio y coordinadora del equipo Forum Infancias, sostuvo la necesidad de “plantear alternativas a los modelos deshumanizantes que consideran a los niños máquinas” y también de “tener en cuenta que el niño está inscripto en una historia individual y social”. Para los docentes, los especialistas y muchos progenitores es necesario, entonces, repensar la niñez y sus problemas para hacer frente a estas clasificaciones empobrecedoras que progresivamente –dijeron– “se adueñan del campo del sufrimiento infantil colonizándolo con nuevas “palabras maestras” y nuevas “etiquetas”. (*) Analista de DyN