“Todavía nos dura ese miedo de que nos impongan las cosas”
Cuando hay falta de capacidad e ineficiencias propias en la clase política, en vez de hacerse cargo, aparecen los fantasmas externos de desestabilización y de atentados contra la Democracia. Diez años es bastante tiempo de gobierno como para echar culpas hacia afuera tanto en materia económica como en temas de educación, salud y seguridad. La permanente prédica sobretolerante respecto a lo que significa aplicar la autoridad por parte de las fuerzas de seguridad, la permanente confusión propuesta desde el poder entre lo que está bien y lo que está mal, el constante mensaje difuso de los valores éticos y morales generando una sensación social de que no se sabe donde están los límites, desemboca casi naturalmente en la situación que estamos viviendo. Entonces policías se confunden con ladrones, ya que apropiarse de lo ajeno pasa a ser la regla. Donde lo que antes era delito, ahora se tolera en pos de una pseudo inclusión social y de un asistencialismo barato y miserable, de políticos más preocupados por el poder y el dinero que por el desarrollo de un país en serio. Cuando alguien subvierte la ley robando, matando, violando, tomando comisarías, haciendo piquetes, tomando tierras, destruyendo bienes públicos, chantajeando al gobierno con armas, siendo cómplices del narcotráfico, aprovechando el poder para beneficiarse o beneficiar a amigos o familiares, amenazando y/o alineando a personas a una idea política, y no hay ningún costo ni sanción para las personas que delinquen, entonces pasa lo que pasa: no hay límites y la sociedad tiende al descontrol. La ley existe y sus normas de aplicación también, pero la clase política, que es la que tiene que dar el ejemplo, pretende gobernar “para todos y todas” en una especie de interpretación “sui generis” donde se desautoriza permanentemente a la Policía, a Gendarmería y otras fuerzas de seguridad, dándoles al mismo tiempo a los delincuentes todos los derechos posibles para que sigan con su accionar nefasto. Y entonces nos quejamos, y pasa lo que pasa. Las fuerzas de seguridad permanentemente desautorizadas y boicoteadas por el gobierno asumen el rol que no deberían: el de los trabajadores comunes, con bombos, con piquetes, con tomas. ¿Cuál es la responsabilidad de los políticos de turno? ¿Las fuerzas de seguridad no se dan cuenta que con su manera de protestar pierden más autoridad todavía? ¿A alguien le importa esto? Cuando los límites entre el respeto a la ley y los delitos se hacen difusos –tal como lo propone la clase política– aparece el país del “todo vale” y es así que convivimos en una sociedad “cambalache” donde “el que no llora no mama y el que no afana es un gil”. Sociedad extraña esta que supimos crear, por acción u omisión, donde los delincuentes están de fiesta en fiesta en las penitenciarías, lugares donde los que están presos en vez de trabajar para pagar su daño a la sociedad generan un gasto al estado que, además, invierte en la supuesta “reeducación” que no ha servido para otra cosa que crear una corporación del delito que coordina las fugas y extorsiones manejando los hilos desde la cárcel por teléfonos celulares y por los contactos personales en las visitas, que desnaturalizaron su propósito de evitar el aislamiento y generar un trato más humano. Hemos vivido gobiernos de facto, dictaduras y todo tipo de autoritarismos. Ya han pasado 30 años de gobiernos democráticos y todavía nos dura ese miedo de que nos impongan las cosas, de que nos persigan por nuestras ideas, de que nos obliguen a alinearnos. Por eso es lamentable que desde el poder democrático, muchas veces con acciones equivocadas, se recreen esos miedos. Creo que ya es hora de que ejerzamos la madurez política de estos 30 años de democracia y no tengamos más miedo, que comencemos a aplicar la ley como corresponde sin temor de ser autoritarios, que pongamos claros los límites para todos políticos, funcionarios, personal de seguridad, militares, ciudadanos, trabajadores, docentes, en fin, todos. Poner límites y aplicar la ley no es ser autoritario, una sociedad no puede funcionar bien si no hay un marco de referencia respetado por todos. Hemos buscado excusas, dimos muchas vueltas: “No, lo que pasa es que son personas carenciadas y por eso se tolera que se apropien de lo ajeno… Sean objetos, tierras o derechos…” , “No, lo que pasa es que los alumnos están aprendiendo a participar y por eso toman por la fuerza colegios y rompen instalaciones”, “No, lo que pasa es que hay derecho de huelga y entonces se tolera que los trabajadores en conflicto no dejen trabajar a otros, tomen dependencias y vehículos públicos y dañen el patrimonio del Estado”, “No, lo que pasa es que los docentes hacen paro pero después ‘recuperan’ los contenidos, y se tolera que le paguen los días no trabajados” ¿Y ahora? “No, lo que pasa es que la Policía gana poco. Se tienen que pagar la ropa, están desprotegidos y desautorizados por el poder…” Entonces no cumplen con su función, generando un caos delictivo. Parece mucho –y es mucho– pero una cosa es consecuencia de la otra. Alguien dijo con mucha razón que los gobernantes “deberían dejar de pensar en las próximas elecciones y pensar en las próximas generaciones”. Claro, esto debe ser difícil entre tanta miopía política, pero debemos pensarlo, instalar la idea, y tal vez podamos tener en el gobierno una clase dirigente que genere verdaderas políticas de estado. El desafío es grande y depende de todos nosotros, por acción u omisión. Jorge E. Graziano DNI 8108553 San Martín de los Andes
Jorge E. Graziano DNI 8108553 San Martín de los Andes