Los niños necesitan sus propios espacios, la pandemia se los ha negado

Una periodista del Washington Post narra lo que ocurre en su casa, con su hija; un reflejo de lo que pasa en la mayoría de los hogares donde los niños deben lidiar con el encierro y la falta de socialización con otros de su edad, y en los lugares que les pertenecen.





Mi hija de 10 años, vistiendo solo ropa interior y una camiseta, está sentada a medias sobre el sofá. Una de sus piernas soporta una vieja computadora portátil que compré el año que nació. Está viendo un video en YouTube sobre el poder Ejecutivo. Esta es la última semana de clases del quinto grado.


Yo estoy del otro lado de la habitación, usando una computadora portátil más nueva, contestando correos electrónicos para mi compañía editorial, y mi esposo está a pocos metros investigando para el libro que está escribiendo sobre historia del cine. Una colosal aldea de legos está tan cerca de mis pies que podría tumbarla si no soy cuidadosa a la hora de estirar mis piernas cruzadas. El chelo de mi hija está en un rincón, cerca de la chimenea. Nadie recicló el periódico del domingo, que está bajo la novela que estoy leyendo. Justo al lado hay varias películas a mano para el libro en progreso de mi esposo y la regla que se utiliza para las tareas de matemáticas. También hay documentos del seguro y algunas pruebas de galeras de la compañía editorial sobre un libro de cocina que tengo abierto justo sobre una receta de sopa de lentejas rojas. Todo esto, además, es nuestra sala.

Mi hija es una de los 1,500 millones de niños a nivel mundial que no estuvieron en sus aulas de clase. Somos una de las incontables familias que han fusionado su vida profesional, personal, académica, social, de ocio y de cualquier otro tipo en una sola mezcolanza indómita dentro de las cuatro paredes de nuestro hogar. La necesidad de tener margen de maniobra es palpable.

“¿Por qué lo llaman ‘Gabinete’?”, pregunta en voz alta mi hija, pero no le contesto porque mi teléfono celular está sonando con una llamada importante del trabajo.

Cuando termino de hablar con el distribuidor de libros, le explico a mi hija, hasta donde recuerdo, el concepto de “controles y equilibrios”.

Las casas se transforman y los chicos las adaptan a sus mundos, aunque no es lo mismo que sus propios espacios.


Los adultos como yo —privilegiados de tener un empleo en estos tiempos— hemos perdido la oportunidad de mantener el enfoque en nuestras vidas laborales, pero los estudiantes en edad escolar han perdido mucho más este año académico.

A pesar de enormes esfuerzos de parte de los colegios y los educadores, la enseñanza este año simplemente no fue la misma. Las asignaciones escritas de mi hija son calificadas —de forma imperfecta y sin sentido del humor— por un programa de computadora. Tocarle el chelo a una aplicación que califica su desempeño, no puede compararse con tener a su profesor de música asintiendo durante la tonada y ofreciendo sugerencias. Su calendario social es también bastante deficiente por estos días. Pero estas son molestias menores, sacrificios necesarios en estos tiempos sin precedentes. Lo que mi hija realmente necesita y que nadie le puede proporcionar justo ahora es lo que Virginia Woolf tan prudentemente solicitó: una habitación propia.

Los niños necesitan espacios solo para ellos, donde no solo puedan enfocarse en aprender, sino también experimentar una sensación de confianza y un sentido de pertenencia. Un lugar diseñado para ellos. En las escuelas y otros centros educativos, los estudiantes reciben una fuerte dosis de aprendizaje que va más allá de lo académico. Existen investigaciones que muestran que las ganancias emocionales y sociales en estos entornos, y las relaciones basadas en la confianza con sus profesores y mentores, mejoran desde las calificaciones y los resultados de los exámenes hasta el propio bienestar y el sentido de identidad. No es de extrañar que los niños se beneficien de pasar tiempo en lugares que están diseñados —y llenos de personas capacitadas— con sus necesidades como prioridad.

Los niños necesitan espacios donde no solo puedan aprender, sino también vivir la confianza y sentido de pertenencia”.

Amanda Uhle, periodista The Washington Post.


Hace apenas unos meses, había un lugar en el mundo que mi hija conocía mucho más que yo, donde estaba más a gusto y tenía docenas de relaciones afectuosas e importantes. Todo ese reino del quinto grado —las decoraciones del casillero, la etiqueta del comedor, el sonido de los zapatos chillones en los pisos de los pasillos— era, con autoridad y en su totalidad, de ella. Su hermoso colegio ha estado cerrado desde mediados de marzo y los dientes de león reinan ahora en el parque que está al lado. Como inminente estudiante de secundaria, mi hija ni siquiera tendrá la oportunidad de regresar a ese lugar.

No son solo los colegios lo que extrañamos profundamente. Cuando veo a mi hija vestida a medias desplomada en el sofá, es evidente lo mucho que necesita un lugar que esté diseñado para corazones y cerebros en edad escolar. Incluso en nuestros mejores momentos como padres, nuestras casas y apartamentos nunca podrán competir con las cabañas y literas de los campamentos de verano y los sudorosos gimnasios de los programas recreativos de las ciudades. Nunca podremos alcanzar exactamente el nivel de sorpresa que siente un niño cuando entra a un lugar como 826 Valencia en San Francisco, una tienda con temática pirata y centro de escritura juvenil con la que trabajo, que le proporciona un constructivo apoyo a los niños y sus ideas, además de las patas de palo y parches para el ojo que se venden en la tienda.

Los niños tienen un optimismo y una valentía inherente que son reconocidos en espacios construidos para ellos: parques infantiles urbanos, museos para niños y aulas de clases cuidadosamente curadas. Estos son lugares diseñados para el aprendizaje creativo y para fomentar las conexiones humanas, partes esenciales del éxito de los niños en el colegio y en la vida. Mientras estos lugares no estén disponibles para los más jóvenes, sentiremos profundamente su ausencia.

La mesa del comedor es escritorio, lugar de estudio, de manualidades...


Nos estamos adaptando. Cuando realmente necesito pensar y escribir, me siento en el asiento delantero de nuestro Toyota, estacionado a una cuadra de mi casa, con el teléfono apagado. La otra noche moderé por Zoom un evento sobre un autor desde el interior de mi armario, y en realidad salió bastante bien. Mientras miramos la perspectiva de no tener colegios ni campamentos de verano en el futuro inmediato, he considerado algunas maneras de expandir lo que sea posible dentro de los 92 metros cuadrados de lo que mi familia llama hogar (y que también llamamos oficina, sala de cine, aula de clases, destino vacacional y más).

Como de costumbre, mi hija ya me lleva dos o tres pasos de ventaja. El otro día me di cuenta que la vieja computadora portátil que utiliza para las tareas escolares estaba sobre la secadora, junto a un vaso lleno de marcadores y un cuaderno. Dijo que era menos distractor que el sofá, la mesa de la cocina o su habitación, lugares que ya han cumplido su turno como salón de clases provisional esta primavera. También tiene en el jardín lo que llama un “fuerte de palo”, cerca de un hoyo de un metro de profundidad que ha estado cavando como parte de un proyecto del cual prefiere no hablar. Podría ser una ruta de escape, pero lo más probable es que esté construyendo un pequeño lugar, solo para ella.



Amanda Uhle
The Washington Post

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