Un psicópata no puede soportar condicionamientos a su voluntad

Por Redacción

NEUQUEN .- «El psicópata es una persona muy agresiva que no puede soportar que la sociedad ponga trabas a sus deseos y necesidades, y esto conduce a que aproveche por la fuerza a las cosas y a las personas, que para él son meros objetos».

Asomarse al perfil de un psicópata resulta estremecedor. Los especialistas aclaran que algunos rasgos propios de las personalidades psicopáticas pueden detectarse en personas normales, pero suelen ser fuentes de culpa, angustia y neurosis. La psicopatía constituye, en cambio, «una falla básica de la personalidad que no da al psicópata otra alternativa que actuar psicopáticamente».

Estas son algunas de las definiciones de los especialistas:

*El psicópata presenta una enorme dificultad para colocarse en el lugar del otro, es decir no puede identificarse, de ahí su falta de culpa por sus conductas agresivas. Muestra una capacidad de afecto seriamente dañada.

*Es impulsivo, sus actos y conductas carecen de una verdadera meta. La conducta irresponsable del psicópata llama la atención por la carencia de plan y la despreocupación prácticamente total de las consecuencias.

*El psicópata ignora los códigos sociales y los valores. Actúa solamente en respuesta a sus propios deseos e impulsos. El castigo no lo conmueve y la experiencia no la asimila. No puede resistir la tentación puesto que no tolera la frustración.

*El psicópata es asocial. Su conducta lo coloca a menudo en conflicto con la sociedad. Está dirigido por deseos primarios y una vehemente sed de excitación. En esa egocéntrica búsqueda del placer, ignora las restricciones de su cultura.

*Es altamente impulsivo. Para él cada momento está separado de los demás. Sus acciones carecen de planeamiento y son guiadas por sus caprichos.

*Siente muy poca o ninguna culpa ni remordimiento, pudiendo cometer y contemplar con la más absoluta frialdad y calma los actos más espantosos. Sus relaciones afectivas, cuando las tiene, son escasas, efímeras y tendientes a la satisfacción de sus propios deseos. La carencia de amor y de culpa son los rasgos que más claramente señalan al psicópata como diferente a los demás hombres.

La opción oscila entre la cárcel y el hospicio

¿La cárcel o el manicomio? ¿Qué hay que hacer con Julio Enrique Aquines? El debate ni siquiera se ha planteado, pero es posible que durante el juicio oral que comenzará el jueves haya que dar una respuesta a estas preguntas.

Los familiares de las víctimas se han opuesto a la posibilidad de que sea declarado inimputable. Lo quieren ver preso para siempre porque consideran que de esa manera pagará por el daño que provocó.

Acaso imaginan que en un hospicio lo pasará mejor, o tendrá más posibilidades de escapar al castigo.

Lo cierto es que una alternativa u otra tiene sus flancos débiles. Nadie garantiza que, sea en prisión, sea en un instituto psiquiátrico, Aquines cumpla la totalidad de la pena sin evadirse, o sin que ésta se atenúe.

Menos posibilidades hay de que reciba el tratamiento que corresponde, detalle que no parece interesar demasiado.

Si se dispone su internación hasta que deje de ser un peligro para sí o para los demás, no está claro dónde sería alojado. De resolverse que debe ir a la cárcel, alguna vez habrá que ponerlo en libertad, aunque sea dentro de 20 años, porque la ley así lo estipula.

En uno u otro caso las instituciones del Estado y las organizaciones de la comunidad, las mismas que no supieron ni pudieron controlarlo a tiempo, lo habrán apartado de la sociedad.

Pero el problema de la marginalidad de Aquines seguirá sin solución, de la misma manera que tampoco habrá nuevos mecanismos de contención para casos similares.


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