Una Argentina aburrida por el kirchnerismo
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En los últimos meses, la veracidad del relato del gobierno ha sido cuestionada. Cada vez son más los que no creen que lo que dice la presidenta o sus allegados sea cierto. Son muchos los testimonios y los análisis que ponen de manifiesto esto y que la prensa recoge a diario. En estas líneas, sin embargo, quisiera llamar la atención sobre otro sentimiento que está ganando el humor de la sociedad: el aburrimiento. A comienzos del siglo XIX, en una Europa satisfecha de sí misma y en expansión, Lord Byron afirmaba: “La sociedad es actualmente una horda refinada, formada por dos poderosas tribus, los que aburren y los aburridos”. La Argentina de hoy, por cierto, está lejos de vivir los beneficios de esa sociedad comercial que Lord Byron presenció en sus comienzos. Nuestros problemas públicos son todavía los de un país que ha crecido en forma insuficiente y cuyo desarrollo posee una escasa complejidad. Aquí los trenes no frenan cuando llegan a una estación o no podemos construir un razonable régimen de intercambio de divisas. Pero sí puede observarse que frente a esta realidad son cada vez más los que sienten el hastío de vivir en un país sin futuro. Cuando un gobierno pierde esa dimensión propositiva que implica imaginar un futuro posible se vuelve conservador, habla solamente del pasado y de sus logros. Es lo que sucede con la presidenta todas las tardes cuando toma la palabra. Consciente de que sus palabras cada día tienen menos peso, ansiosa, siente la compulsión de reiterar sus argumentos, una y otra vez. Nada parece calmarla. Podríamos pensar que una persona como ella, que junto con su marido han gobernado los años que han gobernado, debería estar satisfecha, orgullosa de lo hecho, tranquila, serena. No es su caso. Claro, si el futuro en su discurso no tiene lugar, tampoco su vida parece tener un futuro. ¿Cómo puede enfrentar el límite institucional de la no reelección una persona cuya obsesión sólo se focaliza en el ejercicio de la presidencia? Evidentemente, no imagina cómo podría ser su vida después del poder. El crítico literario italiano Alberto Asor Rosa sostuvo, desde una perspectiva gramsciana, que el poder posee dos dimensiones: es dirección y también un destino compartido con otros. El kirchnerismo, puede considerarse, consiguió ejercerlo de esta forma. Sin embargo, el agotamiento que está viviendo le está quitando esa dimensión colectiva, tan admirada por sus seguidores de izquierda. El kirchnerismo, que siempre fue una política de palacio, ahora es sólo eso. Mucho se ha dicho en los últimos meses que Cristina no tiene el afán ni el ímpetu que tenía Néstor Kirchner para dirigir el día a día de la política. Parece cierto. Sin embargo, lo más importante es que la presidenta cada vez está más encerrada en sí misma. Si no, hagamos la cuenta de todos los seguidores que ya no están a su lado. A eso se llama, en el lenguaje gramsciano, crisis de hegemonía, es decir, cuando se pierde el favor de los intelectuales de la política. La política, también afirmó Asor Rosa, está hecha de pasiones, ilusiones, desilusiones y de dolor. Podría decirse entonces, más allá de este autor, que la política, como la vida, tiene ciclos. La ilusión siempre es seguida de la desilusión. No se puede ilusionar por siempre, de manera eterna. Sería como detener el tiempo o pretender vivir en un perpetuo presente. Y, sin embargo, siempre han existido políticos dispuestos a ir más allá, no sólo a intentar sortear los límites institucionales sino, en definitiva, a no aceptar los de la vida misma. La pretensión de los Kirchner no es novedosa ni tampoco privativa de la Argentina. Queda por lo tanto saber qué dirección tomará en los próximos meses el zigzag electoral de la política. Y si alguna ilusión nueva sacará a la Argentina del aburrimiento. Convoquemos, para concluir, a otro poeta romántico, nuestro Esteban Echeverría. Hacia el final del régimen de Rosas, en noviembre de 1846, le escribió en una carta a su compañero Juan María Gutiérrez: “Es preciso desengañarse; no hay que contar con elemento alguno extraño para derribar a Rosas. La Revolución debe salir del país mismo, deben encabezarla los caudillos que se han levantado a su sombra. De otro modo no tendremos patria. Veremos lo que hacen Urquiza y Madariaga”. El pronunciamiento de Urquiza y la derrota de Rosas en la Batalla de Caseros le darían la razón. Su vida, sin embargo, se apagó unos meses antes, sin poder ver que la historia había corroborado su pronóstico. Quiero decir, algo parecido podría suceder con el kirchnerismo. Es probable que su sucesor sea alguien salido de sus propias filas, alguien dispuesto a dejarlo atrás, a traicionarlo, y no un miembro de la oposición no peronista. Al día de hoy ese hombre no parece ser uno de los tantos gobernadores que crecieron a la sombra de los Kirchner, sino el enigmático intendente de Tigre, Sergio Massa. La decisión de rechazar la re-reelección de CFK y la próxima contienda electoral parecen enfrentarlo así a ese hecho decisivo que podría signar su destino político. La oposición no peronista, en cambio, está frente a un desafío inmenso. Debe conseguir que la sociedad pueda imaginarse un futuro sin peronistas en el poder. Lo existente debe ser condenado en su totalidad. Algo así como la actitud de Sarmiento que, acompañando a Urquiza como boletinero del Ejército Grande, pensaba que mientras sus soldados no vistiesen a la europea nada cambiaría. Una obstinación de ese tipo, tal vez, podría conseguir que la sociedad argentina no pensara en un nuevo Urquiza para los Kirchner.
Marcelo Padoan mpadoan@gmail.com