Una guerra asimétrica
Los islamistas de Hamas saben muy bien que no son capaces de derrotar a Israel en el campo de batalla, pero confían en poder hacerlo ante la opinión pública internacional. Así, pues, mientras los israelíes procuran impedir que haya bajas civiles no sólo en su propio país sino también en la Franja de Gaza, motivo por el que suelen advertir por teléfono a quienes viven en edificios que serán blancos militares para que los abandonen a tiempo, Hamas les ordena permanecer donde están o subir a los techos como escudos humanos visibles, porque sus líderes entienden que es de su interés que muera la máxima cantidad de civiles. Dicha estrategia les ha brindado buenos resultados en el pasado, pero parecería que ya no es tan eficaz como antes: si bien para algunos medios occidentales influyentes Israel sigue siendo el principal culpable del sufrimiento de los habitantes de Gaza, otros señalan que sería poco razonable exigirle mantenerse pasivo frente a ataques misilísticos contra centros urbanos como Tel Aviv, Jerusalén y Haifa. Asimismo, por lamentables que hayan sido las consecuencias del conflicto entre Israel y una agrupación islamista que se proclama resuelta a poner fin a la presencia israelí en Oriente Medio masacrando a todos los judíos que caigan en sus manos, se trata de una escaramuza menor en comparación con otras que están desgarrando la región en que los muertos ya se cuentan por centenares de miles. Por lo demás, muchos gobiernos árabes, comenzando con el de Egipto, temen más a los islamistas que a los israelíes que, con tal que no se vean provocados, no plantean peligro alguno a sus vecinos. Hamas optó por reanudar los ataques contra Israel luego de observar una tregua relativamente larga porque sus líderes entendían que Estados Unidos y la Unión Europea ya no creían que la paz regresaría a Oriente Medio si el gobierno israelí daba a los palestinos todo cuanto pedían. Durante décadas, la idea de que un acuerdo, que se supondría sería mutuamente beneficioso, entre Israel y los árabes serviría para que convivieran sin problemas ha dominado los esfuerzos diplomáticos de los países occidentales, pero nunca fue más que una ilusión. El conflicto se debe a la negativa de casi todos los dirigentes de los países musulmanes, incluyendo a algunos que están a miles de kilómetros de distancia de las zonas disputadas, a tolerar la existencia misma de un “ente sionista” en tierras antes gobernadas por sus correligionarios. Puede que en Occidente la mayoría se haya convencido de que sería absurdamente anacrónico ir a la guerra por motivos religiosos, pero los acontecimientos recientes en Egipto, Siria, Irak, Afganistán y Pakistán acaban de enseñarle que en buena parte del mundo muchos siguen aferrándose a valores muy distintos de los que rigen actualmente en Estados Unidos y Europa. Aunque es probable que, una vez más, Israel pierda la guerra propagandística contra los islamistas que han aprendido a manipular con astucia los medios de difusión del mundo desarrollado, no lo es que los costos políticos sean tan onerosos como en el pasado. Asimismo, la sensación, compartida por judíos y sus enemigos mortales islamistas, de que, si bien el presidente norteamericano Barack Obama quisiera desvincular Estados Unidos de Israel, no correría el riesgo de involucrarse más en una región que podría estallar en cualquier momento al desintegrarse Siria e Irak, provocar estragos los extremistas del “califato” sunnita, intensificarse la campaña antiislamista del régimen militar egipcio y avanzar cada vez más el programa nuclear iraní. La influencia estadounidense, y por lo tanto occidental, en Oriente Medio se ha reducido a tal punto que los líderes de los países de la región entienden que su propia seguridad dependerá casi exclusivamente de sus propios esfuerzos. Puesto que para ellos está en juego mucho más que las prioridades de Obama y sus homólogos europeos, no vacilarán en tomar aquellas medidas que crean necesarias para defenderse contra quienes se afirman decididos a aniquilarlos. Huelga decir que el gobierno israelí, que sabe muy bien que, a diferencia de sus enemigos, no podrá correr el riesgo que le supondría perder una sola batalla, antepondrá la seguridad de su pueblo a los intereses políticos de los mandatarios de países supuestamente amistosos.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 14 de julio de 2014
Los islamistas de Hamas saben muy bien que no son capaces de derrotar a Israel en el campo de batalla, pero confían en poder hacerlo ante la opinión pública internacional. Así, pues, mientras los israelíes procuran impedir que haya bajas civiles no sólo en su propio país sino también en la Franja de Gaza, motivo por el que suelen advertir por teléfono a quienes viven en edificios que serán blancos militares para que los abandonen a tiempo, Hamas les ordena permanecer donde están o subir a los techos como escudos humanos visibles, porque sus líderes entienden que es de su interés que muera la máxima cantidad de civiles. Dicha estrategia les ha brindado buenos resultados en el pasado, pero parecería que ya no es tan eficaz como antes: si bien para algunos medios occidentales influyentes Israel sigue siendo el principal culpable del sufrimiento de los habitantes de Gaza, otros señalan que sería poco razonable exigirle mantenerse pasivo frente a ataques misilísticos contra centros urbanos como Tel Aviv, Jerusalén y Haifa. Asimismo, por lamentables que hayan sido las consecuencias del conflicto entre Israel y una agrupación islamista que se proclama resuelta a poner fin a la presencia israelí en Oriente Medio masacrando a todos los judíos que caigan en sus manos, se trata de una escaramuza menor en comparación con otras que están desgarrando la región en que los muertos ya se cuentan por centenares de miles. Por lo demás, muchos gobiernos árabes, comenzando con el de Egipto, temen más a los islamistas que a los israelíes que, con tal que no se vean provocados, no plantean peligro alguno a sus vecinos. Hamas optó por reanudar los ataques contra Israel luego de observar una tregua relativamente larga porque sus líderes entendían que Estados Unidos y la Unión Europea ya no creían que la paz regresaría a Oriente Medio si el gobierno israelí daba a los palestinos todo cuanto pedían. Durante décadas, la idea de que un acuerdo, que se supondría sería mutuamente beneficioso, entre Israel y los árabes serviría para que convivieran sin problemas ha dominado los esfuerzos diplomáticos de los países occidentales, pero nunca fue más que una ilusión. El conflicto se debe a la negativa de casi todos los dirigentes de los países musulmanes, incluyendo a algunos que están a miles de kilómetros de distancia de las zonas disputadas, a tolerar la existencia misma de un “ente sionista” en tierras antes gobernadas por sus correligionarios. Puede que en Occidente la mayoría se haya convencido de que sería absurdamente anacrónico ir a la guerra por motivos religiosos, pero los acontecimientos recientes en Egipto, Siria, Irak, Afganistán y Pakistán acaban de enseñarle que en buena parte del mundo muchos siguen aferrándose a valores muy distintos de los que rigen actualmente en Estados Unidos y Europa. Aunque es probable que, una vez más, Israel pierda la guerra propagandística contra los islamistas que han aprendido a manipular con astucia los medios de difusión del mundo desarrollado, no lo es que los costos políticos sean tan onerosos como en el pasado. Asimismo, la sensación, compartida por judíos y sus enemigos mortales islamistas, de que, si bien el presidente norteamericano Barack Obama quisiera desvincular Estados Unidos de Israel, no correría el riesgo de involucrarse más en una región que podría estallar en cualquier momento al desintegrarse Siria e Irak, provocar estragos los extremistas del “califato” sunnita, intensificarse la campaña antiislamista del régimen militar egipcio y avanzar cada vez más el programa nuclear iraní. La influencia estadounidense, y por lo tanto occidental, en Oriente Medio se ha reducido a tal punto que los líderes de los países de la región entienden que su propia seguridad dependerá casi exclusivamente de sus propios esfuerzos. Puesto que para ellos está en juego mucho más que las prioridades de Obama y sus homólogos europeos, no vacilarán en tomar aquellas medidas que crean necesarias para defenderse contra quienes se afirman decididos a aniquilarlos. Huelga decir que el gobierno israelí, que sabe muy bien que, a diferencia de sus enemigos, no podrá correr el riesgo que le supondría perder una sola batalla, antepondrá la seguridad de su pueblo a los intereses políticos de los mandatarios de países supuestamente amistosos.
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