Uruguay: una de cal y otra de arena
Gustavo Chopitea (*)
Es cierto, en los últimos años la provocadora –y siempre agresiva– “política exterior” kirchnerista ha golpeado incesantemente a nuestra vecina Uruguay. De muy distintas maneras. Cerrando puentes internacionales en razón de un “daño ambiental” nunca acreditado; provocando a nuestros vecinos en los ríos internacionales; cercenando el turismo veraniego; dificultando sus importaciones; demorando dragados en el Río de la Plata; no autorizando la construcción de puertos uruguayos sobre la costa del río Uruguay, etc… Toda excusa fue en rigor buena para golpear a nuestros vecinos, sin aceptar que hubo daño causado por lo que estábamos haciendo. El viejo rencor peronista a nuestro esencialmente liberal y cumplidor vecino oriental volvió a florecer. Intensamente. Tabaré Vázquez, ante la agresión, simplemente se plantó con dignidad. No dejó nunca que le pasaran por encima. Su sucesor, el ineficaz José “Pepe” Mujica, en cambio se resignó a su (mala) suerte. Y se acercó al Brasil, dejándonos de lado. Por impredecibles, por lo menos. Pero lo cierto es que nuestra presidenta, con sus políticas erráticas, que con frecuencia tienen efectos distintos de los pretendidos, también subsidió generosamente a algunos de nuestros vecinos. Sin darse cuenta, quizás. Esto y no otra cosa es lo recientemente ocurrido en nuestra frontera. Hemos subsidiado –fuerte– a los consumidores uruguayos. Les hemos puesto a disposición (en la Argentina, claro está) mercaderías y alimentos a precios realmente de liquidación. De regalo o de remate. Esto y no otra cosa es lo que estuvo detrás del verdadero aluvión uruguayo, que acaba de terminar. El que aprovechó la enorme diferencia de cambio, a su favor. En el primer semestre del 2013, el flujo de visitantes orientales a nuestro país se incrementó en un 45%, comparado con el del año pasado. Doscientas mil personas más que el año anterior nos visitaron. De compras, por lo general. Ellas gastaron en la Argentina algo más de 212 millones de dólares, esto es el 62% del gasto uruguayo total en turismo. El “cepo cambiario” que debimos instrumentar apresuradamente para tratar de evitar la fuga imparable de capitales derivada de la incertidumbre y el pesimismo en los que nos empantanó el kirchnerismo y la consiguiente “brecha” entre los distintos tipos de cambio, favorecieron claramente a los uruguayos. Y vinieron, en tropel. Hasta comienzos de abril pasado, ciudades como Colón o la quejosa Gualeguaychú se llenaron de “bagalleros”. Los consumidores de Paysandú o Fray Bentos masticaron alimentos argentinos por un buen rato. Eran significativamente más baratos que los similares de su propia producción nacional. Hasta que el Uruguay cerró las puertas a esta locura. Para defender a sus productores. Pese a que lo que sucedía, es cierto, ayudó a bajar una inflación oriental incipiente, presionando a la baja a los precios de los alimentos orientales. En una suerte de contrapeso parcial, Punta del Este (para los argentinos, una opción cara) perdió turistas argentinos. Casi un 9%, en los dos últimos años. Pero los visitantes a la más gasolera Colonia y a las opciones termales del litoral uruguayo se incrementaron. Todo esto con independencia y con anterioridad al episodio ya cerrado del “dólar Colonia”, otra dispendiosa locura provocada por la administración económica nacional. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional.