Vecinos y divididos
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
Una nota de “El País” madrileño tiene como título “Nogales, al norte de México, vive el drama de quienes tratan de cruzar a EE. UU.”. El artículo relata la vida penosa de ese pueblo fronterizo que es el tercer municipio mexicano por el que Estados Unidos deporta a más migrantes: 450 al día, unos 5.000 a la semana, más de 20.000 al mes, alrededor de un cuarto de millón al año. El municipio se divide entre los dos países, la parte sur es Sonora, México; la parte norte es Arizona, Estados Unidos. Cortándolas pasa el imponente muro de barrotes de acero que recorre 9.000 kilómetros de frontera y fue construido en los últimos años por los norteamericanos para frenar indocumentados. El escenario de Nogales fue proyectado al conocimiento del mundo el año pasado porque es el que da ejemplo inicial a la tesis del best seller “Why Nations Fails” (Por qué fracasan las naciones) de Acemoglu-Robinson. El primer capítulo del libro está dedicado a la comparación entre las dos mitades de lo que es esencialmente la misma ciudad. En la Nogales estadounidense el ingreso per cápita promedia los 30.000 dólares, la mayoría de los adultos tiene el bachillerato, la salud y la expectativa de vida son confortables, los servicios públicos y las comunicaciones siguen estándares nacionales y son óptimas la seguridad y la tranquilidad de convivencia. Impera la democracia, no hay corrupción y rigen la ley y el orden. Al sur de la línea divisoria las cosas son diferentes. Aunque los residentes en Nogales, Sonora, viven en una parte relativamente próspera de México, el ingreso promedio de un hogar es de una tercera parte del que poseen los de Nogales, Arizona. La mayoría de los adultos tiene apenas escuela primaria y muchos niños no tienen ninguna. No hay salud ni expectativa de vida comparable con la del norte. Las comunicaciones son peores y los servicios muy deficientes. Los delitos y las coimas menudean. Hay ineficiencia administrativa endémica y un control político del PRI (Partido Revolucionario Institucional) ejemplo de corrupción y clientelismo. Aunque el ambiente geográfico es idéntico en ambos lados de la cerca y la configuración étnica la misma, las razones que los autores del libro encuentran para las diferencias entre las dos Nogales serían (hay críticos sobre ello) las que existen entre las instituciones políticas y económicas de México y Estados Unidos, radicadas en la manera en que se formaron desde el período colonial. Este ejemplo introduce en pequeña escala el asunto del libro, la tesis central de “Why Nations Fail”. El poder, la prosperidad y la pobreza varían enormemente en el mundo. Noruega, el país más rico, lo es 460 veces más que Burundi, el más pobre (un ingreso promedio per cápita de 84,200 dólares frente a 170 respectivamente). En un capítulo sobre los orígenes históricos de la prosperidad y la pobreza de las naciones, los autores presentan su teoría sobre por qué algunas son prósperas mientras otras fracasan y son pobres. Según ellos, los países exitosos son los que han desarrollado instituciones económicas y políticas “inclusivas”. Éstas refuerzan los derechos de propiedad, crean un nivel de intercambio y alientan inversiones en nuevas tecnologías y habilidades. Las instituciones políticas distribuyen el poder de manera pluralista, al mismo tiempo que gozan de la centralización necesaria para garantizar la ley y el orden. Opuestamente, los países fracasan porque mantienen instituciones económicas “extractivas”, sinérgicamente ligadas a instituciones políticas concentradoras de poder en manos de pocos, que así tienen incentivo para mantener el “status quo” en la economía. Ampliando el ejemplo de Nogales a un análisis a nivel país y recurriendo a un texto histórico conocido, aparece claro que el atraso relativo de México reconoce el factor político como estructural. Las últimas páginas de “Orígenes de la inestabilidad de la temprana República de México” (1991) de Donald Stevens aluden a una de las tantas dictaduras, la que se conoce como “El Porfiriato”. Son ilustrativas varias frases de su inspirador, Porfirio Díaz (1854-1915), tres veces presidente. Una de ellas fue el eslogan que utilizó en la campaña que le dio su último triunfo electoral, el de 1884. Expresaba: “Sufragio efectivo. No reelección”. Por supuesto, incumplió la promesa. Reelecto, fue presidente –¡por más de veinte años!– hasta 1911. Un diario comentó irónicamente aquel primer eslogan electoralista autenticándolo con la inserción de una coma: “Sufragio efectivo no, reelección”. La otra frase del general ocurrió en 1912 y es la más célebre entre las suyas: “¡Pobre México! Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!”. Esta queja nos devuelve al tema de la migración, precisamente el que motiva la nota del diario español aludida al principio, un problema que, en el fondo y en la línea de la tesis Acemoglu-Robinson, sería una consecuencia del fracaso histórico del país emisor. Sigue siendo uno de los conflictivos entre los dos países, una aguda espina en la conciencia de los dos. Los datos demográficos son expresivos: en el 2009 ya vivían en EE. UU., entre naturales y descendientes, 31.000.000 de mexicanos, un 10% de la población total. La mayoría se registraba en estados como Texas, California, Arizona, Nueva México, Utah y Nevada, que están precisamente en los territorios que México debió ceder luego de la guerra de 1846-1848, con la que perdió la mitad de su territorio. La inmigración masiva de mexicanos al territorio de Estados Unidos fue un tema central de “Who Are We? The Challenges to America’s National Identity” (¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional americana), un libro de Samuel Huntington del 2004. Una síntesis de este libro tremendista (por no decir xenófobo) expresaba preocupación y anunciaba problemas. Refería que la persistente penetración de inmigrantes hispánicos amenazaba con dividir a Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos idiomas. Algo, diríamos, como el ejemplo de Nogales. “Diferentemente de los antiguos grupos inmigratorios, los mexicanos no se han asimilado a la corriente principal de la cultura estadounidense fundando, al contrario, sus propios enclaves políticos y lingüísticos desde Los Ángeles a Miami y rechazando los valores anglo-protestantes que construyeron el ‘sueño americano’”. (*) Doctor en Filosofía