De Cipolletti al sueño del Mundial: desde una carta sorpresa para los chicos, hasta la emoción de un gol de Messi
Paula Barria viajó a Estados Unidos junto a su pareja y sus hijos de 9 y 4 años para cumplir un sueño que durante años creyó imposible. Las horas de espera para conseguir entradas, la carta sorpresa para los chicos, el himno cantado a miles de kilómetros de casa y la emoción de ver a la Selección desde la tribuna argentina.

Hay sueños que permanecen durante años en un rincón de la memoria. No desaparecen, pero tampoco llegan a convertirse en un plan. Se parecen más a una imagen, a un deseo que se guarda en silencio porque parecen imposibles. Hay sueños individuales y hay otros que se comparten, que atraviesan generaciones y son parte de una identidad colectiva: como ver a la Selección en un Mundial. Paula Joaquín, Thiago y Gianluca lo alcanzaron y cuentan esta historia para que todos puedan vivirla, aunque sea por un rato, porque la pasión por la celeste y blanca es un sello que une y la invitación permanente a seguir soñando.
«Era un sueño de toda la vida, de esos que ni siquiera planificás porque te parece que no los vas a poder hacer nunca», cuenta desde Estados Unidos, todavía atravesada por la emoción. Paula vive en Cipolletti y tiene una agencia de viajes llamada Travel Me (@travelmearg), desde donde diseña itinerarios y experiencias para otros viajeros. Sin embargo, organizar este viaje tenía una dimensión distinta. No se trataba solo de reservar vuelos y hoteles: había que transformar una ilusión familiar en una experiencia real.
La decisión empezó a tomar forma el año pasado. La posibilidad de viajar apareció en un momento oportuno y, casi sin darse cuenta, comenzaron a pensar en la logística, costos y opciones. La ventaja era que los cuatro ya tenían visa para ingresar a Estados Unidos, un requisito que les permitía avanzar con cierta tranquilidad. «Lo empezamos a pensar y dijimos: probemos y veamos. Estados Unidos es un destino que tiene muchísimo. No es solamente venir a ver un partido. La idea fue aprovechar la experiencia y combinar el Mundial con otros lugares», explica.
El mayor obstáculo apareció cuando llegó el momento de conseguir las entradas. Paula comenzó a buscarlas por los canales oficiales de la FIFA y eso implicó una prueba de paciencia que se extendió durante meses. Mientras ellos resolvían la parte más compleja del viaje, decidieron mantener el secreto para los chicos. La ansiedad ya era suficiente entre los adultos. Recién un mes antes de la partida sintieron que había llegado el momento de compartir la noticia y permitirles empezar a vivir la previa.
«Les escribimos una carta para que la leyeran juntos. Al más grande le coincidía con la promesa de la bandera y le explicamos que, a cambio, iba a cantar el himno con miles de personas. Él juega en el Club Cipolletti y le encanta el fútbol, así que le dijimos que iba a poder aprender viendo a Messi, a Julián y a todos los muchachos. Y ahí la emoción fue completa, no lo podían creer», cuenta.
Cuando supieron en qué ciudades jugaría la Selección, diseñó el viaje. La idea era aprovechar la oportunidad para conocer distintos destinos y, al mismo tiempo, optimizar el presupuesto. Después de comparar precios, descubrieron que resultaba más económico volar a Chicago y regresar desde Orlando. En Chicago, pasaron dos noches y casi tres días completos recorriendo una ciudad que los sorprendió por completo. «Nos quedamos enloquecidos, es una ciudad hermosa», resume Paula. Desde allí tomaron vuelos internos en aerolíneas low cost para continuar el recorrido.
La dimensión de la experiencia apareció cuando aterrizaron en Kansas. En Chicago, donde habían hecho una escala previa, el Mundial todavía parecía un evento lejano. Sin embargo, al llegar a la ciudad sede del partido, la atmósfera cambió por completo. Las calles estaban cubiertas de camisetas, los negocios habían decorado sus vidrieras con motivos futboleros y los bares transmitían partidos a toda hora.
«En el aeropuerto ya empezás a darte cuenta de que es real. Se te pone la piel de gallina porque ves gente con camisetas de todos los países y entendés que estás viviendo algo que soñaste durante años. Lo que más nos llamó la atención fue que salías a la calle y había más camisetas argentinas que de cualquier otro país. Muchas veces te cruzabas con alguien con la camiseta de la Selección, le hablabas en español y te respondía en inglés, en chino en coreano. Después descubrís que son personas de otros países fanáticos de Messi», relata.
La visita al Fan Fest fue la primera gran inmersión en el clima mundialista. Allí encontraron pantallas gigantes, puestos gastronómicos, espacios de marcas, juegos para los chicos y largas filas para casi cualquier actividad. El calor, sumado a la cantidad de gente, convertía cada recorrido en una prueba de paciencia.
«Adentro estaban pasando otros partidos en una pantalla gigante y había muchísimos puestos para comer, comprar cosas y participar de actividades. A los chicos les pintaban la cara, les daban tatuajes y les sacaban fotos. Había un lugar donde hacían pulseritas gratis, pero la fila era de dos horas y era imposible. Todo estaba pensado para que la gente viviera el Mundial más allá del partido», cuenta.
La logística para llegar al estadio fue otro desafío. Existía un servicio especial de colectivos, pero las demoras y las filas interminables los hicieron cambiar de plan. Querían llegar temprano, recorrer los alrededores del estadio y absorber esa energía previa. «Había colectivos que te llevaban y te traían, pero había que reservarlos con tiempo y las filas eran eternas. Nosotros queríamos llegar con tiempo y nos tomamos un servicio similar a Uber y fue la mejor decisión porque mucha gente terminó llegando tarde», recuerda.
El ingreso al estadio no estuvo exento de complicaciones. Las filas se transformaron en un embudo de personas, el calor aumentó y la organización no logró contener el volumen de hinchas que se acumulaba en los accesos. Sin embargo, una vez que cruzaron los molinetes, todo lo anterior perdió importancia.
«La cancha es divina. Nosotros teníamos entradas detrás del arco y ahí se concentró toda la hinchada argentina. No importaba dónde les tocara el asiento: todo el mundo terminaba en el mismo lugar. Aunque algunos sectores estaban vacíos, atrás del arco no entraba nadie. Nadie se sentó, todos cantaban, saltaban y alentaban», describe.
La emoción más fuerte llegó cuando sonó el himno. Paula todavía busca las palabras para explicar ese instante en el que miles de voces se unieron a miles de kilómetros de casa. A su lado estaban sus hijos, abrazados a la camiseta argentina y mirando el campo de juego con una mezcla de asombro y nervios. «Ahí sentí todo lo que habíamos hecho para llegar hasta ese lugar, se te pone la piel de gallina, la emoción es muy fuerte», dice.
Los goles terminaron de convertir la experiencia en un recuerdo imborrable. Cuando Messi marcó el primero, la familia se miró sin necesidad de decir demasiado. En ese instante encontraron la respuesta a todas las dudas, los gastos y los meses de preparación. «Nos miramos entre todos y dijimos: valió la pena», asegura.
Hubo, además, una escena que sus hijos seguramente recordarán durante toda la vida. En un momento del partido pudieron bajar hasta el borde de la cancha y quedaron a pocos metros de Emiliano Martínez. El arquero estaba tan cerca que podían filmarlo con el celular y seguir cada uno de sus movimientos. «Estábamos ahí, al lado del Dibu, sacando fotos y filmando. Después me decían que les dolía la panza de los nervios. Estaban enloquecidos», cuenta.
Cuando el partido terminó, nadie quería abandonar el estadio. La gente seguía cantando, abrazándose y estirando esos últimos minutos de felicidad compartida. La salida fue más ordenada que el ingreso, pero la sensación era la misma para todos: nadie quería que la noche terminara. «Te quedás un rato más porque sabés que estás viviendo algo único. Nosotros ahora seguimos viaje y nos vamos a Dallas para ver el próximo partido. El tercero no lo vamos a poder ver, pero ya está. El sueño se cumplió», concluye.
Cuando regresen a Cipolletti, la rutina volverá a ocupar su lugar. Habrá que retomar la escuela, el trabajo. Sin embargo, algo cambió en la memoria familiar. Porque a veces los sueños más grandes no son los que se cumplen en soledad, sino los que se comparten. Y porque, después de cantar un himno junto a sus hijos y celebrar un gol de Messi en una tribuna repleta de argentinos, Paula descubrió que algunos deseos tardan en hacerse realidad, pero la espera vale cada segundo.
Planificar el viaje al Mundial 2026
Una vez que se confirmaron las sedes de los partidos, Paula y su familia empezaron a diseñar un viaje que fuera mucho más que una escapada mundialista. Para optimizar el presupuesto, eligieron una estrategia habitual entre los viajeros frecuentes: ingresar a Estados Unidos por una ciudad y regresar desde otra. «Nos salía mucho más barato volar a Chicago y volver desde Orlando», explica. Pasaron dos noches en Chicago, una ciudad que los sorprendió por completo, y desde allí continuaron el recorrido hacia Kansas, donde se quedaron cuatro noches para vivir la experiencia del Mundial.
Todos los traslados internos los organizaron con aerolíneas low cost. Eligieron Southwest, una de las compañías más utilizadas para moverse dentro de Estados Unidos. «Es espectacular. Para ser una low cost tiene un servicio buenísimo: te dan un snack, incluye el equipaje de mano y es súper puntual», destaca Paula. Después de Kansas viajarán a Dallas para ver el segundo partido de la Selección y, como el alojamiento allí elevaba demasiado el presupuesto, decidieron cambiar los planes.
«Como ya se nos iba bastante el presupuesto y eran muchos días en Dallas, preferimos irnos después a Orlando y hacer unos días de Disney con los chicos», cuenta. También priorizaron hoteles céntricos antes que alquileres temporarios, para evitar gastos extra en transporte y poder moverse caminando. «Primero miramos en Airbnb, pero no siempre es mas barato, hay que mirar bien. Estos hoteles son sencillos, dan desayuno, tiene un lugar donde estar y la verdad los conseguimos más baratos».
Cuánto cuesta comer durante el Mundial en Estados Unidos: consejos
- En restaurantes informales o hamburgueserías, una familia de cuatro personas puede gastar entre 50 y 60 dólares por comida.
- Las opciones individuales son muy variadas: se pueden encontrar comidas rápidas desde 6 o 7 dólares, mientras que un plato más elaborado ronda entre 15 y 20 dólares.
- Para ahorrar, una buena alternativa es comprar comida preparada en supermercados. Hay bandejas listas para calentar en microondas con carne o pollo por alrededor de 14 dólares.
- También existen opciones más económicas, como platos preparados, arroz, fideos o sopas instantáneas que cuestan entre 2 y 6 dólares.
- Una gaseosa o una botella de agua en un restaurante cuesta entre 3,50 y 4 dólares, mientras que en el supermercado se consigue por alrededor de 1 dólar.
- Los dispensers de agua gratuita están disponibles en muchos espacios públicos, una opción que permite reducir gastos diarios.
- Los productos oficiales del Mundial y todo lo que se vende dentro de los estadios tienen precios muy altos.
- En las canchas no está permitido ingresar con bebidas. Una gaseosa puede costar alrededor de 11 dólares, mientras que una cerveza supera los 20 dólares
Volaron con la aerolínea Arajet.
Paula sigue compartiendo el viaje en @travelmearg
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