De Córdoba a Canadá en moto: rutas, fronteras y el sueño de ver a la Selección

Hugo Luciano Lattanzi partió en moto desde su casa y atravesó América hasta llegar a Canadá. Fueron dos meses y medio de rutas, fronteras, paisajes, Mundial y reencuentros con una parte de su propia historia.

Rodar por la mítica Ruta 66: paisajes infinitos.

La idea apareció frente a una pantalla, en videos de viajeros que se animaban a llegar hasta Alaska. No había una planificación de años ni una promesa hecha. Simplemente empezó a rondarle la cabeza una pregunta. “Empecé a ver videos de viajeros que se iban hasta Alaska y pensé: ‘¿por qué no?’”. Después vino una conversación casual con un amigo que, lejos de desalentarlo, se sumó a la idea: “Ah, yo también me quiero ir a Alaska”.

Con Gustavo Ghione hablaron de fechas, hicieron cuentas y eligieron un punto de partida. Finalmente, salió el 14 de marzo desde Camilo Aldao, en el sudeste de Córdoba. Pasó a buscar a su compañero por Marcos Juárez y pusieron las motos rumbo al norte. No era su primera experiencia viajando largas distancias. “A mí siempre me gustó viajar, manejar y conocer. En todas sus formas: vehículo, camioneta, lo que sea, pero esta fue la primera vez que hice un viaje así en moto”, cuenta.

No tenía obsesión por llegar rápido ni por tachar destinos de una lista. Prefería que el camino también fuera parte del viaje. “Me gusta recorrer. Yo quería conocer el camino, no es lo mismo volarlo que viajarlo. El camino te muestra otra cosa”, explica. Antes de salir, también buscó consejos entre quienes ya habían hecho algo parecido.

La primera escala fue Termas de Río Hondo, al día siguiente llegaron a Purmamarca y desde allí cruzaron a Chile por el Paso de Jama. El paisaje empezó a cambiar y también aparecieron los primeros aprendizajes. Uno de ellos fue burocrático y estuvo relacionado con la elección de la frontera. Al salir de Argentina hacia Chile, un país que no integra el Mercosur, quedaron sujetos a un límite de 90 días para regresar. “Tuvimos que hacer todos los trámites legales y mandar una nota para pedir una extensión”, recuerda. Para otros motoviajeros, quedó una recomendación concreta: “Si hubiésemos salido por algún país del Mercosur, eso no pasaba”.

Después del cruce llegó Atacama, con sus paisajes secos y una sucesión de pueblos y destinos turísticos que les mostraron una cara de Sudamérica que no esperaban. “Había muchos extranjeros y un ambiente bastante hippie que nosotros no conocíamos”, recuerda. Desde allí continuaron hacia Perú, principalmente por la costa, donde volvieron a encontrarse con el desierto, aunque interrumpido por valles de una belleza distinta.

La ruta era larga y las horas sobre la moto también. Para hacerlas más llevaderas, viajaban intercomunicados a través de los cascos. Eso les permitía conversar mientras avanzaban, comentar los paisajes, hacer chistes, escuchar música y compartir las pequeñas cosas. “Después de tantas horas de viaje, está bueno tener con quién hablar”, dice.

En Ecuador apareció uno de los primeros grandes imprevistos. Cuando quisieron atravesar un paso fronterizo descubrieron que estaba cerrado y, para complicar todavía más la situación, la gente de la zona no parecía tener información clara. “Estábamos a apenas 30 o 40 kilómetros del paso y nadie sabía informarnos bien”, cuenta. Tuvieron que volver hacia la costa y buscar otra alternativa para ingresar. Les explicaron que el cierre estaba relacionado con la situación migratoria venezolana.

En Ecuador la infraestructura sorprendió. “Todo era mucho más limpio y prolijo y las rutas estaban impecables. Eso fue algo que nos llamó mucho la atención”. También comparó esa experiencia con la realidad argentina: “Desde Chile hasta Ecuador encontramos rutas muy buenas. En Argentina, lamentablemente, tenemos las rutas detonadas”.

Quito fue otro de los puntos que disfrutaron, una ciudad que les resultó especialmente atractiva dentro del recorrido. Pero viajar durante semanas también significa acostumbrarse a resolver sobre la marcha. No siempre había restaurantes, podían pagar con tarjeta o tenían efectivo de la moneda local.

Entre Quito y Bogotá llegaron algunos de los paisajes que más lo sorprendieron. La ruta atravesaba montañas y valles que parecían pertenecer a otro continente. “No conozco Suiza, pero para que tengas una idea, había lugares que parecían”, recuerda. Después llegó Colombia y con ella una frontera que les demandó paciencia. Los trámites migratorios fueron largos y engorrosos y terminaron demorando alrededor de tres horas.

Cuando pudieron cruzar, ya era de noche. Fue entonces cuando apareció una de esas escenas que difícilmente se pueden programar. Cerca del paso descubrieron una iglesia ubicada en medio de un valle, junto a un puente y un río. El paisaje los obligó a detenerse, aunque el día ya había terminado. Finalmente llegaron a un pueblo llamado Tarifa y encontraron alojamiento en un lugar inesperado: un convento.

“Cosas que pasan en los viajes”, cuenta entre risas. No había monjas ni huéspedes. Solo estaba la persona encargada de cuidar el lugar. “Había un silencio importante, pero al otro día salió todo perfecto. Dormimos bien, descansamos y seguimos viaje”.

Llegaron a Cali, donde realizaron el primer servicio de la moto, y continuaron hasta Bogotá. Allí los esperaba uno de los grandes obstáculos de la travesía: el Tapón del Darién, esa enorme interrupción entre Colombia y Panamá que obliga a los viajeros a buscar una alternativa al camino terrestre. Para ellos, la opción fue el avión. La moto viajó como carga y ellos fueron detrás.

Centroamérica apareció entonces como una cadena de países y fronteras: Panamá, Costa Rica, Honduras, Nicaragua y Guatemala. El plan seguía existiendo, pero cada vez tenía más espacio para la improvisación. En Honduras, por ejemplo, entraron en una zona que no tenían prevista y encontraron una playa que los sorprendió. En lugar de seguir, decidieron parar. “Muchas cosas iban saliendo así durante el viaje. Si algo nos sorprendía y nos gustaba, lo aprovechábamos”.

Adrenalina pura en Guatemala entre caminos de ripio, selva y desvíos inesperados.

Guatemala les dio otra lección. Un nuevo paso cerrado los obligó a cambiar el recorrido y los llevó por una zona montañosa y pedregosa. El camino se volvió incómodo para las motos, cargadas con todos los bolsos, y en medio de ese tramo llegó la primera caída. Por suerte, estaban casi detenidos y ninguno sufrió lesiones importantes.

La aventura guatemalteca sumó además carteles que advertían sobre lagunas y zonas con cocodrilos. En un viaje así, cualquier detalle puede cambiar la percepción del camino. “Eso también le ponía un poquito más de adrenalina al viaje”, admite. Finalmente llegaron a un pequeño pueblo y pudieron volver a la ruta después de atravesar varios tramos de ripio. Pero Guatemala todavía les guardaba un último recuerdo: los lomos de burro. “Te juro que nunca vi semejante cantidad”, cuenta.

Después llegó México, enorme y diverso, con un recorrido que los llevó por Chiapas, Oaxaca, Ciudad de México, Guadalajara y la zona de Mazatlán. En Chiapas encontraron una región de mucha vegetación y paisajes completamente diferentes a los que venían atravesando. Habían escuchado historias relacionadas con la guerrilla y algunas zonas consideradas complicadas, pero durante el día no sintieron inseguridad. “Nosotros no sentimos inseguridad viajando de día”, cuenta.

México también comenzó a mezclar la ruta con el Mundial. El calendario de la Selección argentina se había convertido en una referencia para organizar los tiempos. Mientras avanzaban hacia el norte, Hugo sabía que tenía una fecha límite: el 7 de julio. Ya tenía entradas para ver a Argentina-Egipto. En Ciudad de México se veía algo de movimiento, pero lejos de la fiebre que acompañaba al fútbol en Argentina. “En los estados prácticamente no había clima de Mundial”, cuenta.

La situación se volvió todavía más curiosa cuando cruzaron por la zona de Mazatlán y subieron a un ferry. Allí, arriba del barco, vieron el primer partido de la Selección durante el viaje. “Encontrabas gente que conocía el nombre Messi, pero no sabía dónde jugaba ni mucho sobre él”. Para un argentino que venía recorriendo miles de kilómetros con el Mundial como parte de su itinerario, la diferencia cultural resultaba llamativa.

La ruta continuó hacia Baja California, una región que ya había visto muchas veces sin haber estado nunca allí. El desierto mexicano aparecía ahora frente a sus ojos, mezclado con playas y una península que protegía las costas de las olas del Pacífico. “Es una región desértica, pero también tiene playas muy lindas”, describe. El agua estaba fría, pero el calor hacía que eso dejara de importar. “Nos bañamos y la verdad es que se disfrutaba muchísimo”.


Encuentros y rubo a la celeste y blanca


Llegaron a Cabo San Lucas, en la punta de la península, y desde allí comenzaron a subir nuevamente hacia el norte. El próximo gran punto del recorrido era Los Ángeles. Antes de llegar apareció otra de esas casualidades que parecen imposibles cuando se cuentan después: un argentino que llevaba años viviendo en Estados Unidos, muy conocido entre los motoviajeros, y que además era oriundo de un pueblo ubicado a apenas unos 20 kilómetros de donde Hugo vive en Córdoba.

El hombre tiene una vinería y una colección de motos que parece hecha para convertirse en parada obligada de cualquier viajero sobre dos ruedas. “Creo que tiene más de 200 motos de colección”, cuenta. “En la zona lo conocen como ‘el loco de las motos’”. Ellos se quedaron tres días y recibieron una atención que recuerdan especialmente. Para entonces ya llevaban aproximadamente un mes y diez días de viaje y ahí se sumó Diego otro amigo de Córdoba.

La ruta hacia el Gran Cañón del Colorado.

El recorrido estaba a punto de entrar en otra etapa: Estados Unidos, los grandes parques nacionales, el Mundial. Después de dejar atrás Los Ángeles, había que elegir caminos, administrar los días y, en el caso de Hugo, cumplir con una fecha marcada en el calendario. Mientras sus compañeros mantenían el proyecto de continuar hasta Alaska, él tenía otra cita pendiente.

Desde Los Ángeles analizaron dos alternativas: continuar por la costa o internarse hacia el centro de Estados Unidos. El Gran Cañón fue una de las grandes postales de esa etapa. No se conformó con observarlo desde los miradores y decidió sobrevolarlo en helicóptero. “Desde la orilla ves una parte, pero cuando lo sobrevolás tenés una perspectiva mucho más amplia”, cuenta. Después apareció en el recorrido un lugar que ni siquiera estaba entre los planes originales: el Arches National Park, en Utah, recomendado por alguien que conocieron durante el viaje.

También llegó la clásica fotografía en el paisaje donde se filmó Forrest Gump, el lugar donde el personaje decide dejar de correr. “Es una parada clásica ahí en esa ruta. Mucha gente se saca la foto y nosotros también sacamos la nuestra”, dice.

El fútbol como brújula: cruzando el continente con la meta fija.

Pero todavía faltaba el Mundial. Con sus dos compañeros decidieron seguir caminos diferentes. Mientras ellos mantenían el proyecto de continuar hasta Alaska, Hugo tenía que desviarse hacia Denver para dejar la moto y tomar un avión rumbo a Atlanta. Allí lo esperaban dos amigos argentinos, Emiliano y Fede, que también habían viajado para seguir a la Selección.

Denver fue entonces una estación de paso, Hugo dejó la moto en un hotel y voló hacia Atlanta. “Fui a ver el partido contra Egipto y ahí me encontré con mis dos amigos argentinos”, cuenta. El encuentro con la Selección tuvo todos los ingredientes que había ido a buscar. “Fue un partidazo. Lo dimos vuelta y, desde adentro de la cancha, parecía imposible porque los egipcios se habían cerrado y era muy difícil entrarles. Hasta que, por suerte, se dio el milagro”.

Después alquilaron un auto y emprendieron la ruta hacia Kansas, donde se disputaría el siguiente encuentro, contra Suiza. En el camino apareció algo que Hugo recuerda con una sonrisa: una enorme caravana argentina dispersa por las rutas estadounidenses. “Nos íbamos encontrando con argentinos que hacían exactamente la misma ruta”, cuenta. El partido contra Suiza marcó otra despedida. Sus amigos tenían que regresar a Argentina, mientras Hugo todavía tenía kilómetros por delante.


Seguir y descubrir en moto


Volvió a Denver, recuperó la moto y retomó el camino en soledad. La diferencia era que ahora estaba realmente solo: ya no tenía a su compañero de viaje al lado ni a los amigos del Mundial. Para mantenerse comunicado instaló Starlink en la moto.

El paisaje volvió a tomar protagonismo. Wyoming apareció como una enorme extensión de naturaleza antes de llegar a Yellowstone, con montañas, caminos abiertos y una sensación de amplitud difícil de encontrar en otros lugares. Después llegaron Grand Teton y Jackson, y finalmente Yellowstone, uno de los grandes escenarios naturales del viaje. Géiseres, aguas termales, montañas y animales salvajes aparecían alrededor de la ruta.

Después llegó nuevamente Canadá y el Parque Nacional Waterton, otra parada recomendada antes de entrar en Calgary. “Uno de mis objetivos era sí o sí pasar por Calgary, que es donde había vivido con mi familia”, cuenta Hugo. Allí había vivido en 1997, cuando tenía apenas 15 años, porque su padre había viajado a trabajar durante un año en la industria petrolera.

“Ahora tengo 44, así que 29 años después volví a la ciudad. Fui a ver la casa donde vivíamos y, por fuera, estaba idéntica. También fui a la escuela donde había estudiado”, relata. El viaje, sin buscarlo, también se había transformado en una manera de volver sobre su propia historia. Y tenía un significado diferente. “Da la casualidad de que tengo una prima viviendo en Calgary”, cuenta. Así pudo quedarse unos días, reencontrarse con familiares, conocer a los sobrinos.

Allí también vio la final del Mundial, aunque el desenlace no fue el que esperaba. “Creo que lo único que faltó para que terminara siendo redondo el viaje era esa final”, reconoce. Argentina perdió, pero para entonces la experiencia ya había superado largamente el resultado de un partido.

Desde Calgary siguió hacia Vancouver, donde volvió a encontrarse con su amigo, que había continuado el recorrido hacia Alaska. Allí comenzó la organización del regreso. Las motos debían volver en barco y ellos tenían que emprender el retorno. El 30 de julio, Hugo regresó a Argentina, después de dos meses y medio de viaje.

“Fue un sueño”, resume. Estados Unidos lo sorprendió, México también, pero quizás una de las cosas que más le quedó del viaje fueron las personas que fue encontrando en el camino. En las rutas apareció una pareja de Bahía Blanca que llevaba tres años viajando en motorhome: ocho meses por Norteamérica y cuatro meses de regreso en Argentina para visitar a la familia. En Colombia se cruzaron con venezolanos que habían estado trabajando en Ecuador y viajaban con sus hijos, empujados por una realidad completamente diferente. “Encontrás de todo en estos viajes”, dice.

También encontró solidaridad. Personas que ayudaron con la moto, que ofrecieron indicaciones, que abrieron las puertas de sus lugares o simplemente se detuvieron a dar una mano. “América es solidaria en ese sentido. En cada pueblo encontrás personas muy receptivas”, destaca. La sensación de final llegó. Había llegado a un Mundial en moto y, casi tres décadas después, había vuelto a caminar por las calles de una ciudad donde alguna vez había vivido. Y quizás por eso, cuando el viaje terminó, la pregunta ya no era cuánto faltaba para llegar. Era cuánto de todo aquello iba a quedarse para siempre en la memoria.


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