El reino del viento y el fuego: historias desde el norte neuquino, el mejor plan para un finde largo

El norte neuquino o Alto Neuquén ya no es un secreto, hace tiempo dejó de serlo. Ahora es una verdad llena de belleza que circula, que se comparte en videos que alguien filma con el celular mientras el viento le sacude la voz, en fotos que parecen retocadas pero no. Una geografía que no entra en la cabeza, que desarma cualquier idea previa de paisaje, de tradición y de cultura.
La llegada está llena de símbolos: un pabellón inmenso en el que una bandera gigante celeste y blanca marca el ingreso. Chosmalal aparece primero, con sus casas bajas, acequias y veredas anchas como puerta de entrada. El viento es protagonista, y no es un viento cualquiera, es uno que tiene nombre propio, memoria y hasta un monumento curvo en su honor, como si fuera un habitante más. A unos metros, también un cartel señala la mitad de la Ruta Nacional 40, esa línea que atraviesa el país como una columna vertebral.
El motor acelera y al comenzar a adentrarse en la geografía, de golpe, aparece él. El Domuyo no se anuncia, irrumpe. Se levanta con una presencia que ordena todo alrededor. Alguien lo llama el rey, otro dice que es el comandante de la Cordillera del Viento, pero su mayor mérito es ser el techo de la Patagonia con sus 4.709 msnm. Sobre la cumbre, una nube lenticular se queda quieta, esta mañana, como tapándolo con una manta. “Eso quiere decir que habrá viento”, dice alguien.

El paisaje empieza a cambiar sin pedir permiso. La estepa se pliega y se levanta, aparecen los primeros árboles, lengas que empiezan a dejar el verde y ensayan tonos rojizos. En la radio suena una cueca, después un aviso: “quería decirle a mi vecino Martín que a la tarde le vamos a llevar la chiva que cruzó al campo”, dice el audio.
Por senderos maravillosos
Adrián y Damián, de Rumbo Norte, reciben al grupo en Varvarco. Son de los que conocen los caminos desde antes de que fueran caminos. Crecieron ahí, cuando el norte neuquino todavía no figuraba en los mapas turísticos. A los 12 años, cuentan, decidieron subir al Domuyo sin saber bien qué buscaban. En cada aventura, de chicos, descubrieron un territorio que, entonces, no dimensionaban. Después se fueron a estudiar y, con los años, volvieron. Se reencontraron y transformaron sus andanzas en un proyecto: hoy son quienes abren esos recorridos y llevan a otros a ver, con sus propios ojos, los lugares más impactantes de la región.

Avanzan por el camino de ripio en dirección al Área Natural Protegida Domuyo. Al bajar de la camioneta, piden permiso a la gran montaña para recorrer el lugar con los ojos fijos en el cielo, y comienzan a andar.
Así caminan en fila, como hormigas, por senderos finos de la montaña que no hizo nadie: los marcaron las chivas. Esos mismos caminos que se repiten año tras año en la transhumancia, cuando los crianceros suben a las veranadas y bajan a las invernadas siguiendo el ritmo del clima.
Después de unos 20 minutos de caminata, el agua del arroyo Covunco aparece de otra forma. No corre: explota. Soplidos que salen de la tierra con fuerza, como respiraciones calientes. Los Tachos son los únicos géiseres de la Argentina y los chorros de agua alcanzan los 3 metros de altura y superan los 61 °C, dicen. Las piedras cambian de color, se tiñen de amarillos, naranjas, blancos. El Campo Geotérmico Domuyo revela que todo esto sigue vivo, que debajo hay algo que no se ve pero empuja.

Más allá, en el Cajón del Covunco, las rocas se levantan como paredes inmensas y esconden un río que corre muchos metros más abajo. Un camino sin sendero se abre hacia un mirador. Ariel cuenta que fue el más visitado en esta temporada de verano.
Hay algunas camionetas estacionadas. Se sigue a pie, entre coirones que pinchan los tobillos y obligan a mirar dónde se pisa. Y de pronto, el vacío. El cajón del río se abre abajo, profundo, como una grieta en la tierra. El guía cuenta que alguna vez pensaron en construir una pasarela para cruzar al otro lado, pero quedó en idea. Tal vez hubiera sido bueno, pero la sensación es que el paisaje no necesita nada más para imponerse.
Damián en ese mismo momento, cuenta, esta abajó, con otro grupo realizando el trekking Cajón de Covunco que consiste en ir entre esos murrallones que vemos imponentes desde arriba, caminando por el cauce; las paredes de basalto regalan escala y perspectiva. Perfecto para quienes ya caminan en montaña y buscan un reto distinto, con agua y roca.

El viento vuelve. Siempre vuelve. Y en ese soplido constante, el norte neuquino deja de ser postal para convertirse en experiencia. Algo que no se termina de explicar, pero que, una vez visto, ya no se olvida.
Cuando todos están asombrados por la naturaleza, por lo increíble de ese lugar, un cóndor sale a volar, y parece pedir que le tomen fotografías. “Se está haciendo el canchero”, dice uno mientras lo sigue con su celular. Y cuando se acerca, de golpe aparece otro y vuela a la par. Hacen una danza sobre el cielo celeste, parece un cuadro armado.
Cuando los cóndores se pierden en el cielo, porque no se van del todo, el grupo vuelve a moverse. Hay un silencio breve, como si nadie quisiera romper esa última imagen suspendida. Después sí, el crujido de las piedras bajo las zapatillas y la caminata de regreso hacia la camioneta.

El camino está salpicado de flores amarillas. No son delicadas, en el norte neuquino las flores no se entregan fácil, pinchan. Tienen espinas, textura áspera, resistencia. Hay algo en esa forma de ser que recuerda a las historias que se cuentan de las mujeres y hombres fuertes de la región. “Acá las llamamos grasa de yegua”, dice Ariel, señalando una de ellas. Y agrega, como quien comparte un secreto heredado: “para prender fuego, son estupendas”.
Belleza que quema
La camioneta arranca y el paisaje vuelve a ofrecer un nuevo menú, esta vez caliente. La aridez se repliega y aparece el verde. Villa Aguas Calientes es un oasis improbable en medio de la montaña. Algunos árboles, casas bajas del Instituto de Seguridad Social que se alquilan, y dos domos que asoman entre la vegetación. Todo parece provisorio, como si supiera que en unas semanas el invierno va a cerrar los caminos y el lugar va a quedar aislado.
“Todavía está abierto, por lo general hasta Semana Santa. Sería muy bueno, en un futuro, poder traer turistas en invierno acá. Pero con el frío esto queda solo. Las vacas llegan a buscar resguardo y cuando vuelve el calor, muchas veces aparecen muertas o hacen destrozos”, cuentan.

Hay un grupo de jubilados que ocupa una de las mesas. Música que sale de un parlante chico, risas que se superponen, un baile improvisado sobre la tierra. Llevan un disco, aceite, masa. Las tortas fritas empiezan a inflarse y el olor hace agua la boca.
Hay que caminar unos pasos, y seguir ese curso fino de agua para encontrar la meca del lugar. Allí, no corre fría, baja caliente. “Hirviendo”, dicen algunos, y exageran un poco pero no tanto. Desciende desde la montaña por un cauce pequeño de rocas y se acomoda en su lecho irregular, para jugar a dar saltos en pequeñas cascadas que forman piletas naturales, y el vapor se mezcla con el aire frío del ambiente.
Algunos se animan, pisan haciendo equilibrio entre las piedras y se meten despacio. El cuerpo tarda en entender esa temperatura en medio del clima fresco. Cuando el agua cae sobre los hombros, el gesto cambia: hay una relajación inmediata, una entrega. Los menos valientes prefieren quedarse en la orilla.

Una pareja de jubilados se acomoda en un banco de madera, se sacan las zapatillas, las medias, y meten los pies “voy a ver si me cura el espolón”, dice él mientras ella larga un suspiro, mira al horizonte y lanza: “esto es increíble”.
Y el norte neuquino tiene eso: una palabra que se repite, que aparece sola, como reflejo.
“Increíble”.
Pero no en el sentido liviano, no como muletilla. Increíble como algo que no termina de creerse, como si los ojos dudaran de lo que ven. Porque eso, esas montañas, ese vapor, ese silencio, no está en todos lados. Y sin embargo está ahí, alcanza con quedarse un rato más, para entender que no hay nada que explicar. Solo mirar, aceptar y disfrutar.


El norte neuquino o Alto Neuquén ya no es un secreto, hace tiempo dejó de serlo. Ahora es una verdad llena de belleza que circula, que se comparte en videos que alguien filma con el celular mientras el viento le sacude la voz, en fotos que parecen retocadas pero no. Una geografía que no entra en la cabeza, que desarma cualquier idea previa de paisaje, de tradición y de cultura.
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