Entre el hielo y el fin del mundo: una escapada al otoño más austral que no deberías perderte

Conectadas por vuelos breves y atravesadas por paisajes que parecen de otro planeta, Ushuaia y El Calafate invitan a una escapada en temporada baja, cuando el sur se vuelve más íntimo.

Por Redacción

En Faro Les Éclaireurs el mundo parece detenerse.

En el sur, el tiempo se mide distinto: no por relojes sino por la luz, por la forma en que el sol toca la montaña o se pierde en el agua. Quizás por eso, cada vez más viajeros eligen visitar Ushuaia y El Calafate en temporada baja, cuando no están llenas de turistas y, en ese silencio, lleno de colores, muestran su mejor versión.

En marzo, según datos de la Administración Nacional de Aviación Civil Argentina, ambos aeropuertos se ubicaron entre los diez más transitados del país, confirmando algo que se siente en la calle: el sur dejó de ser un extremo lejano para convertirse en una escapada posible.

Combinar Ushuaia y El Calafate en un mismo viaje no solo es posible, sino que es una de esas decisiones que terminan definiendo una experiencia inolvidable: ambas ciudades están conectadas por vuelos regulares de poco más de una hora, lo que hace que moverse entre una y otra sea simple, cómodo y sin complicaciones.

La clave, dicen quienes conocen el sur de memoria, es armar un itinerario que combine lo mejor de cada destino: dejarse impactar primero por los glaciares monumentales de El Calafate y, apenas unos días después, caminar entre bosques australes, navegar el mítico Canal Beagle o respirar el aire filoso del “fin del mundo” en Ushuaia.


En Ushuaia


Todo ocurre entre dos fuerzas que parecen opuestas pero conviven sin conflicto: la montaña y el mar. La Cordillera de los Andes cae casi de golpe sobre el Canal Beagle y, en ese límite, se arma la escena. Navegar sus aguas no es solo una excursión: es una forma de entender el paisaje. Los lobos marinos aparecen como si nada, los cormoranes ocupan las islas y el Faro Les Éclaireurs marca ese punto exacto donde el mundo parece detenerse.

En tierra, el Parque Nacional Tierra del Fuego despliega otra Patagonia: bosques húmedos, turberas, lagos que reflejan el cielo y senderos que invitan a caminar sin destino. Mientras tanto, el viejo Tren del Fin del Mundo avanza lento, casi como si supiera que lo importante no es llegar, sino mirar.

En el Parque Nacional Tierra del Fuego los senderos que invitan a caminar sin destino.

Pero Ushuaia también guarda memoria. En el Museo Marítimo y del Presidio de Ushuaia, los pasillos angostos y las celdas abiertas construyen otra historia, más dura, donde el frío no era paisaje sino castigo.

Afuera, sobre la costanera, el casco oxidado del Saint Christopher se vuelve postal, mientras el memorial a Malvinas recuerda que la geografía también es política. Y entre una cosa y otra, aparece el gesto más contemporáneo del viaje: detenerse a mirar vidrieras, entrar a un café o perderse en el Duty Free Shop Atlántico Sur, donde el tiempo vuelve a acelerarse, aunque sea por un rato.


Más al norte: El Calafate


Aquí, el paisaje cambia de textura pero no de intensidad. El viento es más seco, la estepa se abre y el agua del Lago Argentino se vuelve protagonista. Desde ahí se entra al Parque Nacional Los Glaciares, donde el hielo no es una metáfora sino una presencia concreta. El Glaciar Perito Moreno avanza, cruje, se rompe. El sonido es seco, profundo, y obliga a quedarse quieto. Más allá, el Glaciar Spegazzini se levanta con paredes que parecen imposibles y el Glaciar Upsala se extiende como si no tuviera fin.

En la ciudad, la experiencia se vuelve más cercana. En Glaciarium, el hielo se explica, se cuenta, se vuelve historia. En la Reserva Laguna Nimez, las aves marcan otro ritmo, más lento, más atento.

El Glaciar Perito Moreno avanza, cruje, se rompe.

Y cuando el día cae, la costanera de la Bahía Redonda ofrece esa postal que todos buscan, pero que nunca es igual. En esta época, el clima comienza a refrescar gradualmente, con temperaturas en Ushuaia de 10 °C y en El Calafate rondando los 12 °C. Es una temporada ideal para quienes prefieren evitar las multitudes y disfrutar de una Patagonia más íntima.

Viajar al sur, en definitiva, no es acumular lugares sino dejarse atravesar por ellos. Entre Ushuaia y El Calafate hay miles de kilómetros y, al mismo tiempo, una misma sensación: la de estar en un borde, un borde geográfico, sí, pero también emocional.


Planificar una escapada: cuánto sale ir a Ushuaia y Calafate en otoño


Las agencias arman viajes para no preocuparse por nada y dedicarse a disfrutar. Los mejores paquetes tienen salida desde Buenos Aires en vuelo directo rumbo a El Calafate, donde te esperan tres noches con desayuno en una hostería cómoda, ideal para descansar después de recorrer glaciares y paisajes inmensos. Después seguís a Ushuaia, al sur más sur, para pasar otras tres noches en un apart con vista y moverte entre montañas, mar y excursiones únicas.

Podés mirar vidrieras, en el Duty Free Shop Atlántico Sur.

Un paquete que incluye todos los traslados, del aeropuerto al hotel y viceversa, asistencia durante el viaje y equipaje en cabina y bodega, tiene un precio final por persona de $965.983, con la posibilidad de pagarlo en 9 cuotas sin interés y aprovechar promociones.

Si vas ahora, comprobarás que el otoño suele ofrecer precios moderados y excelentes oportunidades para encontrar promociones en hoteles y excursiones, especialmente si reservas con anticipación. Esta estación es ideal para viajeros que desean maximizar calidad-precio, disfrutando experiencias únicas y una Patagonia más tranquila y personal.


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