Entre lagunas, domos y pescado frito: un paseo por el refugio tranquilo que crece sobre la Ruta 151
En Cordero y Barda del Medio glampings frente al agua, gastronomía local y la calma de los pueblos atraen cada vez a más visitantes.

Hay algo que cambia apenas uno llega a un pueblo chico. El tiempo parece ir más lento, las bocinas desaparecen y el silencio vuelve a ocupar su lugar. No hace falta correr ni mirar el reloj a cada rato. Las calles tranquilas, la gente viviendo su rutina sin apuro y el ritmo simple de los días generan una sensación difícil de encontrar en las ciudades.
En los últimos años empezó a crecer una nueva forma de descanso: escapadas cortas, cerca de las grandes ciudades, pero en contacto directo con la naturaleza. Lugares con comodidades, buena gastronomía y paisajes simples, donde el verdadero lujo parece ser la tranquilidad. En ese escenario, Cordero y Barda del Medio comenzaron a consolidarse como una opción cada vez más elegida por vecinos de Neuquén y Río Negro.
Ubicados al noroeste rionegrino, se llega por la Ruta Nacional 151, después de recorrer unos 30 kilómetros desde Neuquén y Cipolletti, o unos 70 desde General Roca. El paisaje cambia de golpe. El tránsito se vuelve más lento, aparecen las bardas y el agua del humedal empieza a dominar la escena.

En un mediodía de otoño, el movimiento se concentra alrededor de pequeños emprendimientos que crecieron al costado de la ruta. Algunos frenan en Vivero Jazmín, donde venden plantas, árboles, arbustos e insumos para jardín. Otros hacen una parada en Regionales Damián, un clásico de la zona donde siempre hay algo casero para probar o llevar.
Un poco más adelante, en el sector conocido como “El Desviador”, la laguna se roba todas las miradas. Camionetas, autos y camiones quedan estacionados bajo una inmensa arboleda. Ahí, frente al agua, muchos encuentran esa pausa que las ciudades ya no permiten.
En ese rincón funciona “Nada”, el carrito gastronómico del cocinero Nicolás Rodríguez Rey, que se convirtió en uno de los fenómenos más llamativos del lugar. La propuesta parece simple: pescado local frito, papas fritas y recetas elaboradas con productos frescos de la zona. Pero el boca en boca hizo el resto.

Trabajadores petroleros llegan al mediodía para almorzar rápido antes de volver a la ruta. Los fines de semana aparecen familias y grupos de amigos que viajan desde distintos puntos de Río Negro y Neuquén solamente para comer frente a la laguna. El plato más pedido es el pejerrey frito con papas y lactonesa casera. También ofrecen ceviches de pejerrey o perca y opciones veganas elaboradas con hongos.
Desde las mesas de “Nada” se alcanzan a ver los domos blancos de Buena Vista Glamping, otro de los emprendimientos que más creció en los últimos años.
Al entrar, Vivi recibe a los visitantes con una mezcla de calidez y entusiasmo. Junto a Marcelo, su pareja, decidieron cambiar de vida cuando su hijo se fue a estudiar a la universidad. Ella trabajaba como contadora; él, como empresario. Entonces imaginaron algo distinto: crear un espacio turístico en plena costa del humedal.

El ingreso al predio está rodeado de rosales, césped prolijo y senderos que conducen hacia los domos instalados frente al agua. Todo transmite calma. “Bienvenidos a Buenavista Glamping, un lugar donde la paz y la armonía se combinan para vivir una experiencia única”, dice Vivi mientras recorre el lugar.
El complejo cuenta con tres domos y dos departamentos totalmente equipados. Los domos tienen cama matrimonial, baño privado, kitchenette y un deck con vista directa a la laguna. Los departamentos, pensados para familias, tienen capacidad para cinco personas. Además funciona Buenavista Café, una pequeña confitería abierta todos los días, con opciones dulces y saladas para quienes llegan a pasar la tarde o quedarse el fin de semana.

La propuesta se completa con otro espacio que empezó a ganar lugar entre los vecinos: La Bodeguita Barda, ubicada sobre calle 17, cerca de la rotonda camino al Dique Ballester.
El emprendimiento abrió en febrero de 2024 y nació casi como un sueño improvisado. “Un día Sergio me dijo que quería poner un bar”, cuenta Daniela, una de las responsables del lugar. El nombre surgió inspirado en el famoso bar cubano “La Bodeguita del Medio”.

La idea inicial era abrir un bar nocturno, con cerveza tirada, tragos y luces bajas. Pero el propio movimiento del pueblo fue transformando el espacio en algo más familiar. Hoy reciben cumpleaños, reuniones y cenas de grupos grandes en un ambiente cálido y relajado. Las pizzas caseras son la especialidad de la casa, junto con pastas, minutas y comida elaborada de manera artesanal. “Detrás de cada masa y cada plato estoy yo”, dice Daniela.
Y quizás ahí esté parte del encanto de estos pueblos. Nada parece demasiado artificial. Todo ocurre a otro ritmo. Entre la laguna, las bardas y el silencio, la sensación que queda es la de haber encontrado un lugar donde todavía se puede descansar de verdad.

Otros paseos para hacer en la zona
- Dique Ballester: podés ir a la obra monumental, construida a principios del siglo XX para regar la Patagonia norte, fue la piedra de toque de los valles productivos de Río Negro.
- Podés ir al Club Obrero Dique, uno de los fundadores de la Liga Confluencia, que fue citado innumerables veces por Osvaldo Soriano en sus relatos.
- En el Museo Histórico del Riego encontrarás una buena opción para conocer y aprender. Abre de lunes a viernes de 8 a 14 y lo encontrarás al pie del dique.
Cómo llegar

- Para llegar a este lugar ubicado en la Provincia de Río Negro, debes dirigirte al kilómetro 30 de la Ruta Nacional 151, entre las localidades de Barda del Medio y Contralmirante Cordero.
- En auto desde la ciudad de Neuquén: Toma la Ruta Nacional 151 hacia el norte / noroeste. El trayecto toma aproximadamente 30 a 40 minutos en vehículo (unos 30 km en dirección a Cinco Saltos y Barda del Medio).
- Ademas del glamping, Janus ofrece dónde dormir. @janusbio. Marnes, es un plan para pasar el día en una granja. @agroturismo_marnes.

Hay algo que cambia apenas uno llega a un pueblo chico. El tiempo parece ir más lento, las bocinas desaparecen y el silencio vuelve a ocupar su lugar. No hace falta correr ni mirar el reloj a cada rato. Las calles tranquilas, la gente viviendo su rutina sin apuro y el ritmo simple de los días generan una sensación difícil de encontrar en las ciudades.
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