Viñas del Lago Pellegrini: el vino, el agua y la hospitalidad en una escapada tranquila cerca de la ciudad

Piletas entre viñedos, degustaciones, quinchos y un anfitrión que camina el predio de punta a punta. A pocos minutos del lago Pellegrini, Viñas del Lago propone pasar el día, o quedarse, en un espacio donde el turismo rural, el vino y el trato cara a cara marcan la diferencia.

Las piletas se reparten en distintos niveles del predio, pensadas para chicos, grandes y personas con movilidad reducida, con escaleras amplias y sectores de sombra natural.

El paisaje manda y, de pronto, el Lago Pellegrini aparece como un espejo calmo, rodeado de chacras, viñedos jóvenes y una tranquilidad que no se negocia. Ahí, a unos 1700 metros del lago y en tierras de Contralmirante Cordero, funciona Viñas del Lago Pellegrini, un emprendimiento que creció sin apuro, a fuerza de prueba y error, trabajo familiar y una convicción clara: recibir a la gente como si fuera de la casa.

“Esto se fue armando de a poco, aprendiendo, equivocándonos, pero hoy ves el fruto y es muy gratificante”, dice Guillermo Quilodrán, uno de los integrantes del proyecto, mientras recorre el predio sin dejar de saludar a cada visitante que se cruza.

El lugar no se piensa como un camping ni como un balneario tradicional. Es, más bien, un espacio para pasar el día, o quedarse un poco más, donde la sombra, el agua y el vino organizan la experiencia. “Tenemos lugares con mucha sombra. Hay piletas para chicos, para grandes, un hidromasaje a cielo abierto y una pileta especial para bebés. Además, contamos con parrillas, quinchos con cinco quinchos, con capacidad para 60 o 70 personas cada uno”, enumera Guillermo, casi como si hiciera un inventario mental de todo lo que fue sumando con los años.

Entre parrillas, tortas fritas recién hechas y copas de vino propio, el ritmo del día se acomoda sin apuro.

Las piletas son protagonistas. No solo por el alivio que ofrecen en verano, sino por cómo están pensadas. “Nos dimos cuenta de que las piletas más bajitas son las que más se llenan. Son cómodas para gente grande, para personas con movilidad reducida. Por eso este año vamos a hacer dos más, de 1,40 y 1,60”, cuenta. La pileta grande, en cambio, impone respeto: “Tiene dos metros de profundidad. Es linda, pero es honda, no te voy a mentir”.

La hospitalidad no se terceriza. Guillermo camina el predio todo el día. Pregunta cómo están, si falta algo, si la pasan bien. “A mí me gusta charlar con la gente. Soy el que hace mantenimiento, el que controla, el que está. No me gusta que falte nada: los baños limpios, los tachos de basura a mano, recipientes para colillas, carteles claros”, detalla. Hay reglas, cámaras y seguros, pero también algo más difícil de reglamentar: presencia constante.

“No es que entrás y arreglate solo. El turista necesita sentirse acompañado”, dice. Esa idea no es casual. Viene de un curso de turismo que hizo cuando el emprendimiento apenas tenía una pileta. “Una chica vino, vio el lugar y me dijo: ‘Tienen una mina de oro, tienen que saber explotarla’. Y nos enseñaron eso: a hablar con la gente, ofrecerle comodidad, no dejarla sola”.

El hotel completa la propuesta. Son once plazas, con cocina equipada, aire acondicionado y la posibilidad de bajar al predio durante el día. No hay carpas. “No podemos permitir acampe porque tenemos cañerías por debajo de la tierra. No se puede clavar una estaca”, aclara. A lo sumo, alguien que va de paso puede quedarse una noche, pero siempre con reglas claras.

La comida se puede pactar con un día de anticipación y se adapta a cada plan: desayuno americano o a elección, almuerzos y cenas para quienes se alojan en el hotel. El predio también cuenta con una pequeña proveduría donde se consigue desde lo imprescindible hasta lo inesperado, flotadores, aceite, azúcar, cerveza, mate, y no falta lo que muchos consideran clave: tortas fritas recién hechas, además de tragos y tostados, para acompañar la jornada.


El vino, un punto de Partida


Segundo Quilodrán, el padre de Guillermo e impulsor de este proyecto familiar, es un chileno que llegó caminando a los 18 desde Chile, hoy tiene 89 años y sigue en movimiento. Durante años trabajó en la construcción en Cipolletti y Neuquén y, al jubilarse, volcó toda su energía en levantar la chacra, sumar animales y cuidar el viñedo. Con el tiempo, el boca en boca hizo su parte y quienes llegaban a comprar vino buscaban quedarse un rato más; de esa demanda espontánea nació la idea de abrir el lugar al agroturismo, como una extensión natural de la historia y el trabajo de toda una vida.

Viñas propias, bodega propia y marca propia. Malbec, Merlot y Cabernet que ya se venden en el lugar y en comercios. “Plantamos nuestros viñedos, hicimos todo legal y hoy podemos decir que producimos nuestro vino. Eso da orgullo”, reconoce. Las degustaciones se organizan con horarios y profesionales. “No soy yo ni mi papá el que cata. Es alguien especializado. Pero papá siempre anda cerca, porque la gente quiere escucharlo, conocerlo”.

“El tema del turismo también viene porque nosotros queríamos que papá no trabaje más. Yo viajaba a Holanda, donde vive mi hermano hace más de 40 años, y dijimos: hagamos algo acá”.

El público es diverso. Familias del Alto Valle, grupos de amigos, cumpleaños grandes, eventos privados. “Hemos tenido cumpleaños de 60 personas, con asadores profesionales, todo armado. También bautismos, reuniones grandes. A veces se cierra el predio, pero siempre con acuerdo previo”, explica.

Y están los viajeros. De cerca y de lejos. “El año pasado tuvimos holandeses, españoles, gente de Italia, de Chile. Y también mucha gente de Roca, Allen, Cipolletti, Plottier. Vos lo ves en el libro de visitas”, cuenta. El libro es casi un mapa.

Segundo y Guillermo Quilodrán.

Una historia se repite cuando Guillermo habla de por qué hace lo que hace. Es de madrugada, una llamada inesperada. “Era la una de la mañana. Una pareja grande, con dos perros que iban pára Villa La Angostura. No los aceptaban en ningún hotel. Estaban en la estación de servicio de Cinco Saltos”. Guillermo se levantó, fue a buscarlos y los alojó. “Se quedaron dos semanas. Cocinaban, hacían fuego, él salía a manejar el tractor. Después nos mandaron más gente como ellos”. Hoy, Viñas del Lago Pellegrini es pet friendly, con reglas claras. “Los perros no entran a las piletas, no se les da comida, y funciona”.

El emprendimiento también mira a futuro. Guillermo habla de abrir el predio a colonias, adultos mayores, grupos que necesitan un día distinto. “Le dije al intendente de Cinco Saltos: traé gente grande, no les cobro la tarifa. Que pasen un día lindo”. La idea es simple: compartir lo que ya existe.

Los carteles de Caminos del Vino ya marcan el acceso desde la rotonda de Cinco Saltos. El camino está señalizado. El resto se descubre caminando, charlando, quedándose un rato más. “Esto no es solo piletas o vino, es desconectar”, dice Guillermo, mientras vuelve a recorrer el predio. El lago queda cerca, el viñedo crece despacio y el tiempo, parece aprender otra velocidad.

Las piletas se reparten en distintos niveles del predio, pensadas para chicos, grandes y personas con movilidad reducida, con escaleras amplias y sectores de sombra natural.

Precios y datos útiles


Entrada diaria:

Mayores: $15.000

Menores: $10.000

Incluye uso de piletas, quinchos y parrillas durante el día.

  • Alojamiento:
    Hotel con 11 plazas habilitadas, equipado con cocina, aire acondicionado y servicios completos. Tarifas a consultar según temporada.
  • Degustaciones:
    Se realizan con personal especializado. Se organizan por horario y grupo, con costo adicional.
  • Comidas:
    Se pueden encargar con anticipación (desayuno, almuerzo o cena). También hay proveeduría en el predio.
  • Ubicación:
    A 1.700 metros del lago Pellegrini, con señalización desde la rotonda de Cinco Saltos.
  • Contacto y cómo llegar:
    Información actualizada en redes sociales de Viñas del Lago Pellegrini, con video guía de acceso. Buscalos en redes sociales: @vinedosdellagopellegrini.

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