Neuquén se cubre de una nieve que no es nieve: el secreto detrás de la invasión blanca de los álamos

Cada primavera, las calles, plazas y patios de la ciudad se llenan de pequeñas fibras blancas que vuelan con el viento. Aunque muchos las asocian con las alergias, son parte de una estrategia de reproducción de los álamos que lleva millones de años de evolución.

Por Rosana Rins

No es nieve, pero se le parece. (FOTO: Gentileza)

No es nieve, pero se le parece. (FOTO: Gentileza)

Por estos días, Neuquén tiene su propia versión de una nevada. No hace falta mirar el pronóstico ni esperar que baje la temperatura: alcanza con caminar por algunas calles, pasar por una plaza o asomarse a un patio para encontrar un manto de pequeñas fibras blancas que el viento arrastra y deposita en cada rincón.

La postal se repite cada primavera y suele despertar reacciones encontradas. Para algunos tiene algo de espectáculo natural; para otros, significa barrer una y otra vez, limpiar las veredas y lidiar con una presencia que parece multiplicarse con cada ráfaga. Y las personas alérgicas lo asocian a su malestar, pero ¿será tan así?

Esa nieve que no es nieve tiene una explicación mucho más interesante que una simple molestia estacional. La pelusa de los álamos es parte de un mecanismo de reproducción que permite que sus semillas viajen por el aire y encuentren nuevos territorios donde germinar.

La Universidad Nacional del Comahue puso el foco en este fenómeno y, a partir de los aportes de Esteban Thomas, docente de la Facultad de Ciencias Agrarias e ingeniero forestal investigador y extensionista del INTA Alto Valle, explicó cómo funciona esta estrategia natural.

Una tecnología natural para viajar con el viento

Aunque a simple vista todos los álamos parecen participar de esta particular nevada, no es así. Solamente los ejemplares femeninos producen los frutos que, al madurar durante la primavera, liberan miles de semillas recubiertas por fibras algodonosas.

Esas fibras son las conocidas pelusas. Su función no es decorativa ni accidental: actúan como pequeñas estructuras de transporte que permiten que el viento lleve las semillas a grandes distancias.

El objetivo es encontrar un ambiente con suficiente humedad para que puedan germinar y dar origen a nuevos ejemplares. De esta manera, lo que en la ciudad se percibe como una invasión blanca es, en realidad, una operación de dispersión de semillas.

Cada pequeño copo que flota en el aire lleva consigo la posibilidad de que un árbol encuentre un nuevo lugar para crecer. Una estrategia que la naturaleza perfeccionó durante millones de años y que ocurre todos los años frente a los ojos de los habitantes de la región.

Por qué este año llegó más tarde

La aparición de la pelusa también está vinculada con las condiciones del tiempo. No todos los años el fenómeno comienza en la misma fecha ni tiene la misma intensidad.

Según explicaron los profesionales de la UNCo, las lluvias frecuentes, la menor radiación solar y las temperaturas moderadas que se registraron durante buena parte de octubre demoraron la apertura de los frutos femeninos. Por eso, la dispersión de las semillas comenzó varios días después de lo habitual.

El episodio permite observar cómo los ciclos biológicos de los árboles responden a las condiciones ambientales. Incluso un proceso que parece tan previsible como la aparición de las pelusas puede modificarse cuando cambian la temperatura, la humedad y la cantidad de luz solar.

De las chacras a las calles de Neuquén

La presencia de álamos en el paisaje del Alto Valle no es casual. Durante buena parte del siglo XX, estos árboles fueron incorporados a la región por su utilidad productiva y ambiental.

Su rápido crecimiento y su capacidad de adaptarse a las condiciones climáticas los convirtieron en una alternativa para formar cortinas forestales, proteger los cultivos frutícolas del viento, contener procesos erosivos y producir madera.

Con el crecimiento de las ciudades, muchos de esos ejemplares quedaron integrados al paisaje urbano, en parques, calles y espacios verdes.

Así, una especie vinculada históricamente con la actividad productiva regional terminó formando parte de la vida cotidiana de Neuquén. La misma estructura vegetal que nació como protección para las chacras hoy también define una postal característica de la primavera en la ciudad.

¿La pelusa provoca alergia?

Es una de las preguntas que aparecen cada vez que las fibras blancas empiezan a volar. Muchas personas relacionan directamente su presencia con los estornudos, la picazón y las molestias respiratorias propias de esta época.

Sin embargo, la pelusa no suele ser el principal agente responsable de las alergias. El fenómeno coincide con un período en el que también circulan pólenes, esporas y otras partículas microscópicas presentes en el ambiente.

Esa coincidencia temporal puede llevar a atribuirle a las fibras algodonosas síntomas que tienen otro origen. Por eso, aunque su presencia resulte molesta, no necesariamente son ellas las que desencadenan las reacciones alérgicas.

Álamos sin pelusa: una alternativa para el futuro

El fenómeno también abre una discusión sobre qué especies conviene incorporar en las forestaciones urbanas y productivas.

En ese sentido, Thomas destacó que existen nuevos clones de álamos y sauces masculinos que no producen pelusa. Estos ejemplares pueden utilizarse para formar cortinas rompevientos, proteger cultivos frutícolas y vitivinícolas y desarrollar macizos forestales destinados a la producción de madera, postes y biomasa.

La alternativa permite pensar en forestaciones que mantengan los beneficios ambientales y productivos de estas especies, pero que reduzcan la presencia de fibras durante la primavera.

Mientras tanto, la ciudad seguirá conviviendo con su particular nevada. Una postal que puede resultar incómoda, pero que también recuerda que, incluso en medio del cemento, el tránsito y la rutina urbana, la naturaleza mantiene sus propios tiempos y despliega estrategias sorprendentes para perpetuarse.


Por estos días, Neuquén tiene su propia versión de una nevada. No hace falta mirar el pronóstico ni esperar que baje la temperatura: alcanza con caminar por algunas calles, pasar por una plaza o asomarse a un patio para encontrar un manto de pequeñas fibras blancas que el viento arrastra y deposita en cada rincón.

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