Quién fue César Pelli, el genio argentino detrás del rascacielos más alto de Sudamérica en Chile

De Tucumán para el mundo: la historia de superación y visión de un hombre que no solo diseñó edificios, sino que redefinió el horizonte de las grandes capitales, convirtiendo el acero y el cristal en un símbolo de progreso para todo el continente.

César Pelli: arquitecto argentino detrás de la torre más alta de Sudamérica que está en Chile.

Hace apenas unas semanas, en medio de aquel viaje relámpago que nos llevó a cruzar la cordillera hacia Santiago de Chile, nos encontramos frente a un edificio de cristal que parece no tener fin. Dentro de nuestro itinerario, la visita a la Gran Torre Santiago no era un trámite más, sino una experiencia para todos los sentidos.

La subida es casi imperceptible: el ascensor trepa a toda velocidad, dejando atrás el ritmo vertiginoso de la capital chilena. Sentimos una leve presión en los oídos a media que ibamos ganando altura. Cuando se abren las puertas en el piso 61 la vista es impresionante.

La ciudad se vuelve maqueta, pareciera que el tiempo avanza más lento y la Cordillera de los Andes aparece como un telón de fondo a la altura de nuestra mirada. Pero para entender la magnitud de esa mole de 300 metros, hay que conocer la mente de su creador: el argentino César Pelli.

César Pelli fue quien diseñó las famosas Torres Petronas, de Kuala Lumpur, capital de Malasia, de 1998. Tienen 452 metros y 88 pisos de hormigón armado, acero y vidrio. Fueron los primeros rascacielos fuera de Estados Unidos en convertirse en los más altos del mundo. Marcaron un hito histórico al integrar la identidad cultural de Malasia, a través de motivos islámicos, con la tecnología más avanzada de la época. 

César Pelli, producto de la universidad pública, al mundo


César Pelli nació en 1926 en San Miguel de Tucumán. Su papá era un empleado municipal y su mamá, Teresa, era una maestra de escuela. Pelli siempre destacó que su mamá fue quien le inculcó la disciplina del estudio y la curiosidad intelectual. Creció en una casa llena de libros donde el conocimiento se valoraba por sobre los bienes materiales.

Cursó sus estudios primarios y secundarios en la escuela pública de Tucumán, era un alumno brillante y metódico. Curiosamente, de chico no soñaba con ser arquitecto. Estaba más interesado en las humanidades, la historia y el dibujo. Decidió estudiar Arquitectura casi por descarte al terminar el secundario. Al ver el plan de estudios en la Universidad Nacional de Tucumán, sintió que era la carrera que mejor combinaba su talento para el dibujo con sus intereses intelectuales.

Su infancia transcurrió en una ciudad que en ese entonces tenía una escala muy humana, con calles arboladas y casas de techos altos. Pelli decía que crecer en una provincia argentina le dio un sentido de pertenencia y humildad que mantuvo incluso cuando vivía en los edificios más lujosos de Estados Unidos. Nunca se sintió un «arquitecto estrella», sino un profesional con una tarea cívica.

Otro dato muy interesante es que Tucumán en los años 40 era un polo de innovación educativa. Gracias a su infancia allí, Pelli pudo acceder a una universidad que, aunque estaba lejos de Buenos Aires, tenía un nivel de excelencia que le permitió competir de igual a igual en la Universidad de Illinois cuando ganó su beca a los 26 años. Este es un dato clave para entender por qué Pelli, y otros arquitectos de su generación, triunfaron en el exterior. No fue casualidad; fue el resultado de una «época de oro» específica de la universidad pública en el interior del país. Tucumán era un faro de excelencia en esos años.

Pelli siempre se definió como un «arquitecto de provincias». Esa formación en una ciudad con escala de barrio, pero con una universidad de nivel mundial, fue la que le dio el equilibrio: la ambición para construir rascacielos y la humildad para que no se olviden de la gente que camina por la vereda.

Fue en 1953 cuando emigró a Estados Unidos tras ganar una beca. Al poco tiempo empezó a trabajar con Eero Saarinen (era un arquitecto y diseñador finlandés-estadounidense, considerado uno de los grandes maestros del neofuturismo) y una figura clave para entender a Pelli. Saarinen siempre andaba buscando talento joven y por eso fue su principal mentor y jefe durante diez años. e él heredó la idea de que cada edificio debe ser una respuesta única al lugar y al cliente, y además Saarinem delegaba en él problemas estructurales complejos para que los resolviera de forma estética.

En 1977 Pelli fundó su propio estudio. Llegó a ser decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Yale entre 1977 y 1984 y recibió la Medalla de Oro del Instituto Americano de Arquitectos (AIA).

César Pelli, la arquitectura como servicio público


Aunque su nombre quedó grabado en la historia por las Torres Petronas en Malasia, que fueron las más altas del mundo, su verdadera genialidad residía en su ética: Pelli no creía en edificios que fueran «monumentos al ego», sino en piezas que dialogaran con su entorno.

Esa integridad profesional se puso a prueba tras el 11 de septiembre de 2001. Como arquitecto del World Financial Center, vecino a las Torres Gemelas, Pelli vivió de cerca esa herida abierta en la que se transformó la ciudad.

En ese momento, en el que parte del orgullo norteamericano estaba herido, surgió una controversia. Los desarrolladores privados buscaban recuperar metros cuadrados de oficina y las autoridades querían un gesto político de poder. Ambos intentaban reconstruir torres más colosales y por eso empujaban la construcción.

Winter Garden Center. El estudio de Pelli lideró la restauración tras el atentado a las torres en 2001.

Pelli mantuvo una postura muy valiente: se opuso a repetir la escala monumental en la Zona Cero, argumentando que la ciudad necesitaba una arquitectura más humana y respetuosa con el trauma social. Este conflicto entre el interés económico/político de los dueños del proyecto y la visión humanista del arquitecto argentino, da cuenta de la sensibilidad de este argentino, producto de la universidad pública, que terminó redibujando el horizonte de las grandes metrópolis del mundo.

¿Cómo terminó la controversia? El estudio de Pelli no participó en el diseño de las nuevas torres del WTC, pero sí lideró la restauración del Winter Garden en la Zona Cero, que él había construido en 1988 y estaba afectado por el atentado.

César Pelli y la Gran Torre de Santiago


¿Qué podemos decir de Pelli en relación a la Gran Torre Santiago? También encontramos esta búsqueda del diálogo entre la arquitectura y el entorno al que pertenece. En una de las zonas más sísmicas del planeta, el tucumano logró que una estructura de hormigón armado de alta resistencia y tecnología de punta parezca liviana y refleje el cielo y las montañas a lo largo del día.

La torre tiene 300 metros de altura y se destaca por soluciones técnicas específicas. La construcción es antisísmica: tiene un núcleo de hormigón armado de alta resistencia diseñado para soportar terremotos de magnitud superior a 9.

La fachada de vidrio es térmica: tiene un doble vidriado hermético que filtra la radiación ultravioleta y el calor infrarrojo. Esto reduce la necesidad de aire acondicionado.

Gran Torre Santiago, en el corazón del barrio Providencia en Santiago de Chile, con la cordillera de fondo. Gentileza.

La climatización es sustentable: la ingeniería de la torre aprovecha el entorno de Santiago de una manera casi orgánica. El sistema de climatización es único: usa el agua fría del Canal San Carlos (proveniente del deshielo cordillerano) para refrigerar los ambientes, ahorrando un volumen enorme de electricidad.

Pero el detalle más curioso está en la cima: el mirador del piso 62 no tiene techo. El piso tien una leve inclinación que conduce el agua de lluvia hacia canaletas especiales, recolectándola para ser reutilizada en los sistemas de mantenimiento del complejo. Es un rascacielos que, literalmente, se alimenta del cielo y la montaña.

Gran Torre de Santiago. Allí funcionan oficinas de lujo de empresas multinacionales en su mayoría extranjeras. Gentileza.

El dueño es el holding Cencosud, fundado por el empresario de origen Horst Paulmann (quien también es dueño de Jumbo, Easy y París). El proyecto nació en 2006 como un símbolo del «milagro económico» chileno. A pesar de frenarse durante la crisis financiera global de 2008, Paulmann insistió en terminarla como un hito personal y empresarial. Fue una inversión privada de aproximadamente 1.000 millones de dólares. No está a ala venta pero se calcula que solo la torre de oficinas podría estar valorada hoy entre 500 y 600 millones de dólares.

¿VIve gente? No. El complejo funciona como una microciudad vertical que combina oficinas de lujo de de multinacionales extranjeras, tiene dos hoteles, un centro comercial (el más grande de Chile) y el mirador turístico, el Sky Costanera.

Pelli, entre la austeridad y el lujo


¿Por qué un hombre tan sensible, formado en la austeridad del interior argentino y defensor de la escala humana, dedicó su vida a construir rascacielos que son, por definición, el símbolo máximo del poder económico y financiero?

La respuesta, quizás, reside en su forma de entender el oficio. Para Pelli, el rascacielos no era un monumento al dinero, sino una responsabilidad inevitable de la modernidad. Él aceptaba que las ciudades crecerían hacia arriba y que el capital financiero buscaría esos hitos de altura.

Pero su genialidad fue «humanizar» esos gigantes. Lo hizo cuando se opuso a la desmesura en la Zona Cero, cuando diseñó techos que recogen lluvia para devolverla al edificio y cuando insistió en que sus torres no terminaran en puntas agresivas, sino en gestos que invitan a mirar el cielo con amabilidad.

Pelli no construía símbolos de poder; diseñaba puentes entre el poder y la gente. Entendía que si un gigante iba a ocupar el horizonte, tenía la obligación de ser bello, de ser eficiente, de ofrecerle algo a la ciudad, como ese mirador que hoy nos permite a todos sentirnos, por un momento, más cerca de la cordillera.

Vivió sus últimos años con la misma lucidez con la que trazaba sus planos. Lejos de retirarse, dedicó su década final a dejar una huella profunda en Argentina, con obras icónicas en Buenos Aires (Torre Macro y la Torre YPF)) y Mar del Plata (un complejo de torres residenciales). Recibió importantes distinciones como la de Ciudadano Ilustre de Buenos Aires y de Tucumán, y el Premio Konex de brillante.

Murió en 2019, a los 92 años, trabajando en su estudio de Connecticut pero con el pensamiento siempre puesto en la escala humana de las ciudades. No se fue como un constructor de monumentos, sino como un maestro que entendía que el éxito de una obra se mide por la sombra amable que le da al peatón.



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