Balance de una victoria

Por Redacción

ANÁLISIS

Las urnas han dado su veredicto inapelable. El triunfo electoral de Hugo Chávez, luego de 14 años de gobierno, muestran que el verborrágico comandante mantiene un fuerte ascendiente sobre el pueblo venezolano. Sin embargo, el líder bolivariano, si su salud se lo permite, tendrá que gestionar una victoria complicada. La campaña de Henrique Capriles ha sido notable, pues ha conseguido reunir a todas las fuerzas de la oposición en un programa común, de naturaleza socialdemócrata, ofreciendo una política inclusiva, de vocación social, encaminada a fortalecer la democracia y a poner término a los problemas económicos y sociales que el gobierno de Chávez no ha sabido resolver. Aunque derrotado, ha reunido el 45 % de los votos, lo que lo convierte en un rival poderoso. Los resultados electorales evidencian una sociedad dividida casi en dos mitades, lo que rompe uno de los mitos constitutivos del populismo: la imagen de un pueblo-uno que se concibe como la unidad de todos los que trabajan, frente al resto de clases y sectores privilegiados. Esa fantasía, que no tiene existencia real, necesita ser representada, para lo cual el populismo acude a dos estrategias discursivas dirigidas a obtener un mismo resultado. Por un lado, el pueblo-uno aparece delegando el poder en una personalidad carismática, que se erige en el único representante de esa mezcla variada. Por el otro, como modo de ganar identidad, necesita una exterioridad de la que pueda diferenciarse, y así se construye la imagen mítica de un enemigo. Esta pretensión de erigirse en representación única de la totalidad del pueblo, es la que explica el lento acercamiento del populismo hacia las formas autoritarias. Si bien se conservan las formas democráticas -régimen de partidos y elecciones periódicas- y se respeta en líneas generales, con algunas notorias excepciones, el sistema de libre empresa, poco a poco se van invadiendo los espacios donde tiene lugar la producción de las ideas y de la cultura. De allí los avances sobre los sistemas de enseñanza y la obsesión por cerrar los medios de comunicación que no reflejan la opinión oficial, mientras se va creando un entramado de medios privados afines y se refuerza la propaganda oficial en los medios del Estado. Esta pretensión de ocupar todo el espacio de la política se torna imposible cuando surge un fuerte movimiento opositor, que disputa palmo a palmo el terreno que pretende conquistar el populismo. El desprecio por las formas democráticas, característica del populismo, ya no es posible. O al menos no se puede hacer sin pagar elevados costos. La derrota final del proyecto autoritario-populista se vuelve entonces una simple cuestión de tiempo.

Aleardo F. Laría