«Flores arrancadas a la niebla» en Ámbito Histrión: un viaje poético entre lo onírico y lo cotidiano
Este fin de semana, vuelve a escena “Flores arrancadas a la niebla”, la pieza teatral de Arístides Vargas con puesta en escena del neuquino Pablo Todero. La obra podrá verse, desde este sábado, todos los sábados de junio en Ámbito Histrión de Neuquén.
“Flores arrancadas a la niebla”, de Arístides Vargas, vuelve a escena este mes con la dirección Pablo Todero. La obra es un viaje poético, cargado de humor, ternura y esperanza a través de personajes entrañables que emergen desde la bruma del exilio y el desarraigo. Vargas construye una historia que, lejos de caer en la tragedia, celebra la resistencia del alma humana, el poder de la imaginación y la belleza de lo absurdo.
Con una puesta en escena que mezcla lo onírico con lo cotidiano, “Flores arrancadas a la niebla” nos sumerge en una atmósfera única, donde cada diálogo es una flor que crece a pesar de la niebla y que deja una pregunta abierta: ¿qué pasa cuando el olvido no puede con la fuerza de los recuerdos?
Dirigida por Pablo Todero y las actuaciones de Verónica Fallik y Ana Velaz , Yazmin Mer en vestuario y diseño gráfico y Fernando Ávila en la escenografía, la obra se podrá ver todos los sábados de junio a las 21.30 en Ámbito Histrión (Chubut 240, Neuquén). En diálogo con Río Negro, Pablo Todero habló de la puesta y del trabajo junto al elenco.

P: ¿Cómo surgió la idea de poner esta obra?
R: La obra llegó a mis manos gracias a una alumna: es una obra de Arístides Vargas que no había leído. Me pareció un obra bellísima, muy actual y necesaria. Me despertó mucho interés y deseos de realizarla y de esta manera surgió la idea de llevarla a escena y ahí comenzamos a emprender este hermoso desafío.
P: ¿Qué aspectos de la pieza fueron más fuertes para vos a nivel emocional?
R: La humanidad que atraviesa toda la obra. “Flores arrancadas a la niebla” habla del desarraigo, de la memoria, de las pérdidas y de la necesidad profunda de reconstruirse incluso después del dolor. Lo movilizador en cómo los personajes intentan sostener su identidad y sus vínculos en medio de un contexto hostil y fragmentado.
A nivel emocional, me impacta especialmente la sensación de fragilidad que tiene la obra, pero también su enorme potencia poética. Arístides Vargas logra que convivan el humor, la ternura y el dolor de una manera muy humana, y eso genera una cercanía muy fuerte con el espectador. No hay golpes bajos: lo que emociona es la verdad de los personajes, sus contradicciones, sus recuerdos y sus silencios.
También me conmueve mucho la idea de la memoria como refugio y como condena al mismo tiempo. La obra invita a pensar cuánto de lo que somos está construido por lo que perdimos, por lo que extrañamos y por aquello que todavía seguimos buscando. Creo que justamente ahí está su fuerza: en que habla de experiencias muy profundas y universales desde un lenguaje sensible, poético y profundamente teatral.
P: ¿Cuáles son las ventajas de conocer bien al elenco?
R: Tiene muchísimas ventajas, sobre todo en una obra tan sensible y emocional como “Flores arrancadas a la niebla”. Cuando hay confianza y conocimiento mutuo, el trabajo se vuelve mucho más profundo y honesto. Uno ya sabe desde dónde trabaja cada actriz, cuáles son sus fortalezas, sus tiempos, su sensibilidad y también sus límites.
Eso permite construir escenas con mayor verdad, porque no hay necesidad de forzar vínculos: muchas veces ya existen. Además, se genera una escucha más fina arriba del escenario, una mayor capacidad de sostener al otro y de reaccionar genuinamente a lo que pasa en cada función.
También creo que conocer al elenco ayuda muchísimo en los procesos creativos. Hay menos miedo a probar, a equivocarse, a exponerse emocionalmente. Se puede trabajar desde un lugar de mayor entrega y compromiso colectivo.
En mi caso, siento que eso termina impactando directamente en la obra y en cómo la recibe el público. Cuando el grupo tiene conexión real, eso se percibe arriba del escenario.
P: ¿Cuáles fueron las dificultades para vos como director?
R: Una de las mayores dificultades fue encontrar el equilibrio entre respetar la poética y el universo de Arístides Vargas, y al mismo tiempo lograr que la obra tuviera una identidad propia desde nuestra puesta. El libro tiene una carga emocional, simbólica y poética muy fuerte, y eso exige mucho trabajo para que el texto no quede solamente en lo discursivo, sino que realmente cobre vida en escena.
También fue un desafío sostener el tono de la obra. Vargas mezcla humor, dolor, memoria y absurdo de una manera muy particular y trabajar esas transiciones sin perder verdad fue algo que requirió mucha búsqueda y precisión en el trabajo de las actrices.
P: ¿Cómo es trabajar sobre un texto que no es propio?
R: Para mí implica un ejercicio de mucho respeto, pero no de obediencia ciega. Creo que cuando uno decide montar una obra ajena, necesariamente entra en diálogo con ese material. Hay que entender qué quiso decir el autor, pero también preguntarse por qué ese texto habla hoy, qué nos moviliza de él y desde dónde queremos contarlo nosotros.
No siento que dirigir un texto ajeno sea limitarse; al contrario, muchas veces es una forma muy rica de creación. Uno pone su mirada, su sensibilidad y su manera de entender el teatro al servicio de una obra que ya existe, intentando que el material respire nuevamente en otro contexto y frente a otro público.
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