La estabilidad macro no alcanza, el desafío está en la eficiencia real

Argentina logró controlar la inflación y comprimir el riesgo país. Pero el orden fiscal es apenas la base. El verdadero obstáculo al crecimiento está en los costos que ningún agregado monetario revela, como la logística, la burocracia o la presión tributaria.

Por Redacción

Eficiencia real. El mayor desafío de las empresas en el contexto actual.

Por Andrés Tejeda (NODO)

Con una inflación que converge al 3% mensual y un riesgo país en franca compresión, Argentina atraviesa un ordenamiento macroeconómico que pocos habrían vaticinado hace dos años.

Sin embargo, la historia económica local enseña una lección incómoda: la estabilidad no es el destino, es la sala de espera.

El verdadero interrogante es cómo transformar un esquema de austeridad fiscal en un modelo genuino de acumulación. La respuesta está en la microeconomía de la eficiencia.

Lo que Irlanda y Corea entendieron antes


Cuando Irlanda reformó su régimen fiscal en los noventa —reduciendo el impuesto a las sociedades al 12,5% y simplificando la inversión extranjera—, no apostó a la apertura como fin, sino como disciplinador competitivo. El resultado fue una duplicación del PIB per cápita en menos de una década.


Corea del Sur protegió industrias nacientes, pero con plazos y metas de exportación explícitos: las empresas que no alcanzaban competitividad internacional perdían el paraguas. Samsung, Hyundai y LG no son accidentes históricos; son el producto de un sistema que premió la eficiencia en lugar de la renta.


El caso argentino invierte esta lógica. Durante décadas, la protección no tuvo condiciones ni plazos. El resultado fue una industria que en muchos sectores sobrevivía no por eficiencia, sino porque el mercado interno estaba cerrado.

Ese paraguas se está retirando: la apertura comercial hace que el desafío de la productividad ya no sea una opción, sino una urgencia.

La anatomía del margen y el peso tributario


En economías estables como Alemania o Estados Unidos, los márgenes netos industriales oscilan entre el 5% y el 12%. En Argentina, es frecuente encontrar márgenes brutos que duplican o triplican esa referencia.

Esto no refleja codicia, sino un entorno donde el margen cumple la función que en otras economías cumple la estabilidad institucional: es un colchón de liquidez que absorbe riesgo cambiario, inflación rezagada en insumos y presión tributaria en cascada.

En Argentina, es frecuente encontrar márgenes brutos que duplican o triplican los de Alemania o Estados Unidos. Sin embargo, el margen alto no es rentabilidad extraordinaria: es supervivencia.


La superposición de Ganancias, Ingresos Brutos —que grava facturación y no valor agregado, acumulándose en cada eslabón— y tasas municipales genera una presión fiscal que en la industria puede superar el 50% de la utilidad bruta antes de cargas laborales.

El margen alto no es rentabilidad extraordinaria: es supervivencia. Esa lógica defensiva mata la competitividad de precios para el consumidor final.

La PTF: el indicador


La Productividad Total de los Factores (PTF) mide cuánto produce una economía con lo que ya tiene: no más capital ni más personal, sino inteligencia en la combinación de recursos. En Argentina, este indicador lleva décadas estancado por tres anclas sistémicas:


1.Drenaje de talento directivo: Cuando un gerente navega laberintos impositivos en lugar de innovar, se produce una pérdida neta de PTF que no aparece en ningún balance, pero es real.

La Productividad Total de los Factores (PTF) mide cuánto produce una economía con lo que ya tiene: no más capital ni más personal, sino inteligencia en la combinación de recursos.


2.La trampa de los incentivos: Si el marco regulatorio premia la cercanía política o protege estructuras obsoletas, la empresa no necesita mejorar para ser rentable: le basta con capturar una posición protegida.


3.Cuellos de botella logísticos y operativos: La eficiencia de una planta se diluye si mover su mercancía cuesta el doble que en economías vecinas.

La hemorragia silenciosa


Según datos del Banco Mundial y del BID, el costo logístico en Argentina representa entre el 27% y el 30% del valor de los productos, frente al 12% en la OCDE y el 18% en Brasil. Antes de competir en precio con una empresa alemana, la argentina ya carga una desventaja de 10 a 15 puntos porcentuales por el solo hecho de mover sus bienes.


La causa es estructural: el camión concentra más del 90% del flete, el ferrocarril de cargas está desfinanciado, los puertos del interior operan con capacidad limitada, y los pasos fronterizos registran demoras que en temporada alta superan las 48 horas.

El costo de la logística en Argentina duplica el de los países vecinos, y se convierte en una restricción sistémica que elimina oportunidades de escala.

Una empresa de alimentos del norte argentino que exporte a Brasil puede pagar solo en flete terrestre un costo equivalente al 15% del valor FOB del producto. No es una decisión empresarial: es una restricción sistémica que elimina oportunidades de escala antes de que existan.

El disciplinador externo


Las empresas que operan en Vaca Muerta compiten con estándares internacionales porque no tienen alternativa: el precio del barril lo fija el mercado global. Esa presión es exactamente el disciplinador competitivo que Irlanda y Corea introdujeron artificialmente.


El camino hacia un crecimiento sostenible exige atacar dos frentes en simultáneo. El sector privado debe abandonar la cultura del margen alto y bajo volumen en favor de escala, eficiencia y mejora continua: invertir en logística, digitalización de procesos y estándares que abran mercados externos.

El indicador que debería guiar la política económica no es el resultado fiscal ni la brecha cambiaria, es l a Productividad Total de los Factores (PTF).


El Estado tiene una deuda que va más allá del equilibrio fiscal. La estabilidad macro es insuficiente si no se desmantela el “Costo Argentino” en sus tres dimensiones: tributaria, burocrática y logística. En esta última hay margen para intervenciones de alto impacto y costo político moderado: infraestructura ferroviaria, desburocratización de pasos fronterizos, simplificación portuaria en economías regionales.


El indicador que debería guiar la política económica no es el resultado fiscal ni la brecha cambiaria. Es la PTF. Cuando la productividad crece, exportar se vuelve más conveniente y la competitividad global deja de ser una amenaza para convertirse en la garantía del bienestar interno.


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