Épica y diplomacia

Por Redacción

El presidente Javier Milei cerró una semana intensa en materia de política exterior, con una gira en la cual cerró acuerdos con Ecuador y asistió a la asunción del nuevo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, un nuevo gesto que busca consolidar una alianza liberal-conservadora a nivel continental. Sin embagro, este activismo ha tenido su costado negativo, ya que su reciente intervención en la campaña electoral brasileña apoyando al candidato derechista Flávio Bolsonaro incluyó ataques e insultos al actual presidente brasileño, Luis Inacio Lula da Silva, quien reaccionó retirando al embajador en nuestro país.

Las relaciones entre Argentina y Brasil atraviesan así una etapa de tensión que debería preocupar bastante más allá de las diferencias personales entre Milei y Lula. No porque ambos países estén al borde de una ruptura —la estructura económica, comercial e institucional todavía ofrece suficientes defensas— sino porque una relación construida durante décadas corre el riesgo de quedar subordinada a las políticas internas de dos gobiernos.

El problema no es que Argentina y Brasil tengan gestiones de signo ideológico diferente, eso forma parte de la democracia. El inconveniente surge cuando esas diferencias comienzan a confundirse con los intereses permanentes de los Estados y la política exterior se vuelve una extensión de la disputa partidaria.

La confrontación entre Milei y Lula tiene, en buena medida, utilidad política para ambos: cada uno puede presentar al otro como la encarnación de aquello que sus propias sociedades deberían rechazar. El resultado puede ser rentable electoralmente, pero no necesariamente beneficia a los países.

Un insulto puede generar aplausos entre los seguidores de un mandatario y, al mismo tiempo, deteriorar un vínculo que necesitan miles de empresas, trabajadores y productores.

Argentina y Brasil no comenzaron a relacionarse con la llegada de Milei ni de Lula. La construcción de confianza bilateral tiene una larga historia y alcanzó un punto decisivo en el retorno democrático en la década de los 80 con el acercamiento entre Raúl Alfonsín y José Sarney, que desembocó en el Mercosur. Desde entonces, ambos países desarrollaron una trama de intereses compartidos que excede ampliamente las afinidades políticas de cada momento.

Ese capital no debería ponerse en riesgo por una disputa ideológica.

Brasil, nuestro principal socio comercial, es demasiado importante para la Argentina como para ser tratado como un adversario. Y la Argentina también es demasiado relevante para Brasil como para reducir la relación a las disputas personales entre sus presidentes. El comercio bilateral, las cadenas industriales, la cooperación energética y nuclear, la infraestructura y el Mercosur forman parte de una arquitectura regional que llevó décadas construir.

Lo postivo es que, aunque la decisión brasileña degradar la representación al nivel de encargado de negocios es una señal inequívoca del deterioro político, el comercio, las fronteras y la cooperación bilateral continúan funcionando.

El riesgo más serio quizá no sea una ruptura inmediata, sino algo menos visible: la pérdida gradual de previsibilidad. Los negocios pueden continuar mientras los gobiernos se enfrentan, pero las grandes inversiones requieren algo más que la continuidad de las operaciones comerciales. Necesitan reglas, confianza y capacidad política para resolver problemas.

La Patagonia ofrece un ejemplo concreto. Para Río Negro, Brasil es un mercado muy relevante para las producciones frutícolas del Alto Valle. Para Neuquén, el vínculo brasileño tiene una dimensión estratégica aún mayor por las posibilidades de exportación de gas de Vaca Muerta, donde la falta de interlocución política puede generar demoras en los proyectos. En ambos casos, la política exterior deja de ser una cuestión lejana y se vuelve una condición para producir, exportar y generar empleo.

El desafío no consiste en que Milei y Lula se hagan amigos ni oculten sus profundas diferencias ideológicas, sino que esas discrepancias no destruyan los canales institucionales que permiten a dos países resolver sus problemas aun cuando sus gobiernos piensen distinto.

Una política exterior efectiva necesita menos épica partidaria y más sentido de Estado. Argentina y Brasil seguirán compartiendo frontera, mercados, infraestructura, energía, intereses estratégicos y un destino regional. Necesitan más dirigentes, cancillerías e instituciones capaces de sostener relaciones que sobrevivan a los ciclos electorales. Y recordar una verdad que suele perderse en la lógica de las campañas y las redes sociales: los presidentes pasan, pero los países quedan.


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